DULCE VENENO - Capítulo 138
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138: Mamada 138: Mamada (Avanzó un paso, su presencia física era abrumadora).
Ella estuvo en mi oficina.
Caminó directamente hacia documentos sensibles.
(Sus ojos ardían con una luz fría).
¿Y si hubiera visto algo?
¿Algo de los embarques del este?
¿De la “adquisición” de la semana pasada?
La mención a “los embarques del este” y “la adquisición” no eran eufemismos de negocios legítimos.
Eran el núcleo de las operaciones más sombrías de Lansky, las que Stefanny no debía, bajo ningún concepto, conocer.
Lansky: (Se acercó más, hasta quedar a solo un palmo de su secretario, su voz bajó a un susurro mortal) Su sueño…
su maldito sueño sobre Milagros ya es un problema.
Si hubiera conectado puntos…
si hubiera visto un nombre, un logotipo…
(Hizo una pausa, dejando que el peso de la consecuencia se cerniera sobre el hombre).
Tu incompetencia hoy, podría haber costado más de lo que puedes imaginar.
No solo mi relación con ella.
Todo.
El secretario no se inmutó, pero la gravedad de la reprimenda era clara.
No se trataba de un berrinche por una visita sorpresa.
Se trataba de un fallo de seguridad crítico en un imperio construido sobre secretos y sombras.
Secretario: (Con voz clara y firme, aceptando la responsabilidad) No se repetirá, señor.
Implementaré un protocolo inmediato.
Ninguna visita no autorizada, sin importar quién sea, llegará a este piso sin su conocimiento previo.
Lansky: (Lo miró fijamente por un momento más, la furia aún hirviendo bajo la superficie.
Finalmente, asintió una vez, un gesto cortante).
Asegúrate de que no.
Ahora, déjame solo.
Necesito…
recalibrar la situación con nuestra invitada.
El secretario se inclinó ligeramente y se retiró, dejando a Lansky solo con la ira y la urgencia de contener cualquier daño que la inesperada visita—y su propia distracción—pudiera haber causado.
La partida con Stefanny había escalado, y ahora las apuestas incluían no solo su corazón, sino la misma integridad de su oscuro imperio.
Lansky irrumpió en la sala de conferencias.
La pesada puerta de caoba se cerró de golpe contra la pared, con un crujido agudo que resonó en el silencioso espacio.
Stefanny, encorvada sobre una pila de informes, se estremeció, y su bolígrafo resbaló sobre la mesa pulida.
Levantó la cabeza de golpe, con los ojos abiertos, antes de posarse en el hombre que llenaba el umbral.
Una sonrisa depredadora se extendió por el rostro de Lansky.
Se movió, como una pantera acechando a su presa, acortando la distancia en tres largas zancadas.
Antes de que Stefanny pudiera emitir un sonido, su mano se deslizó alrededor de su cintura, arrancándola de la silla.
Sus informes se dispersaron como hojas caídas.
Su boca descendió, ardiente y exigente, aplastándola.
Un gemido gutural retumbó en su pecho mientras sus dedos se hundían en la suave carne de sus nalgas, apretando, levantando.
Devoró su boca, saboreando su sorpresa, su miedo, el sabor metálico de algo parecido a una súplica desesperada.
Su pulgar rozó la costura de su falda, luego profundizó más, encontrando la curva de su cadera.
La atrajo hacia él, sus pechos aplanándose contra su duro pecho, su suave vientre presionando contra su erección.
El beso se profundizó, una exploración violenta, su lengua un invasor implacable.
Sus manos, inicialmente flácidas, se levantaron para empujar contra sus hombros, una resistencia inútil.
Él rompió el beso con un húmedo “schlick ” , dejando sus labios hinchados y brillantes.
Él dio un paso atrás, un brillo en sus ojos, un brillo que ella conocía demasiado bien.
Se acomodó en la silla que ella acababa de desocupar, el cuero crujiendo bajo su peso.
Su mirada nunca la abandonó.
Sus dedos fueron a la hebilla de su cinturón, el agudo *clink* un signo de puntuación en el silencio sofocante.
Se bajó la cremallera, el áspero sonido metálico rasgando el aire.
Su mano se metió, extrayendo un grueso y congestionado eje.
Saltó libre, oscuro y venoso, palpitando con vida propia.
—Ven, Stefanny —ordenó con un gruñido bajo—.
