DULCE VENENO - Capítulo 134
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134: Deseo 134: Deseo Lansky: (Girándose bruscamente hacia el intercomunicador, su voz recuperó su frialdad ejecutiva) Mantenga esta feed activa.
Y encuentre el audio.
Quiero oír su conversación.
Era una locura.
Era una violación monumental.
Pero para Lansky, era el pináculo del control.
No solo poseía su pasado, su presente y su piel…
ahora poseía cada uno de sus momentos de falsa libertad, convirtiéndolos en su propio y retorcido espectáculo privado.
La pantalla gigante era ahora su ventana personal a un mundo que Stefanny creía suyo.
Los cuadros de video mostraban la playa en alta definición, y el lente de una cámara de seguridad, manipulada remotamente por su secretario, se enfocó como un halcón en su objetivo.
Los ojos de Lansky, ya brillantes con una mezcla de ira y fascinación, se clavaron en la figura de Stefanny.
La vió recostada sobre una toalla, el sol acariciando su piel.
Llevaba un pequeño bikini negro, minimalista y atrevido.
El diseño halter cruzado realzaba su torso, y el pequeño detalle metálico en el escote centelleaba bajo la luz, como un guiño provocador que solo él parecía captar a esta distancia.
La braguita de cobertura mínima completaba una imagen de confianza y sensualidad despreocupada que le hizo apretar la mandíbula.
Lansky: (Para sí mismo, su voz un susurro áspero) Tan…
expuesta.
Creyéndose tan libre.
Su mirada luego se desvió hacia Marilu, envuelta en su cárdigan y pareo blanco de textura panal, la flor de plumeria añadiendo un toque de inocencia que a Lansky le pareció falsa y irritante.
El contraste era deliberado, pensó.
La amiga cubierta, la “voz de la razón” tratando de proteger a su presa.
Y la presa…
su presa, mostrándose para el mundo con una confianza que él había ayudado a destruir y que ahora, aparentemente, Marilu estaba ayudando a reconstruir.
Una sonrisa lenta y fría se extendió por su rostro.
No era una sonrisa de disfrute, sino de cálculo.
De posesión.
Lansky: (Hablando hacia el intercomunicador, su voz gélida) Encuentre el ángulo que mejor capture su rostro.
Quiero ver cada risa.
Cada mirada al mar.
(Hizo una pausa, sus ojos devorando la imagen de Stefanny).
Quiero ver si realmente puede olvidarse de mí bajo ese sol.
Observó cómo una ola rompía y Stefanny señalaba hacia el mar, diciéndole algo a Marilu con una sonrisa amplia.
Un dolor punzante, no de celos, sino de indignación, lo atravesó.
Esa felicidad no le pertenecía a él.
No era parte de su diseño.
Lansky: (Susurrando a la pantalla, con una intensidad lunática) Ríe, mi amor.
Ríe ahora.
Porque cuando vuelvas, te recordaré cada sonrisa que diste lejos de mí.
Te haré anhelar este día con tanta desesperación…
que rogarás que el único sol que brille para ti sea el que yo permita.
Se recostó en su silla, cruzando los brazos.
El espectáculo era hipnótico.
La belleza de Stefanny, su aparente libertad, sazonada con el amargo conocimiento de que era solo una ilusión, que cada movimiento era observado, grabado y analizado por el hombre que verdaderamente poseía cada parte de su ser, incluso los momentos en los que creía escapar.
El líquido preseminal.
Podía sentir cómo la presión aumentaba, un núcleo fundido de placer expandiéndose, amenazando con consumirlo.
Su visión se nubló, la imagen de Stefanny disolviéndose en un caleidoscopio de colores, su figura una forma brillante e indistinta.
«Sí», siseó, con la voz ronca y la garganta tensa.
«Eso es».Cerró los ojos con fuerza un instante, luego los abrió de golpe, fijos de nuevo en la pantalla.
Quería ahogarse en ella, perderse en la sensación que le evocaba.
Imaginó su boca sobre la suya, cálida y húmeda, su lengua rodeando la cabeza de su pene, atrayéndolo cada vez más adentro.
El pensamiento lo estremeció, una corriente eléctrica recorriendo sus nervios.
Su mano apretó con más fuerza, sus movimientos se volvieron irregulares, entrecortados.
