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DULCE VENENO - Capítulo 128

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  4. Capítulo 128 - 128 Pelea
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128: Pelea 128: Pelea Marilú se acomodó en el asiento de cuero, su vestido de satén champán intercambiado una vez más por la ropa práctica de viaje.

No era el mismo jet lujoso de antes; este era más pequeño, discreto, una herramienta y no un símbolo de estatus.

Mientras los motores iniciaban su rugido sordo, ella apoyó la frente contra la ventanilla fría.

La base, con sus sombras rojas y la mirada penetrante del Señor, se desvanecía rápidamente, reducida a una maqueta iluminada en la vasta oscuridad.

Un suspiro, que no era de alivio sino de transición, escapó de sus labios.

Las setenta y dos horas habían comenzado a correr.

Cerró los ojos, no para dormir, sino para visualizar los mapas mentales de los callejones de Marsella, los flujos de datos digitales y el escurridizo rastro de un hombre llamado Lansky.

El jet se elevó, llevando consigo no a una pasajera, sino a un depredador que regresaba a su territorio de caza.

La sala estaba envuelta en la fría atmósfera del poder.

Lansky, al frente de una larga mesa de cristal esmerilado, escuchaba con expresión impasible el monótono informe de uno de sus socios sobre las cifras trimestrales en el mercado asiático.

De pronto, su teléfono personal, colocado boca arriba sobre la mesa, se iluminó con la notificación de WhatsApp.

Una foto de perfil de Stefanny apareció junto a un mensaje de texto y la miniatura de un video.

Los ojos de Lansky, hasta entonces vagamente interesados en la presentación, se desviaron hacia la pantalla.

Leyó el mensaje: “Ahora soy tuya de una manera que nadie más podrá serlo.

Para siempre.” Un músculo en su mandíbula se tensó, casi imperceptiblemente.

Sin la más mínima prisa, tomó el teléfono, ignorando por completo las miradas curiosas de los demás ejecutivos.

Abrió la aplicación y pulsó el video.

En la pantalla, bajo la luz clínica del estudio de tatuajes, apareció Stefanny.

Su rostro, pálido y contraído, capturaba cada punzada de dolor.

El zumbido agudo de la máquina llenó por un momento el silencio de la sala de juntas antes de que Lansky bajara instintivamente el volumen.

Sus ojos no se apartaron de la pantalla ni un segundo.

Observó cómo la aguja trazaba la “L”, luego la “a”…

cada letra de su nombre siendo tallada en la piel virgen sobre su corazón.

Mientras el video avanzaba, una transformación sutil pero profunda ocurrió en el rostro de Lansky.

Su respiración, antes calmada, se volvió un poco más profunda.

Los labios, firmemente sellados, comenzaron a curvarse en los extremos.

No era una sonrisa de alegría o alivio.

Era una sonrisa lenta, retorcida y sádica, que no llegaba a sus ojos, que permanecían fríos y analíticos, absorbiendo cada detalle del sufrimiento de ella como si fuera un néctar raro.

Era la sonrisa de un psicópata que ve materializarse la prueba definitiva de su dominio.

La sonrisa de un sádico que disfruta no solo del acto final, sino de cada segundo del proceso de quebrantamiento.

Y, quizás, la sonrisa lunática de un hombre que veía su propia obsesión reflejada y multiplicada en un acto de locura tan extrema que solo podía sentirse…

conmovido hasta la médula por su belleza retorcida.

El video terminó.

La última imagen fue el tatuaje terminado, “Lansky”, negro y definitivo, sobre su piel enrojecida.

Lansky dejó el teléfono suavemente sobre la mesa.

La sonrisa aún jugueteaba en sus labios.

Alzó la mirada hacia sus socios, que lo observaban con una mezcla de curiosidad y incomodidad.

Lansky: (Su voz era serena, pero con un dejo de triunfo apenas velado) Disculpen la interrupción.

Un asunto personal de…

suma importancia.

(Hizo una pausa, y su sonrisa se ensanchó, mostrando un destello de dientes).

Un recordatorio de que algunas lealtades…

se forjan en la carne y la sangre.

Sin otra explicación, despidió la reunión con un gesto de la mano.

Lansky: Terminamos por hoy.

Los socios, confundidos pero sin atreverse a cuestionarlo, comenzaron a recoger sus cosas y a salir.

