DULCE VENENO - Capítulo 141
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141: Cuarto de Baño 141: Cuarto de Baño La arrogancia con la que había entrado en la sala se había evaporado, reemplazada por la fría y humillante realidad de su posición.
La tensión en la sala era palpable.
La risa burlona de los rusos aún resonaba en el aire, habiendo reducido la autoridad de Lansky a cenizas.
De repente, la puerta se abrió sin previo aviso.
Un guardia entró, ignorando por completo la reunión, y se acercó directamente a Lansky.
Le entregó una tableta, encendida, con una llamada de video en curso.
Lansky, con el rostro aún tenso por la humillación, tomó la tableta.
Al ver la pantalla, sus ojos se abrieron ligeramente, una mezcla de sorpresa y…
¿alivio?
Sin una palabra, giró la tableta y la colocó sobre la mesa metálica, de frente a los tres hombres rusos.
En la pantalla, con un fondo que parecía una lujosa biblioteca, estaba Milagros.
No vestía la elegancia discreta de la esposa de Cristhian.
Llevaba un sencillo suéter negro, su cabello rojo recogido con severidad.
Su expresión era serena, pero sus ojos tenían una frialdad que rivalizaba con la de su hermano.
Al verla, la actitud de los rusos cambió instantáneamente.
Las sonrisas burlonas se desvanecieron.
Ivan se enderezó en su silla, quitando las botas de la mesa con un movimiento rápido.
Los tres hombres, incluido el siempre silencioso Alexei, se pusieron de pie.
No fue una reverencia exagerada, pero fue un claro y respetuoso reconocimiento de autoridad.
Ivan: (Su voz, antes cargada de desdén, era ahora grave y respetuosa) Gospozha Milagros.
(Señora Milagros).
Milagros: (Su voz llegó clara y fría a través del altavoz) Ivan.
Dmitri.
Alexei.
Me informan que están cuestionando la cadena de mando.
No era una pregunta.
Era un reproche.
Ivan: (Bajó ligeramente la cabeza) No era nuestra intención faltarle al respeto, Gospozha.
Pero los negocios son negocios.
La confianza se construye con la continuidad.
Milagros: (Una sonrisa fría, casi imperceptible, tocó sus labios) La continuidad está asegurada.
Mi hermano, Lansky, actúa con mi autoridad total y absoluta.
(Hizo una pausa, y su mirada en la pantalla pareció volverse aún más gélida).
Cualquier trato que hagan con él, lo hacen conmigo.
Y cualquier falta de respeto hacia él…
(dejó la frase en el aire, pero la amenaza era clara) …es una falta de respeto directa hacia mí.
Ivan tragó saliva visiblemente.
El mensaje no podía ser más claro.
Lansky no era un sustituto.
Era su brazo ejecutor.
Su extensión.
Ivan: (Asintiendo con la cabeza) Ponimayu, Gospozha.
(Entendido, Señora).
No habrá más…
malentendidos.
Milagros asintió lentamente.
Milagros: Bien.
Ahora, si me disculpan, tengo asuntos que atender.
Lansky, procede.
La pantalla se oscureció.
El silencio que quedó era completamente diferente.
La arrogancia de los rusos se había esfumado, reemplazada por una cautelosa aceptación.
Milagros, en menos de un minuto, había reafirmado no solo su poder, sino el de Lansky.
Le había recordado a todos en la sala quién era la verdadera jefa, y que la lealtad que exigía era absoluta e incuestionable.
El silencio posterior a la videollamada era pesado, pero ahora cargado de un nuevo respeto.
Los rusos se habían sentado de nuevo, pero su postura era diferente: ya no había desafío, sino una atención vigilante.
Lansky, por su parte, había recuperado toda su compostura.
La intervención de Milagros había sido un recordatorio humillante de la fuente real de su poder, pero también le había dado la victoria en esta partida.
Ahora, era el momento de capitalizarla.
Lansky: (Tomó una carpeta de cuero que su secretario había dejado discretamente sobre la mesa.
Su voz era fría, profesional, sin rastro del enfrentamiento anterior) Como hemos quedado claros en la cadena de mando, procederemos.
El contrato para el envío de la “mercancía especial”.
Abrió la carpeta y deslizó un documento hacia el centro de la mesa.
Ivan lo tomó, hojeándolo rápidamente.
Alexei, el cerebro, se inclinó para leer sobre su hombro.
