DULCE VENENO - Capítulo 142
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142: zanahoria y palo 142: zanahoria y palo Se enjabonó el cuerpo, y sus dedos rozaron la lámina protectora sobre el tatuaje en su pecho.
Un escalofrío la recorrió, un recordatorio físico de la promesa extrema que había hecho.
“Lansky”.
Ese nombre ahora estaba grabado no solo en su piel, sino en cada elección, en cada respiro.
Mientras el agua seguía cayendo, se preguntó, no por primera vez, en qué clase de laberinto se había metido, y si alguna vez encontraría la salida…
o si, en el fondo, ya no quería encontrarla.
Las puertas de la Sala A se cerraron, dejando a Lansky solo en el silencio cargado de su victoria agridulce.
Recogió la tableta y caminó de regreso a su oficina principal.
El secretario lo esperaba, inmóvil, como si el altercado con los rusos nunca hubiera sucedido.
Lansky: (Colocando la tableta sobre su escritorio, su tono era frío, reflexivo) Están contenidos.
Por ahora.
(Sus dedos tamborilearon sobre el ébano).
Pero no subestimes su arrogancia.
Vigílalos de cerca.
Quiero saber cada movimiento que hagan en la ciudad.
Secretario: (Asintiendo) Por supuesto, señor.
Se ha desplegado un equipo.
Hubo un momento de silencio.
Lansky giró su silla, mirando el crepúsculo que teñía París de naranja y púrpura.
Su mente, sin embargo, no estaba en los rusos, ni en el contrato firmado.
Estaba en la imagen de Stefanny siendo conducida fuera de la sala de conferencias, la mezcla de pasión y confusión en sus ojos.
Lansky: (Sin volverse, su voz perdió un ápice de su dureza, adoptando un tono calculador pero más personal) Y otra cosa.
Secretario: (Permanecía atento) Señor.
Lansky: (Giró lentamente la silla hasta enfrentar a su secretario.
Una sonrisa sutil, casi tierna, pero con la sombra de la manipulación detrás, jugueteaba en sus labios) Envía un ramo a la mansión.
Para Stefanny.
Rosas blancas.
Que sea…
abundante.
No era un simple gesto de amor.
Era un mensaje.
Las rosas blancas: pureza, inocencia.
Una ironía deliberada después de la cruda posesión en la sala de conferencias y de las sombrías negociaciones que siguieron.
Era su manera de reafirmar su narrativa, de dibujar sobre la complejidad de su mundo un velo de belleza y devoción.
Secretario: (Sin inmutarse por la petición aparentemente romántica después de la tensión vivida) ¿Algún mensaje que acompañe el ramo, señor?
Lansky: (La sonrisa se hizo un poco más amplia, un destello de su orgullo y su patológica necesidad de control).
Sí.
(Hizo una pausa, eligiendo las palabras con cuidado).
Dile: “Para mi pureza en medio de la tormenta.
Eres el único rayo de luz que importa.” Era una mentira envuelta en poesía.
Una forma de enmarcarse a sí mismo como el centro de su universo, el faro en su tormenta, ignorando convenientemente que él era, muy a menudo, la fuente de esa misma tormenta.
Secretario: (Asintiendo una vez más) Se hará de inmediato.
Mientras el secretario se retiraba para ejecutar la orden, Lansky volvió a mirar la ciudad.
El ramo no era una disculpa.
Era un recordatorio.
Un recordatorio de que, sin importar los negocios sucios, los secretos familiares o los sueños perturbadores, su lugar estaba con él.
Y que él siempre encontraría la manera de endulzar la jaula, justo lo suficiente para que ella no olvidara por qué había elegido entrar en ella.
El suave tintineo de la campana de la puerta resonó en la mansión.
El mayordomo, impecable como siempre, abrió la gran puerta principal.
En el umbral, el secretario de Lansky sostenía con una elegancia discreta el enorme ramo de rosas blancas.
La esfera perfecta de pétalos inmaculados contrastaba vivamente con su traje oscuro y su expresión impasible.
En ese momento, Stefanny apareció en lo alto de la escalera.
Acababa de salir de la ducha y llevaba puesta la camisola y la bata de seda gris, cuyos delicados encajes blancos y el lazo coqueto en la cadera parecían hacer eco a la pureza de las flores.
Su cabello húmedo caía sobre sus hombros y su piel aún brillaba ligeramente.
Al ver el ramo, su corazón dio un vuelco.