Lansky no se movió.

Permaneció sentado, mirando la pantalla negra de su teléfono, saboreando el silencio.

Finalmente, lo tomó y escribió una sola palabra en respuesta al video y al mensaje de Stefanny.

Una palabra que era a la vez un reconocimiento, una reclamación y una promesa siniestra.

Mensaje de Lansky: “Perfecto.” (El vuelo fue silencioso, una pausa tensa antes de la tormenta.

Al aterrizar en una pista privada en las afueras de Marsella, la noche es húmeda y cálida.

Un sedán negro, discreto y potente, la espera.

El conductor, un contacto anónimo, asiente brevemente y arrancan, sumergiéndose en la red de carreteras que llevan a la ciudad).

(La calma se rompe de forma brutal.

De un cruce lateral, otro vehículo acelera y se planta delante de ellos, forzando un frenazo chirriante.

Antes de que el conductor de Marilú pueda reaccionar, las puertas del coche intruso se abren y cuatro hombres de complexión sólida y movimientos agresivos bajan, rodeándolos).

(Marilú no espera.

Sale del coche con una calma aterradora, evaluando a sus atacantes en una fracción de segundo.

Sus ojos ya no son los de una mujer elegante, sino los de un halcón en combate).

HOMBRE 1: (En francés con un acento áspero) ¡La bolsa!

¡Y venís con nosotros!

(Marilú no contesta.

Cuando el primero se abalanza sobre ella, ella gira sobre su talón, desviando su embestida y aplicándole una llave que lo envía contra el capó con un golpe sordo.

El segundo hombre saca una porra.

Marilú se agacha, barriendo su pierna con un movimiento bajo y devastador.

Mientras cae, ella ya está en movimiento).

(Con un gesto fluido, se agacha y desprende una daga corta y brillante de una funda oculta en su tobillo, bajo el dobladillo del pantalón.

La hoja refleja la luz de los faros).

HOMBRE 3: (Sorprendido) ¡Cuchillo!

(Los dos hombres restantes atacan juntos.

Marilú es un torbellino.

Bloquea un golpe con el antebrazo, gira y clava la daga en el músculo del hombro del otro atacante, que grita y retrocede.

No es un golpe mortal, sino incapacitante.

Usa la palma de la mano libre para golpear la nariz del tercer hombre, seguido de una rodilla en el estómago.

Cada movimiento es económico, letal en su eficiencia, una coreografía de fuerza bruta y precisión quirúrgica aprendida en los entrenamientos más duros de la Agencia).

(En menos de treinta segundos, los cuatro hombres yacen en el suelo, gimiendo, desarmados y heridos.

Marilú, respirando apenas agitada, se yergue entre ellos.

Su mirada fría se posa en el conductor del otro coche, que observa con los ojos desorbitados desde su asiento antes de meter marcha atrás y huir a toda velocidad).

(Ella mira la daga, limpia la hoja en la chaqueta de uno de los hombres inconscientes y vuelve a guardarla en su tobillo.

Se sube de nuevo al coche, donde el conductor, pálido, la mira por el espejo retrovisor).

MARILÚ: (Voz serena, como si nada hubiera pasado) Sigue conduciendo.

Lansky ya sabe que estoy aquí.

Ahora es cuando la caza de verdad comienza.

(El sedán negro acelera, intentando perder al coche que huyó, pero la respuesta de Lansky es más rápida y agresiva.

El rugido de cuatro motos de alta cilindrada corta la noche, aproximándose a una velocidad alarmante.

En segundos, se colocan a cada lado del vehículo, como una escolta siniestra.) MOTOCICLISTA 1: (Gritando sobre el viento) ¡Detengan el coche!

¡O lo abrimos a balazos!

(El conductor de Marilú, con el rostro pálido y las manos temblorosas, no tiene opción.

Frena bruscamente en un callejón semiabandonado, cerca de los muelles.

Los motores de las motos roncan, apagándose.

Cuatro hombres encapuchados, más grandes y mejor armados que los anteriores, bajan.

Esta vez no subestiman a su objetivo.) (Marilú sale al encuentro, su daga ya en mano.

La lucha es feroz, una danza violenta bajo la tenue luz de un farol.

Ella es rapidez y precisión; un derriba a un hombre con una llave en la muñeca, otro cae con un corte limpio en el muslo.

Pe

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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