DULCE VENENO - Capítulo 143
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143: Chica misteriosa 143: Chica misteriosa Secretario: La Señorita Stefanny le envía esto.
Un detalle, dijo.
Para que la recuerde cuando mire la hora.
Lansky giró.
Sus ojos, fríos y analíticos, se posaron en el reloj.
No fue una mirada de alegría o gratitud, sino la de un coleccionista evaluando una nueva adquisición.
Lo tomó, sintiendo el peso del acero y el oro.
Lo giró en su mano, observando la manera en que la luz jugaba con el bisel dorado y la esfera plateada.
Lansky: (Un esbozo de sonrisa cruel se dibujó en sus labios) Un recordatorio…
Qué apropiado.
(Dejó el reloj en la caja sin ponérselo).
Ella lucha por encontrar su lugar, ¿verdad?
Entre las rosas que envío y los sueños que la atormentan.
Cree que puede anclarse a mí con objetos bonitos.
Cerró la caja con un clic suave y definitivo.
Lansky: Guárdelo.
No es el momento de usarlo.
(Su mirada volvió al secretario, cargada de intención).
Que ella se pregunte.
Que espere una reacción, una gratitud que no llegará.
La duda la mantendrá…
dócil.
Era otro movimiento en el juego.
Las rosas eran la zanahoria, el silencio sobre el regalo, el palo.
Todo calculado para mantener a Stefanny en ese delicado equilibrio entre la devoción y la ansiedad, asegurando que su mundo siguiera girando únicamente alrededor de él.
El secretario asintió, comprendiendo perfectamente.
Recogió la caja y se retiró, dejando a Lansky solo con su imperio y la paciente elaboración de la jaula perfecta para su mariposa.
El silencio era lo primero que siempre notaba.
Esa paz profunda y algodonosa que solo existía a doce mil metros de altura, donde el mundo se reducía a la elegante bestia de titanio que pilotaba y a un interminable mar de nubes.
El «Embraer Lineage», una extensión de su propia voluntad, cortaba el cielo con su fuselaje negro como la medianoche, reflejando el sol en destellos plateados que dibujaban líneas de fuga sobre sus alas en flecha.
Más abajo, las nubes, esponjosas e impersonales, ocultaban los picos de los Alpes, guardianes silenciosos de un continente que había aprendido a temer.
Era su reino.
Allí arriba, las decisiones eran puras, técnicas.
No había lugar para el miedo o la duda.
Solo el zumbido constante de los motores y el horizonte infinito.
Pero cada reino tiene sus fronteras, y la suya terminaba en la pista de aterrizaje.
El avión descendió con una suavidad que apenas perturbó el aire, atravesando el manto blanco hasta que la tierra se hizo visible.
La pista del aeropuerto de Francia se acercó, una larga cicatriz de asfalto en un paisaje ahora verde y domesticado.
Con un susurro casi imperceptible, las ruedas tocaron tierra.
El jet era un susurro de lujo y poder, un espectáculo para cualquiera que mirara.
Pero el verdadero espectáculo estaba a punto de comenzar.
La puerta se abrió con un silbido de presión equalizada, desplegando la escalerilla integrada.
Y entonces, ella apareció.
La brisa francesa jugó de inmediato con su cabellera, una cascada de ondas que comenzaba en un negro azabache y se fundía en un gris fantasmal en las puntas.
Algunos mechones, rebeldes, acariciaron su rostro, enmarcando unos ojos almendrados de una profundidad abismal.
Su mirada, antes oculta tras gafas de sol oscuras, escaneó el entorno con una calma analítica, aunque una leve sonrisa curvaba sus labios finos.
No era una sonrisa de alegría, sino de conocimiento.
La sonrisa de quien sabe cosas que los demás ignoran.
Su elegancia era desafiante, un statement calculado.
Llevaba un top halter negro, con volantes coquetos en el escote y las sisas que se anudaba en su delgada cintura.
Los pantalones, de talle alto y corte fluido, se movían con ella como una segunda piel de seda, acariciados por un cinturón blanco con una hebilla plateada que brillaba con discreción.
Un contraste audaz: las zapatillas blancas que calzaba no hablaban de prisa, sino de una modernidad despreocupada, de una mujer que reescribía las reglas.