Ivan: (Después de un momento, asintió lentamente) Los términos son aceptables.
El pago, como siempre, en criptomonedas, una vez que la carga cruce la frontera marítima internacional.
Lansky: (Asintió) Por supuesto.
La ruta está asegurada.
Nuestros contactos en el puerto de Róterdam están listos.
Dmitri: (Golpeó la mesa suavemente con el puño, una sonrisa casi bestial en su rostro) Bien.
Nos gusta la eficiencia.
Lansky extendió una pluma estilográfica de oro.
Ivan la tomó, y con una firma enérgica y angular, estampó su nombre en la línea designada.
Luego, pasó el documento y la pluma a Lansky.
Lansky: (Firmó con un trazo elegante y decidido, sellando el acuerdo.
Alzó la mirada, sus ojos se encontraron con los de Ivan).
Un placer hacer negocios con ustedes, como siempre.
Ivan: (Esbozó una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos) El placer es nuestro, Gospodin Lansky.
(Se levantó, y los otros lo siguieron).
Hasta la próxima entrega.
No hubo apretones de manos.
En su mundo, los contratos firmados y las transferencias de criptomonedas eran más vinculantes que cualquier gesto.
Los rusos salieron de la sala, dejando a Lansky solo con el documento firmado y el amargo sabor de una victoria que le recordaba que, aunque él movía las piezas, la reina en el tablero, la verdadera soberana, era y siempre sería Milagros.
Las pesadas puertas de la Sala A se cerraron tras los tres hombres.
El silencio del pasillo blindado fue roto por el eco de sus pasos.
La máscara de respeto forzado que habían mostrado frente a la pantalla de Milagros se desvaneció al instante, reemplazada por una fría arrogancia.
Ivan: (Camina con paso firme, sus manos en los bolsillos de su abrigo.
Su voz es un gruñido bajo y despectivo) Kukla.
(Marioneta).
Se cree un gran hombre porque su hermana le presta el trono.
Dmitri: (Escupe al suelo limpio, un gesto de puro desprecio) Sí.
Pero una marioneta con dientes afilados.
Ese Lansky no es ningún tonto.
Alexei: (Ajusta sus gafas, su mente analítica ya trabajando.
Habla con calma, pero sus palabras son cortantes) No importa.
Mientras la hermana siga siendo la verdadera potencia y nosotros tengamos su oreja…
(hace una pausa significativa) …el niño puede jugar a ser el jefe.
Firmamos el contrato.
El dinero llegará.
Eso es lo único real.
Ivan emite un sonido que es casi una risa, pero sin alegría.
Ivan: Tienes razón, Alexei.
Pero no me gusta tener que inclinarme ante una pantalla.
Ni tener que recordarle a un malchik su lugar.
(Sus ojos se estrechan, fríos y calculadores).
La próxima vez, tal vez hablemos directamente con los Ancianos.
Recordemosles quién mueve su mercancía en el mundo real.
Los tres intercambian una mirada de comprensión.
No era una rebelión, era un recordatorio de su propio poder dentro de este juego de sombras.
Se alejan por el pasillo, su arrogancia restaurada, planeando ya el siguiente movimiento en el interminable ajedrez del poder y el crimen.
Para ellos, Lansky era un peón necesario, pero desechable.
Y Milagros, una reina distante a la que, en el fondo, también creían poder manejar.
El sonido del agua corriendo llenó el lujoso cuarto de baño, empañando los espejos y el mármol.
Bajo el chorro de agua caliente, Stefanny dejó que la tensión del día se deslizara por su cuerpo y cayera por el desagüe.
Cerró los ojos, permitiendo que el agua le golpeara la espalda, lavando simbólicamente la mezcla de emociones que la habían embargado: la euforia del surf, la intensidad del encuentro con Lansky en la sala de conferencias, la confusión de su sueño, la fría autoridad con la que la había despachado después, y la inquietante sensación de que algo oscuro y grande ocurría a su alrededor, algo de lo que ella solo veía fragmentos.
Levantó la cara hacia el chorro, ahogando un suspiro.
El contraste entre la libertad salvaje que sintió en el mar y la opresiva posesión de Lansky era abismal.
Una parte de ella anhelaba la primera, pero la otra, más profunda y enredada, se aferraba a la segunda con una dependencia que la asustaba.
Se enjabonó el cuerpo, y sus
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