DULCE VENENO - Capítulo 125
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125: Piso Ejecutivo 125: Piso Ejecutivo ¿Y esto es?
¿Darme todo el tiempo del mundo hasta que me ahogue en él?
Cada día que pasaba, su enojo se transformaba en algo más punzante y familiar: el pánico.
El mismo pánico que sentía de niña cuando su padre se enfadaba y la ignoraba durante días, haciéndola sentir invisible, insignificante.
Stefanny: (Susurrando, con la voz quebrada por la ansiedad) ¿Y si se cansó?
¿Y si Marilu tenía razón y al final decidí que el juego no valía la pena?
¿Y si…
si ya no me quiere?
La idea era un vacío en el estómago.
Su primer amor, el más intenso y devastador, había terminado no con una discusión, sino con un silencio.
Un silencio que era mil veces peor que sus gritos.
Se desploma en el borde de la bañera, enterrando el rostro en sus manos.
Ya no estaba enfadada.
Estaba aterrada.
Aterrada de haber perdido lo único que había hecho que su corazón, acostumbrado a la jaula de oro de su vida, sintiera que por fin latía con libertad, aunque fuera una libertad peligrosa.
El anillo de loto, que no se había quitado ni para dormir, le pesaba en el dedo.
Ya no era un símbolo de una pasión feroz, sino un recordatorio cruel de un hombre que podía entregarle el mundo en un beso y luego desaparecer de él sin dejar rastro.
La ansiedad se enroscaba alrededor de su cuello, apretando, recordándole que en el juego del amor con un hombre como Lansky, el silencio era el movimiento más aterrador de todos.
Lansky estaba de pie frente al ventanal panorámico, una copa de coñac en la mano.
La ciudad se extendía a sus pies, un tablero de juego a su escala.
Un suave golpe en la puerta interrumpió el silencio.
Secretario: (Entrando con una tableta) Informe de la vigilancia de la Señorita Stefanny, como solicitó.
Lansky no se volvió, solo inclinó ligeramente la cabeza para indicar que continuara.
Secretario: (Con tono neutro) La señorita ha permanecido recluida en su residencia durante las últimas dos semanas.
Los patrones son consistentes: insomnio severo, ingesta mínima de alimentos.
Nuestro contacto doméstico reporta que pasa horas mirando por la ventana o…
revisando su teléfono.
Mientras el secretario hablaba, los ojos de Lansky, fríos y calculadores, se posaron en una figura minúscula y solitaria en la acera de enfrente, justo frente a la imponente fachada del Imperial Group.
Era Stefanny.
Pálida, demacrada, mirando hacia arriba, hacia su ventana, con una desesperación que era palpable incluso desde la distancia.
El secretario, siguiendo la mirada de Lansky, también la vio.
Secretario: Parece que…
ha decidido venir.
Una sonrisa lenta y deliberada se extendió por el rostro de Lansky.
No era una sonrisa de alegría o alivio.
Era una expresión de pura satisfacción sádica.
Los corners de su boca se curvaron hacia arriba mientras sus ojos, fríos como el acero, absorbían cada detalle de su angustia.
Lansky: (Su voz era un susurro suave, cargado de una posesión obscena) Mira eso…
Mi mariposa…
tan frágil.
Tan quebrada.
(Tomó un sorbo lento de su coñac).
Dos semanas.
Dos semanas de silencio, y mira lo que ha logrado.
Es…
hermosa en su desesperación, ¿no crees?
El secretario permaneció impasible, pero un leve estremecimiento lo recorrió.
Lansky: (Sin apartar los ojos de la figura solitaria en la calle) Ella cree que está sufriendo por mi ausencia.
(La sonrisa se ensanchó, mostrando un destello de dientes).
Pero no lo entiende.
Este dolor…
este quebranto…
es mío.
Es la prueba de cuán profundamente ha arraigado en ella.
Le di el silencio, y ella lo ha usado para tallar mi nombre más hondo en su alma.
Finalmente, giró lentamente hacia su secretario, la sonrisa aún fija en su rostro, una máscara de pura maldad satisfecha.
Lansky: No la recibas.
Que espere.
Que el frío callejero y la humillación de ser ignorada terminen de pulir los bordes ásperos de su resistencia.
(Sus ojos brillaron con un placer retorcido).
Cuando finalmente entre, no quedará rastro de la niña caprichosa que se atrevió a desafiarme.