Pruébalo.
Se le cortó la respiración.
Su mirada bajó al monstruoso apéndice y luego volvió a su rostro.
—Pero nunca…
nunca he hecho sexo oral —susurró, con la voz apenas temblorosa.
Se le escapó una risita oscura—.
No te preocupes.
Ven.
Usa esa boquita.
Sentía las piernas como plomo.
Cada paso hacia él era un acto de rendición.
Se arrodilló, el frío suelo le mordía las rodillas.
Sus ojos, abiertos y brillantes, se fijaron en la polla que se cernía sobre él.
Olía a él, almizclado y potente.
Abrió la boca; el sabor del miedo ya le cubría la lengua.
Sus labios, aún sensibles por el brutal beso, se cerraron vacilantes alrededor de la punta.
Empezó a succionar, torpe, insegura, con movimientos tentativos.
La mano de Lansky se levantó, sus dedos recorrieron la curva de su mandíbula y luego se enredaron en su pelo.
La apretó con más fuerza.
Empujó.
Fuerte.
Su enorme pene se hundió más allá de sus labios, más allá de su paladar blando, bajando, bajando, hasta que la punta rozó su reflejo nauseoso.
Un jadeo ahogado escapó de su garganta.
Las lágrimas se acumularon, nublándole la vista.
Él comenzó a embestir, con un ritmo lento y deliberado, sus caderas moviéndose.
Ella intentó relajarse, respirar, contener las náuseas.Se le escapó un gemido, un sonido entrecortado que se perdió entre el rítmico golpe de sus testículos contra su barbilla.
Le ardía la garganta.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Sollozó, una súplica silenciosa y desesperada.
El aire en la sala de conferencias se espesaba, cargado con el metal y la sal de la desesperación.
Las luces fluorescentes zumbaban, un coro monocorde que amplificaba el silencio que no era silencio, sino un grito ahogado.
Lansky agarró los mechones de cabello de Stefanny, un puño cerrado que tironeó con una fuerza capaz de arrancar.
Su cabeza descendió, un movimiento forzado, brutal, hasta que la punta de su erección rozó sus labios temblorosos.
No hubo suavidad, solo el imperativo de su voluntad.
Empujó, una embestida cruda, y su pene se hundió en la cavidad húmeda, profunda, que se abría a la fuerza.
Lansky echó la cabeza hacia atrás, la mandíbula tensa, un jadeo gutural escapando de su garganta.
Sus ojos, dos brasas oscuras, se fijaron en ella.
Stefanny, con lágrimas escurriendo por sus sienes, luchaba por respirar, el aire atrapado en su pecho, un gemido apenas audible.
“Ya me voy a correr”, la voz de Lansky era un susurro ronco, apenas un aliento.
“Será mejor que lo tomes todo, no dejes caer nada.” Un empuje final, profundo, que la hizo ahogarse, y luego el torrente cálido y espeso.
Stefanny aferró el dobladillo de su vestido con dedos blancos, sus nudillos protuberantes.
El sabor amargo, la textura viscosa, se deslizaron por su garganta en un trago forzado.
Lansky retiró su pene con un sonido húmedo, un *shlick* que resonó en el silencio.
Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.
“Lo has hecho muy bien, mi mariposita.” Sus manos se deslizaron por la cintura de Stefanny, levantándola sin esfuerzo, como si fuera una muñeca de trapo.
La depositó boca abajo sobre la pulcra mesa de conferencias, el frío del metal contrastando con el calor de su piel.
El vestido se elevó, exponiendo la curva de sus nalgas.
Con un tirón seco, el tejido de su ropa interior se rasgó, un sonido agudo que se mezcló con el gemido ahogado de Stefanny.
Lansky no esperaba.
No hubo preámbulos, solo la urgencia de su deseo.
Su pene, aún húmedo y erecto, buscó la entrada, y con un empuje brutal, se abrió paso.
Un grito ahogado escapó de Stefanny, el impacto de la penetración haciendo que la mesa chirriara bajo su peso.
El aire salió de sus pulmones en un suspiro entrecortado.
Lansky se movía, un ritmo salvaje, desprovisto de ternura, impulsado por una necesidad primitiva.
El sonido de su carne chocando contra la suya, un *slap-slap* rítmico, llenó la sala, un acompañamiento crudo a los gemidos que ella no podía contener.
Cada embestida la empujaba más contra la mesa,
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