DULCE VENENO - Capítulo 140
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140: Rusos 140: Rusos Mientras hablaba, su mente ya estaba en otra parte, en la Sala A, en los detalles del cargamento, en los riesgos y las ganancias.
Stefanny, con su vestido desarreglado y su piel aún caliente por su contacto, era ahora una distracción que debía ser manejada.
El juego de la lujuria había terminado.
Ahora comenzaba el juego verdadero, el del poder y la sombra, y Lansky no podía permitirse ningún error.
La transición fue brutal.
De la intimidad cargada de la sala de conferencias a la fría eficiencia de los guardias.
Lansky, con un gesto casi imperceptible, hizo que dos de sus hombres se acercaran.
Lansky: (A Stefanny, su tono era firme, sin dejar lugar a réplica) Los guardias te llevarán al auto.
Esperarás allí.
Esto no tomará mucho tiempo.
Stefanny, aún tratando de recuperar la compostura, intentó protestar, su orgullo herido por la brusquedad.
Stefanny: Lansky, yo puedo…
Lansky: (La interrumpió, su mirada era gélida, el amante de hacía unos minutos había desaparecido) Ahora, Stefanny.
No era una petición.
Era una orden.
Los guardias, entendiendo la señal, flanquearon a Stefanny y la guiaron con firmeza profesional fuera de la sala de conferencias y hacia los ascensores.
Sin perder un segundo, Lansky se ajustó la corbata y se dirigió a la Sala A.
Las pesadas puertas se abrieron, revelando una estancia austera, iluminada con luz fría, con una mesa metálica en el centro.
Allí estaban.
Tres hombres.
Eran la personificación del poder frío.
Ivan, el más viejo, con el rostro marcado y una calvicie pronunciada, sus ojos eran como pedernales.
Dmitri, más joven, con una complexión de luchador y manos que hablaban de violencia.
Y Alexei, el más silencioso, de gafas, el cerebro de la operación.
Ivan, claramente el líder, no se molestó en levantarse.
Apoyó sus botas en la mesa metálica, un gesto de supremo desafío.
Ivan: (En ruso, su voz un gruñido grave) Лански.
Мы здесь, чтобы вести бизнес.
(Lansky.
Estamos aquí para hacer negocios).
Lansky no se inmutó.
Se sentó frente a ellos, su propia elegancia un arma contra su tosquedad.
Lansky: (En un ruso perfecto, frío y claro) Я вас слушаю.
(Los estoy escuchando).
Ivan esbozó una sonrisa torcida, sin humor.
Ivan: (Sus ojos se clavaron en Lansky, desafiantes) Но мы ведем бизнес только с Милагрос.
Ни с кем другим.
(Pero solo hacemos negocios con Milagros.
Con nadie más).
La declaración cayó como una bomba en la habitación silenciosa.
Exigían tratar con su hermana.
Era un movimiento para probarlo, para recordarle quién sostenía realmente la llave de esa relación, o tal vez, era una trampa.
El nombre de Milagros en boca de estos hombres era un peligro mortal, para ella y para el secreto que los unía.
El orgullo de Lansky ardía.
Su poder estaba siendo desafiado en su propio territorio.
Pero mostrarse débil frente a estos hombres sería un error fatal.
Lansky: (Mantuvo la calma, sus dedos juntados sobre la mesa) Милагрос не está disponible.
(Milagros no está disponible).
Вы имеете дело со мной.
(Ustedes tratan conmigo).
La partida de ajedrez había comenzado, y la reina en el tablero, sin saberlo, era su propia hermana.
El aire se volvió tan denso como el humo, cargado de arrogancia y la amenaza apenas velada.
La sonrisa de Ivan se ensanchó, mostrando unos dientes amarillentos.
La desestimación en su voz era un cuchillo deliberadamente desafilado, diseñado para humillar.
Ivan: (Se inclinó hacia adelante, sus ojos de pedernal perforando a Lansky) ¿Disponible?
Tú no entiendes, malchik (muchacho).
(Escupió la palabra como un insulto).
Я имею дело только с Милагрос.
Она — владелица всего этого.
(Solo trato con Milagros.
Ella es la dueña de todo esto).
Tú…
tú solo eres un niño jugando a ser jefe.
No sabes nada de cómo funcionan las cosas reales.
Fue un golpe bajo, calculado para herir su orgullo y minar su autoridad frente a sus propios hombres.
Dmitri, el matón, gruñó en acuerdo, sus nudillos crujiendo.