Solo quedará…
mi obra de arte.
Volvió a mirar por la ventana, disfrutando del espectáculo de su sufrimiento como otros disfrutarían de una sinfonía.
Para Lansky, el amor no era consuelo; era posesión total.
Y el dolor de Stefanny era la melodía más dulce que había escuchado en mucho, mucho tiempo.
Stefanny, con las mejillas pálidas y los ojos marcados por el insomnio, se encontraba de pie en el vasto y gélido lobby de mármol.
Ante ella, el secretario de Lansky, con su habitual impasibilidad, recogió uno a uno los lujosos regalos que ella llevaba consigo como una ofrenda desesperada.
Cada caja que entregaba—el set negro de accesorios de hombre, el estuche azul oscuro de Dior con sus constelaciones, los estuches negros del champán BLVCK, la lujosa caja de YSL Beauté—parecía pesar más que el anterior.
No eran solo objetos; eran fragmentos de su orgullo, entregados en un intento último de romper el silencio que la estaba consumiendo.
Stefanny: (Con voz temblorosa, apenas un hilo de sonido) Por favor…
¿puede asegurarse de que los reciba?
El secretario ni siquiera asintió.
Simplemente tomó el último de los regalos, giró sobre sus talones y se dirigió hacia los ascensores privados, dejándola plantada allí, sola y temblando, bajo las miradas curiosas y frías de los recepcionistas.
El secretario colocó la pila de elegantes cajas en una esquina del escritorio de ébano de Lansky.
Lansky, de espaldas, contemplaba la ciudad.
Sin volverse, preguntó: Lansky: (Voz serena, sin rastro de emoción) ¿Se fue?
Secretario: No, señor.
Sigue esperando en el lobby.
Una sonrisa lenta y fría se dibujó en el reflejo de Lansky en el cristal.
Su plan estaba funcionando a la perfección.
Finalmente, giró su silla y dejó que su mirada recorriera los regalos.
Deslizó un dedo sobre la suave caja negra de YSL, luego sobre el estuche celestial de Dior.
Abrió uno de los estuches del champán BLVCK, sacando la pesada botella negra.
La examinó bajo la luz.
Lansky: (Para sí mismo, con un tono de burla amable) “Iron Man”…
Qué apropiado.
Cree que puede arreglarme.
Que puede domesticar a la bestia con regalos y perfume.
(Dejó la botella con un golpe seco sobre el escritorio).
Es encantador.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
Desde allí, podía ver la figura diminuta e inmóvil de Stefanny en la plaza frente al edificio, una mancha de vulnerabilidad contra la imponente fachada de su imperio.
Lansky: (Sin apartar los ojos de ella, su voz se volvió un susurro cargado de posesión) Mira eso.
La princesa de su torre de marfil, humillándose frente a mi castillo.
Ofreciendo sus tesoros para comprar un poco de mi atención.
(Una chispa de lujuria sádica brilló en sus ojos).
Esto…
esto es más valioso que cualquier regalo.
Verla rogando.
Verla necesitándome hasta este punto.
Giró hacia su secretario, su expresión era de pura satisfacción maligna.
Lansky: Que espere una hora más.
Luego, dile que estoy en una reunión crucial que no puede ser interrumpida.
(Su sonrisa se ensanchó).
Y que…
agradezco los obsequios.
Que son…
muy considerados.
Sabía que esas palabras, frías y formales, transmitidas a través de su secretario, la destrozarían más que cualquier rechazo directo.
Era el remate final a su tortura psicológica.
No solo la ignoraba; desdeñaba su súplica, convirtiendo sus gestos de amor en simples formalidades de negocios.
Mientras el secretario salía para ejecutar la orden, Lansky volvió a su ventana, saboreando cada segundo de la agonía de Stefanny.
Para él, este no era un acto de crueldad gratuita.
Era la forja.
Estaba moldeando su sumisión, asegurándose de que cuando finalmente permitiera que volviera a su lado, no quedara ni un ápice de duda sobre quién tenía el control.
Cinco horas.
El sol comenzaba a descender, pintando el cielo de naranja y púrpura sobre los rascacielos de París.
En el lobby implacablemente frío del Imperial Group, Stefanny seguía allí.
Sus piernas temblaban de cansancio, el estómago le retorcía de hambre y nervios.
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