Bajó las escaleras con una gracia natural, la bata flotando suavemente a su alrededor.
Una sonrisa tímida, cargada de emoción y un toque de alivio, se dibujó en sus labios.
Después de la intensidad y la brusquedad del día, el gesto era un bálsamo.
El secretario le hizo una leve inclinación.
Secretario: Señorita Stefanny.
De parte del Sr.
Lansky.
Ella tomó el pesado ramo, hundiendo casi la cara en la fragancia fresca y dulce de las rosas.
Sus dedos acariciaron los pétalos de seda.
Stefanny: (Su voz era un susurro emocionado) Están preciosas…
¿Hay…
algún mensaje?
Secretario: (Con la misma eficiencia neutra) “Para mi pureza en medio de la tormenta.
Eres el único rayo de luz que importa.” Las palabras la atravesaron.
“Pureza”.
“Tormenta”.
“Su” rayo de luz.
Era la narrativa perfecta de Lansky, envolviendo la crudeza de su mundo en una poesía que la colocaba en un pedestal y, al mismo tiempo, la ataba a él.
En ese momento, bajo el suave encaje de su bata y el aroma de las rosas, la confusión y el miedo del día parecieron desvanecerse, reemplazados por la abrumadora certeza de ser amada de la manera más intensa y posesiva.
Para bien o para mal.
Stefanny aún sostenía el ramo de rosas blancas contra su pecho, la fragancia y el mensaje de Lansky envolviéndola en una burbuja de emocionada sumisión.
Mientras el secretario se disponía a retirarse con una inclinación de cabeza, ella lo detuvo con una voz suave.
Stefanny: Un momento, por favor.
El secretario se detuvo, mostrando su habitual paciencia impasible.
Stefanny se volvió hacia una mesita cercana donde había dejado una pequeña bolsa de lujo.
De su interior, sacó una caja negra y rectangular, con el discreto logo de Gucci en relieve.
Stefanny: (Extendiendo la caja hacia el secretario, una sonrisa tímida pero esperanzada en su rostro) Es para Lansky.
Un pequeño detalle…
para que me recuerde cuando mire la hora.
El secretario tomó la caja con la misma precisión con la que hacía todo.
La abrió con un suave clic, revelando el reloj bicolor de acero inoxidable y oro.
La esfera plateada brilló bajo la luz del vestíbulo, los detalles dorados del bisel y la corona añadiendo un toque de lujo discreto pero inconfundible.
Secretario: (Su mirada profesional escaneó el reloj, evaluando su calidad y significado.
Alzó la vista hacia Stefanny).
Se lo haré llegar inmediatamente, señorita Stefanny.
Es una pieza de notable elegancia.
Stefanny: (Sus mejillas se sonrojaron ligeramente) Espero…
que le guste.
¿Crees que le gustará?
La pregunta escapó de sus labios cargada de una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
En el fondo de su mente, quizás esperaba que este regalo, este gesto de pura devoción y buen gusto, pudiera equilibrar la escala después de su sueño perturbador y su confrontación en la oficina.
El secretario, siendo el conducto perfecto que era, no ofreció una opinión personal.
Su respuesta fue tan pulida y calculada como las manecillas del reloj que sostenía.
Secretario: El Sr.
Lansky aprecia la excelencia y el detalle.
Sin duda, valorará el gesto.
Era una respuesta evasiva, pero lo suficientemente amable como para alimentar la esperanza de Stefanny.
Con otra inclinación de cabeza, el secretario cerró la caja, guardándola en el bolsillo interno de su traje.
Secretario: Tenga un buen resto de tarde, señorita.
Y con eso, se dio la vuelta y salió, dejando a Stefanny de pie en el vestíbulo, abrazando sus rosas blancas y la frágil esperanza de que un reloj de lujo pudiera ser la llave para afianzar su lugar en el volátil corazón de Lansky.
El secretario regresó a la oficina.
Lansky estaba de pie junto al ventanal, la ciudad iluminándose ante él como un campo de estrellas artificiales.
Sin volverse, preguntó: Lansky: ¿Estaba ahí?
Secretario: Sí, señor.
Recibió el ramo personalmente.
Parecía…
conmovida.
Lansky asintió lentamente, una satisfacción silenciosa cruzándole por el rostro.
Entonces, el secretario se acercó y colocó la caja de Gucci sobre el escritorio, abriéndola.
Secreta
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