Dmitri: (Con voz ronca, apoyando a su líder) С ней мы десятилетиями делали бизнес.
Никаких исключений.
(Con ella hemos hecho negocios durante décadas.
No hay excepciones).
La mentira era audaz.
“Décadas” era una exageración destinada a enraizar su lealtad a Milagros y pintar a Lansky como un recién llegado.
Alexei, el hombre de las gafas, permanecía en silencio, observando cada microexpresión en el rostro de Lansky, buscando una grieta.
Lansky no se inmutó.
Dejó que el desprecio de Ivan se estrellara contra su frigidez.
Una sonrisa lenta, peligrosa y cargada de astucia, se dibujó en sus labios.
Ellos jugaban con la fuerza bruta y la tradición.
Él jugaba con la manipulación y el conocimiento.
Lansky: (Su voz era un susurro sedoso, pero cada palabra tenía el filo de una navaja) ¿”Dueña de todo”?
Qué concepto tan…
anticuado.
(Dejó caer las palabras, saboreando el momento).
Las empresas cambian de manos.
Los testamentos…
se reinterpretan.
(Hizo una pausa, dejando que la insinuación de la muerte de sus padres y su posterior control pesara en la habitación).
Lo que ustedes llaman “décadas” de negocio, yo lo llamo deuda de lealtad.
Una lealtad que, se me ha informado, no siempre ha sido mutua en sus transacciones pasadas.
No estaba negando la relación de Milagros.
La estaba enmarcando.
La estaba poniendo en duda con una acusación vaga pero peligrosa sobre su “lealtad”.
Lansky: (Alzó la mirada, desafiante) Pueden esperar a una mujer que ya no tiene el poder que creen que tiene…
o pueden tratar con el hombre que sí lo tiene ahora.
La elección es suya.
Pero sepan que mi paciencia, a diferencia de la de mi…
predecesora…
tiene un límite muy claro.
No se había alterado.
No había mostrado debilidad.
En cambio, había sembrado la duda sobre Milagros y había presentado su propio poder no como una usurpación, sino como una evolución inevitable.
Los había puesto en una posición donde aferrarse a su demanda podría costarles el negocio, y posiblemente más.
El juego de poder había escalado, y Lansky acababa de demostrar que, lejos de ser un “niño”, era un maestro de la manipulación.
La risa de Ivan retumbó en la sala estéril, un sonido áspero y cargado de burla.
Dmitri soltó una carcajada gutural, y hasta Alexei esbozó una sonrisa fría.
La revelación fue como un misil directo al centro del poder de Lansky.
Ivan: (Secándose una lágrima ficticia) ¡Jajaja!
¿Crees que somos tontos, malchik?
(Se inclinó, su mirada era ahora de puro desdén).
Мы знаем, что Милагрос — босс.
Ты просто…
смотритель.
(Sabemos que Milagros es la jefa.
Tú solo eres…
el guardián).
Dmitri asintió, golpeando la mesa con el puño para enfatizar sus palabras.
Dmitri: ¡Sí!
Мы поговорили со Старейшинами!
(¡Hablamos con los Ancianos!) Ellos nos confirmaron.
Ella es la Presidenta.
Ivan continuó, destripando metódicamente la fachada de Lansky.
Ivan: (Con una sonrisa de superioridad) Nos dijeron que ese matrimonio…
con ese tal Cristhian…
y su “viaje”…
es solo una farsa.
Una pantalla para que los curiosos no sospechen la verdad.
(Señaló a Lansky con la barbilla).
Tú estás aquí, sentado en este sillón, haciendo de rey sustituto para que nadie pregunte dónde está la verdadera reina.
Cada palabra era un golpe.
Ellos no solo conocían el secreto, sino que conocían su profundidad y su razón de ser.
Sabían que Milagros era la heredera legítima, la “Presidenta”, y que su papel era una tapadera elaborada.
Lansky no era el cerebro; era el administrador, el protector de la heredera que estaba escondida a plena vista.
El silencio de Lansky era ahora ensordecedor.
Su fría fachada se agrietaba bajo el peso de esta revelación.
Su poder, que parecía tan absoluto, era en realidad prestado.
Y estos hombres lo sabían.
Lo estaban desnudando frente a sus propios ojos, recordándole su lugar.
No era el dueño del juego.
Era una pieza, aunque crucial, en un tablero mucho más grande controlado por los misteriosos “Ancianos” y la sombra de su hermana.
La arrogancia con la que había entrado en la sala se había evaporado, reemplazada por la fría y h
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