Estaba al borde del abismo, tambaleándose al límite del control.
El mundo fuera de la pantalla dejó de existir.
Solo existía Stefanny, su cuerpo tentador y la necesidad implacable que le recorría las venas.
Un gemido bajo se le escapó, un sonido de placer puro e inmaculado.
Su cuerpo se estremeció, un violento temblor lo sacudió hasta la médula.
El clímax lo desgarró, una ola incandescente que lo inundó, lo consumió por completo.
Su espalda se arqueó, sus caderas se proyectaron hacia adelante y un chorro espeso de semen brotó de su pene, manchando su mano con una sustancia pegajosa y cálida.
Jadeó, un sonido entrecortado y desesperado, su cuerpo exhausto, temblando.
Se recostó en la silla, su cabeza ladeada contra la tela afelpada, sus ojos aún fijos en la pantalla, aunque la imagen de Stefanny ahora era borrosa a través de la bruma de su deseo consumido.
Su respiración era entrecortada, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas.
El silencio regresó, denso y profundo, roto solo por el suave zumbido de la pantalla y los ecos que se desvanecían de su propia respiración agitada.
Su mano, resbaladiza y sucia, aún descansaba sobre su pene, testimonio del acto crudo y visceral que acababa de ocurrir.
Se sentía exhausto, pero extrañamente satisfecho, el aroma persistente de su orgasmo un potente recordatorio del poder que Stefanny ejercía sobre él, incluso desde la distancia.
La pantalla continuó su danza silenciosa, la imagen de Stefanny como un faro constante e inmutable de tentación, prometiendo más, siempre más.
El secretario estaba en su propia oficina, revisando los flujos de seguridad en una pantalla secundaria.
El audio de la oficina de Lansky, siempre activo por razones de “seguridad”, se transmitía a un canal privado en sus auriculares.
Era parte de su trabajo, una intrusión necesaria en la vida del hombre al que servía.
De repente, el sonido cambió.
La respiración serena y controlada de Lansky se quebró.
Se oyó un jadeo profundo, forzado, seguido de un gruñido bajo y gutural.
No era sonido de enfado o frustración.
Era algo mucho más primario, más íntimo.
El secretario se quedó completamente inmóvil.
Sus dedos, que tecleaban con eficiencia, se paralizaron sobre el teclado.
A través de los auriculares, los sonidos se intensificaron: jadeos entrecortados, el crujido del cuero de su silla, su nombre—”Stefanny”—susurrado con una mezcla de rabia y lujuria que era casi violenta.
Era evidente lo que estaba ocurriendo al otro lado de la pared.
Lansky no solo estaba observando a Stefanny en la playa; se estaba…
apropiando de su imagen de una manera visceral y sórdida.
El secretario no se ruborizó.
No mostró asco.
Su rostro, entrenado para la impasibilidad, se endureció como una máscara de piedra.
Pero por dentro, una ola de frío profesional lo recorrió.
Esto iba más allá de la obsesión, más allá del control sádico.
Esto era una patología profunda, una fusión malsana de poder, posesión y deseo que se manifestaba de la manera más solitaria y retorcida.
Los sonidos llegaron a su clímax—un gemido ahogado, un suspiro áspero—y luego, un silencio pesado, solo roto por la respiración agitada que poco a poco volvía a la normalidad.
El secretario, sin cambiar su expresión, alzó la mano y, con un movimiento preciso, desconectó el audio.
No era necesario escuchar más.
El mensaje estaba claro.
Se quitó los auriculares y los dejó suavemente sobre el escritorio.
Miró la pantalla que mostraba la oficina vacía de Lansky en el monitor de seguridad.
No sentía lástima por Stefanny, ni desprecio por su jefe.
Solo una certeza fría y calculadora.
Secretario: (Para sí mismo, en un murmullo apenas audible, mientras sus ojos volvían a los informes financieros en su pantalla) El demonio no solo la vigila.
Se alimenta de ella.
Incluso desde lejos.
Era un dato más que añadir al perfil.
Un recordatorio escalofriante de la naturaleza del hombre para el que trabajaba, y de los abismos a los que podía llevar su obsesión.
Su trabajo no era juzgar, sino anticiparse.
Y en ese momento, supo que la jaula para Stefanny, tarde o temprano, se cerraría por completo.
La puerta del ascensor privado se deslizó abierta
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