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DULCE VENENO - Capítulo 127

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127: Tatuaje 127: Tatuaje Le parecieron de repente débiles.

Superficiales.

Eran cosas que se podían comprar, o ignorar.

Pero un tatuaje…

eso era permanente.

Era sangre y tinta.

Era un grito silencioso grabado en la piel.

Era la clase de locura que quizás, solo quizás, un hombre como Lansky podría entender.

Podría…

respetar.

Una chispa de desesperada determinación se encendió en sus ojos, ahogando por un momento la ansiedad.

Se levantó de la banca, su cuerpo ya no tambaleante, sino impulsado por una idea fija y temeraria.

No sabía si era lo correcto, ni siquiera si estaba bien.

Solo sabía que era lo único que no había intentado.

La ofrenda final.

La campana de la puerta sonó con un tintineo áspero cuando Stefanny empujó la pesada puerta de madera.

El aire olía a desinfectante y a tinta.

Un hombre con los brazos completamente cubiertos de tatuajes miraba unos diseños detrás del mostrador.

Alzó la vista, y su mirada experta escaneó a Stefanny de inmediato: la palidez, los ojos febriles, la postura rígida.

No era la clientela habitual.

Tatuador: (Con voz neutra, profesional) Buenas tardes.

¿En qué puedo ayudarte?

Stefanny se acercó al mostrador.

Sus manos se aferraban al borde de la madera, los nudillos blancos.

Stefanny: (Su voz sonó ronca, como si no hubiera hablado en días) Quiero un tatuaje.

Tatuador: (Asintió) Claro.

¿Tienes algún diseño en mente?

¿O quieres ver el catálogo?

Stefanny: (Negó con la cabeza, su mirada fija en un punto detrás de él, como si estuviera viendo algo que él no podía) No.

Solo…

un nombre.

El tatuador no se inmutó.

Estaba acostumbrado.

Tatuador: De acuerdo.

¿Dónde lo quieres?

¿Y qué nombre es?

Stefanny se llevó una mano temblorosa al pecho, justo sobre el corazón, donde la chica del parque había señalado.

Stefanny: Aquí.

(Hizo una pausa, tragando saliva).

Lansky.

La palabra salió de sus labios como un susurro sagrado y cargado.

El tatuador la observó un momento más largo.

No era un nombre común.

Y la intensidad en sus ojos no era la de una enamorada feliz, sino la de alguien que clava su ancla en un último y desesperado intento por no hundirse.

Tatuador: (Cruzó los brazos) Mira, chica.

No sé qué está pasando, pero los nombres…

son permanentes.

Las personas, no siempre.

¿Estás segura de esto?

Stefanny: (Por primera vez, lo miró directamente a los ojos.

Los suyos brillaban con una luz fanática, una resolución que había traspasado la razón).

Más segura que de nada en mi vida.

Es…

una prueba.

Tatuador: (Suspiró internamente.

Conocía ese tipo de “pruebas”.

Rara vez terminaban bien).

Está bien.

Es tu piel.

¿Qué tipo de letra?

Stefanny: (Cerró los ojos un momento, visualizándolo) Algo…

elegante.

Fuerte.

Como él.

El tatuador asintió, resignado a ser el instrumento de esta decisión drástica.

Tatuador: De acuerdo.

Vamos atrás.

Prepárate.

Duele más en el esternón.

Stefanny asintió, sin un ápice de miedo en la cara.

El dolor físico no le importaba.

Nada importaba excepto grabar ese nombre en su cuerpo, hacerlo tan permanente e innegable como el vacío que sentía sin él.

Era su último mensaje, su última y más extrema súplica, tallada no en papel, sino en su propia carne.

La luz blanca y fría de la lámpara quirúrgica iluminó el torso desnudo de Stefanny.

Se estremeció cuando el cuero frío de la camilla tocó su espalda.

Con movimientos mecánicos, se quitó la ropa de la cintura para arriba, exponiendo la piel pálida y vulnerable sobre su esternón.

No había vacilación, solo una determinación fúnebre.

El tatuador, ahora con guantes negros, preparó su máquina.

El zumbido bajo y amenazante llenó la pequeña habitación.

Tatuador: (Ajustando la aguja) ¿Lista?

La primera línea es la que más duele.

Stefanny: (Con la voz un poco ahogada por la posición, pero clara) Espere.

(Giró la cabeza hacia donde había dejado su bolso).

