DULCE VENENO - Capítulo 133
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133: Oficina de Lansky 133: Oficina de Lansky Con una determinación repentina, Stefanny se sacudió la tensión de los hombros y corrió detrás de Marilu, sus pies descalzos hundiéndose en la arena húmeda.
Por primera vez en semanas, se sentía liviana.
Por unas horas, era solo Stefanny otra vez, no la posesión de nadie.
Y esa sensación era tan adictiva y peligrosa como el hombre al que había dejado en París.
El viento salado del Cantábrico azota sus cabellos y el rugido de las olas llena el aire.
Stefanny y Marilu, con sus tablas de surf bajo el brazo, son una visión de vibrante contraste contra el gris azulado del mar y la arena.
Stefanny sostiene su tabla de madera clara, donde las tres tortugas marinas grabadas parecen nadar hacia las olas, los detalles de resina epoxi en los bordes imitando la espuma que acaricia la costa.
Es una pieza de arte, pero también una extensión de la elegancia natural que una vez la definió.
Marilu, a su lado, carga con su propia tabla, un estallido de color y vida.
El mandala floral azul y turquesa en la punta parece girar con la brisa, mientras las ballenas y tortugas grabadas en el centro y la cola narran una historia submarina.
La ola estilizada que recorre el diseño parece fluir con la energía del océano mismo.
Marilu: (Gritando sobre el viento, señalando el mar con la cabeza) ¡Esas olas tienen nuestro nombre, Stef!
¡Esa tabla tuya no es solo para admirarla en un museo!
Stefanny: (Una sonrisa amplia y liberada se dibuja en su rostro.
Acaricia la tortuga grande en el centro de su tabla).
¡Tienen que llevarnos con ellas, como a estas tortugas!
¡Vamos!
La mención al “museo” por parte de Marilu no pasa desapercibida.
Es un recordatorio sutil de la vida ornamentada que ha estado llevando.
Pero aquí, ahora, con la tabla de surf entre sus manos y la inmensidad del océano frente a ella, esa vida parece lejana.
Corren juntas hacia el agua, la arena fría bajo sus pies descalzos.
El choque del agua helada del Cantábrico les arranca risas y gritos ahogados.
Por un momento, no hay Lansky, no hay mansiones, no hay secretos oscuros.
Solo dos amigas, sus tablas bellamente talladas, y la promesa salvaje y pura del mar.
La oficina estaba en silencio, solo el tenue zumbido de los servidores y el leve roce de los dedos de Lansky al deslizarse sobre la pantalla táctil de su monitor.
De pronto, un tono de notificación discreto pero insistente rompió el aire.
No era el sonido genérico de una app, sino una alarma personalizada.
Una sonrisa lenta y anticipada se dibujó en sus labios incluso antes de mirar.
Tomó su teléfono personal.
En la pantalla, una aplicación minimalista mostraba un mapa.
Un punto rojo y brillante—la señal del rastreador—había salido del perígeo de la mansión y ahora pulsaba de manera irritante en la costa, en Biarritz.
Al tocar la notificación, una ventana emergió con información detallada: “Ubicación: Playa de Biarritz.
Movimiento: Estacionario.
Tiempo en ubicación: 18 minutos.” Los ojos de Lansky, antes concentrados en gráficos de bolsa, se fijaron en ese punto rojo lejano.
La sonrisa se congeló, transformándose en algo más delgado, más afilado.
No era una expresión de enfado, sino de un interés profundo y retorcido, como el de un entomólogo que observa a un insecto especialmente desobediente bajo el microscopio.
Lansky: (Para sí mismo, su voz un susurro sedoso y peligroso) Bien, bien…
Mi mariposa ha decidido volar lejos del jardín.
(Su pulgar acarició la pantalla, sobre el punto rojo).
¿Crees que el mar Cantábrico puede esconderte de mí, preciosa?
Se recostó en su silla de cuero, girándola lentamente para mirar el cielo gris de París a través de su ventana.
Su mente, aguda y paranoica, ya trabajaba.
Lansky: (Susurrando, con una lógica lunática) La playa…
con Marilu.
¿Fue idea de ella, por supuesto?
La amiga leal que intenta rescatar a la princesa de su torre.
(Una risa baja, sin humor, escapó de sus labios).
Qué conmovedor.