Los pendientes largos que le rozaban el cuello y el bolso blanco con volantes que colgaba de su hombro completaban un cuadro de sofisticación romántica y, a la vez, impenetrable.
Bajó los peldaños con una seguridad innata, cada paso una afirmación.
No miraba a su alrededor buscando aprobación; su mundo se había reducido a la persona que la esperaba al final de la pasarela, junto al automóvil negro con el motor en marcha.
Él estaba allí, como ella sabía que estaría.
Su contacto en este lado del mundo.
Su ancla, o quizás su cadena.
«Bienvenida a Francia, Valeria», dijo él, su voz un eco grave de la vida terrestre que había dejado atrás.
Valeria se detuvo frente a él, quitándose lentamente las gafas de sol.
Sus ojos, ahora al descubierto, no reflejaban la placidez del mar de nubes que acababa de abandonar, sino la tormenta silenciosa que siempre la acompañaba.
«El silencio arriba es engañoso», murmuró, su voz un hilo de seda que cortaba el aire francés.
«Aquí abajo, el ruido siempre te encuentra.» Y mientras se deslizaba en el interior del coche, la imagen del jet privado, quieto y majestuoso en la lejanía, se mezcló con el reflejo de sus ojos en la ventanilla.
El mar de nubes era solo un recuerdo.
La misión, y todo el peligro que conllevaba, acababa de aterrizar.
(Sus ojos, reflejados en la ventanilla negra del coche, se estrechan.
Una sonrisa fría y calculadora se dibuja en sus labios.
Habla en un susurro casi inaudible, para sí misma, un diálogo íntimo con la única persona que conoce todos sus secretos: su propio reflejo.) Isaura : (Susurrando) Ya estoy aquí.
Lo logré.
Cruzar océanos en mi propio trono de acero…
no es más que lo que merezco.
(Mira sus propias manos, finas pero fuertes, sobre el bolso de volantes) Isaura : Francia…
Huele a perfume caro y a viejos rencores.
Pero tú…
tú no hueles a nada de eso.
Tú hueles a miedo.
¿Lo sabías?
A miedo bien envuelto en seda y sonrisas educadas.
(Su sonrisa se ensancha, mostrando una pizca de dientes perfectos.
Sus ojos brillan con una luz interior peligrosa) Isaura : Qué ganas de verte, “amiga” mía.
De pararme frente a ti.
De ver cómo se desvanece esa seguridad falsa que tanto te gusta exhibir.
Tengo tantas, tantísimas cosas que decirte…
(Se acomoda un mechón gris de su cabello, con un gesto deliberadamente lento) Isaura : Palabras que he guardado, pulidas en la quietud de las alturas, afiladas como el filo de un cuchillo.
Vas a escucharlas todas.
No voy a alzar la voz.
No lo necesito.
(Su voz se vuelve aún más baja, un susurro cargado de veneno) Isaura : Porque el poder no grita, querida.
Susurra.
Y yo…
tengo mucho que susurrar al oído.
Prepárate.
La calma ha terminado.
Stefanny estaba sentada en un sillón de cuero profundo, sumergida en la luz tenue de una lámpara de lectura.
Frente a ella, sobre una mesita baja de ébano, se extendían varios documentos financieros, los números y gráficos formando un paisaje de responsabilidad que chocaba con su atuendo.
Llevaba una camisa de gasa negra, translúcida, que dejaba entrever el delicado encaje de su sujetador.
Estaba abotonada hasta el cuello, pero las primeras botas estaban desabrochadas, creando una ventana de piel y encaje que contrastaba con la seriedad de los papeles.
Los pantalones de cuero negro, ajustados como una segunda piel, y los agresivos tacones de charol Louboutin con su icónica suela roja, completaban un look de poderosa sensualidad.
Los accesorios plateados con cruces—el collar, los aretes, el anillo—añadían un toque de rebelión gótica, como pequeños gritos de individualidad en la silenciosa mansión.
Sus dedos, adornados con el anillo de cruz y el inmenso anillo de loto de Lansky, recorrían las líneas de un informe.
Pero su mirada no estaba del todo concentrada.
Cada cierto tiempo, se desviaba hacia su teléfono, que yacía en silencio sobre la mesa.
La espera era una picazón bajo la piel.
El ramo de rosas blancas estaba magníficamente dispuesto en un jarrón cercano, pero la falta de respuesta
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