Quiero…

quiero que grabe todo.

Por favor.

El tatuador pausó su movimiento, levantando una ceja.

Stefanny: (Suplicante, con los ojos brillantes) Necesito que lo vea.

Tiene que ver el proceso.

Tiene que ver…

que lo hice.

Comprendió.

Esto no era solo para ella.

Era un mensaje.

Una evidencia de su sacrificio.

Con un suspiro resignado, el tatuador tomó el teléfono de Stefanny, colocándolo en un soporte cercano con un ángulo que capturara su rostro y la zona a tatuar.

Tatuador: (Encendiendo la cámara) Está grabando.

¿Segura?

Stefanny asintió, cerró los ojos y luego los abrió de nuevo, fijos en el lente.

Quería que Lansky viera cada centímetro de su determinación.

El zumbido se acercó.

Cuando la aguja tocó su piel por primera vez, justo sobre el hueso del esternón, un jadeo agudo y involuntario escapó de sus labios.

El dolor era agudo y eléctrico, mucho más intenso de lo que había imaginado.

Sus dedos se aferraron a los bordes de la camilla.

La cámara lo captó todo: el fruncimiento de su ceño, el parpadeo rápido para contener las lágrimas que el dolor físico ahora traía a la superficie, la manera en que su respiración se volvía superficial y entrecortada.

Pero no pidió que se detuviera.

No una sola vez.

Mientras la máquina zumbaba, trazando la “L” elegante y fuerte que ella había elegido, Stefanny mantuvo la mirada en el lente la mayor parte del tiempo, como si a través de él pudiera traspasar la pantalla y llegar a Lansky.

Stefanny: (Susurrando entre dientes, para la cámara, para él) Para ti…

Todo es para ti…

Cada punzada era un latigazo, pero también una afirmación.

Con cada línea del nombre “Lansky” que se marcaba en su piel, sentía que recuperaba un fragmento de control.

Era un acto de locura, sí, pero era su locura.

Su prueba de fuego.

Y la cámara era su testigo, asegurándose de que él, eventualmente, no pudiera ignorar la profundidad de su entrega, grabada en su carne y en video para siempre.

El último zumbido de la máquina cesó.

Un silencio pesado llenó la habitación, roto solo por la respiración entrecortada de Stefanny.

El tatuador limpió suavemente el exceso de tinta y sangre, revelando el nombre “Lansky” grabado en una elegante tipografía negra justo sobre su esternón, un sello permanente y doloroso.

Le aplicó una fina lámina transparente para proteger la herida.

Tatuador: (Con un tono más suave, casi paternal) Listo.

Los cuidados son importantes.

Te los explico.

Pero Stefanny apenas lo escuchaba.

Se incorporó con movimientos lentos, el ardor en su pecho era una presencia constante y punzante.

Se vistió con cuidado, evitando rozar la lámina protectora.

Tomó su teléfono con manos que ahora temblaban por la adrenalina residual y el dolor.

Abrió su chat con Lansky.

El último mensaje seguía siendo el suyo, sin respuesta.

Sin dudarlo, seleccionó el video que acababa de grabar.

Era largo, crudo.

Se veía su rostro contraído por el dolor, se oían sus jadeos, se veía la aguja mordiendo su piel una y otra vez hasta formar las letras.

Antes de enviarlo, escribió un mensaje.

No una súplica, no una explicación.

Solo una declaración simple, final.

Mensaje de Stefanny: “Ahora soy tuya de una manera que nadie más podrá serlo.

Para siempre.” Presionó enviar.

El mensaje y el video partieron hacia el vacío digital que Lansky habitaba.

Se levantó, pagó al tatuador con billetes que sacó sin mirar de su bolso, y salió a la calle.

El aire de la noche le golpeó el rostro.

El dolor en su pecho latía al unísono con su corazón.

No sentía alivio, ni alegría.

Solo una paz sombría y terrible.

Había cruzado un umbral.

Ya no había vuelta atrás.

Había entregado su piel como pergamino, y en él había escrito su destino con tinta indeleble.

Ahora, la pelota estaba en el tejado de Lansky.

Él tendría que mirar.

Él tendría que enfrentarse a la evidencia física, brutal e innegable, de hasta qué punto su amor—o su obsesión—había llegado.

La puerta del avión se cerró con un silbido suave y hermético, aislando el mundo exterior.

Marilú se acomodó en el asiento de cuero, su vestido de satén champán

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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