Se levantó y caminó hacia el bar, sirviéndose una medida de un whisky ámbar.
Bebió un sorbo, saboreando el ardor mientras su mirada permanecía fija en la nada, visualizando la escena.
Lansky: (Su voz gana una cualidad sádica y posesiva) Disfruta del sol, Stefanny.
Disfruta de la falsa libertad.
(Su agarre en el vaso se apretó).
Siente la sal en tu piel y la arena entre tus dedos.
Saborea cada risa.
(Sus ojos se oscurecieron).
Porque haré que cada recuerdo de este día…
se tiña del conocimiento de que yo lo estaba viendo todo.
Que cada ola que montes…
fue con mi permiso tácito.
Dejó el vaso con un golpe seco.
No estaba furioso.
Estaba…
estimulado.
Esta pequeña rebelión no hacía más que demostrarle lo completo de su control.
Él lo había permitido.
Él lo sabía todo.
Y cuando ella volviera, feliz y cansada de su aventura, él estaría esperando.
No con reproches, sino con esa sonrisa serena que a ella le volvía loca.
La sonrisa de un hombre que sostiene todas las cartas, incluso cuando su premio cree haber escapado de la mesa de juego.
Tomó el teléfono de nuevo y deslizó el dedo para ampliar el mapa, observando el punto rojo inmóvil en la playa.
Lansky: (Con un susurro final, cargado de una promesa retorcida) Juega un poco más, mi amor.
Pero la marea siempre vuelve a la orilla.
Y tú…
tú siempre volverás a mí.
La sonrisa en los labios de Lansky se había solidificado en una máscara de fría expectación.
Dejó el vaso de whisky y caminó hacia lo que parecía un panel de madera lisa en la pared.
Con un movimiento fluido, tomó un control remoto minimalista de una bandeja y lo apuntó.
Un suave zumbido se escuchó mientras el panel de madera se retraía, revelando una pantalla de video de alta definición que abarcaba casi toda la pared.
La pantalla se encendió, mostrando inicialmente el logotipo del Imperial Group.
Lansky no esperó.
Marcó un número rápido en su teléfono, conectándose directamente con su secretario.
Secretario: (Voz inmediata y alerta a través del altavoz) ¿Señor?
Lansky: (Sin preámbulos, su voz era un latigazo de autoridad) La playa.
Biarritz.
Las cámaras de vigilancia pública y las privadas de los establecimientos frente al mar.
Póngalas en la pantalla.
Ahora.
No había un “por favor”.
Era una orden.
En segundos, la pantalla gigante se dividió en varios cuadros, mostrando diferentes ángulos de la playa de Biarritz, obtenidos mediante una intrusión ilegal y sin duda muy costosa en los sistemas de seguridad locales.
Las imágenes eran nítidas, mostrando a los bañistas, las olas rompiendo, el paseo marítimo.
Lansky: (Sus ojos, febriles, escaneaban las imágenes, buscando un rostro específico) Acérquese al sector sur.
Donde están los surfistas.
El secretario, desde su terminal, ajustó las cámaras.
La imagen en el cuadro central se amplió, barriendo sobre grupos de personas hasta que…
allí.
Allí estaban.
Stefanny y Marilu, con sus distintivas tablas de surf a su lado, recostadas sobre toallas en la arena.
La cámara era tan potente que Lansky podía ver la sonrisa relajada en el rostro de Stefanny, la manera en que se reía de algo que decía Marilu, el brillo del sol en su piel.
Lansky: (Un sonido bajo, casi un gruñido de satisfacción, escapó de su garganta).
Ahí…
Ahí estás.
Se acercó a la pantalla, hasta que su propia sombra se proyectó sobre la imagen de Stefanny.
Su expresión era de pura fascinación sádica.
Lansky: (Susurrando hacia la imagen, como si pudiera oírlo) Mira qué libre te sientes.
Mira cómo ríes…
(Su sonrisa se volvió un rictus de locura posesiva).
Pero yo te veo, mi amor.
Yo siempre te veo.
Se pasó una mano por el cabello, una chispa de excitación peligrosa en sus ojos.
Verla así, en su elemento, creyéndose fuera de su alcance, mientras él la observaba desde su santuario de poder a cientos de kilómetros de distancia, era el mayor de los afrodisíacos.
Lansky: (Girándose bruscamente hac
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