DULCE VENENO - Capítulo 145
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145: En la empresa 145: En la empresa Entró en su habitación, una suite decorada en tonos crema y oro, y cerró la puerta de un golpe.
Se apoyó contra la madera un momento, respirando hondo, tratando de calmar el torbellino de ira y confusión que sentía.
Los ojos negros y las plumas de Isaura parecían danzar aún en su mente.
Con determinación, se dirigió a su buró y cogió su tablet.
Sus dedos, aún temblorosos, deslizaron la pantalla hasta encontrar el contacto de Milagros.
Pulsó el icono de la videollamada con tanta fuerza que casi craquela el cristal.
El tono de llamada sonó, una vez, dos veces…
cada segundo alimentaba su impaciencia.
Finalmente, la pantalla se iluminó con el rostro de Milagros, que parecía estar en un lugar soleado, quizá en la terraza de un hotel.
Llevaba gafas de sol empujadas sobre el cabello.
Milagros: (Sonriendo) ¡Stefa!
¿Qué sorpresa?
¿Todo bien en la mansión?
Stefanny no perdió tiempo en saludos.
Su voz salió tensa, cargada de urgencia.
Stefanny: No, Milagros, no todo está bien.
Acaba de estar aquí una mujer.
Una tal…
Isaura.
La reacción en el rostro de Milagros fue instantánea.
La sonrisa se congeló y se desvaneció por completo.
Un parpadeo rápido, casi un tic nervioso.
Bajó la mirada un instante, como buscando algo en su regazo, antes de volver a mirar a la cámara.
Pero ya era tarde.
Stefanny había captado ese destello de…
¿sorpresa?
¿Miedo?
Milagros: (La voz levemente más grave) ¿Isaura?
¿Estás segura?
Stefanny: (Apretando la tablet) ¡Claro que estoy segura!
Vestida de negro, con un aire de…
de reina de la noche.
Entró como si esto fuera suyo, se sentó en mi sillón y preguntó por ti.
Dijo que eras su “amiga”.
Milagros se mordió el labio inferior.
Era un gesto que Stefanny conocía bien, un gesto que Milagros hacía cuando estaba nerviosa.
Milagros: No es…
no es exactamente una amiga, Stefa.
Stefanny: (Explotando) ¡Entonces ¿quién es?!
¿Y por qué dijo que te preguntara si recordabas la playa de Acapulco?
¿Qué significa eso, Milagros?
¿Qué secretos estás guardando?
Al mencionar “Acapulco”, el rostro de Milagros palideció visiblemente, incluso a través de la pantalla.
Desvió la mirada hacia un punto lejano, y durante un segundo, Stefanny vio algo en sus ojos que nunca antes había visto: puro pánico.
Milagros: (Con voz queda, casi un susurro) Dios…
Isaura…
Stefanny: ¡Contéstame, Milagros!
¡Dime qué está pasando!
Pero Milagros ya no la miraba a ella.
Parecía haberse hundido en sus propios pensamientos, en un recuerdo que la aterraba.
La conexión pareció volverse frágil, como si el mundo de ambas se estuviera resquebrajando.
Milagros: (Hablando más para sí misma que para Stefanny) Cristhian…
Tengo que…
Tengo que hablar con Cristhian.
Antes de que Stefanny pudiera decir otra palabra, preguntar, exigir una explicación, Milagros, con movimientos torpes, murmuró un “luego hablamos” apresurado y cortó la comunicación.
La pantalla de la tablet volvió a su estado de reposo, reflejando el rostro desencajado y lleno de dudas de Stefanny.
La furia inicial había dado paso a una inquietud profunda y helada.
Isaura no era solo una intrusa.
Era un mensaje.
Y Milagros, su mejor amiga, acababa de confirmar con su silencio y su miedo que ese mensaje era una amenaza.
Sonido: Notificación de WhatsApp.
Tono de llamada de audio.
Stefanny: (Voz tensa, susurrando con rabia) ¡Milagros!
Necesito que me expliques qué demonios está pasando.
¿Quién es esa Isaura?
¡Contesta!
Milagros: (Voz baja, apresurada, como escondida) Shhh, Stefa, baja la voz.
No puedo hablar alto, Cristhian está cerca.
Stefanny: ¿Y?
¡Dime ya!
Dijo que eran amigas.
¿Es cierto?
Milagros: (Suspiro profundo, cargado de ansiedad) Sí…
es cierto.
La conozco de toda la vida, desde que éramos niñas.
Nos criamos juntas en Acapulco.
Stefanny: ¿Y por qué nunca me hablaste de ella?
¡Nunca!
Ni una maldita palabra.
Milagros: Porque…
porque no es fácil, ¿entiendes?
Isaura no es…
normal.
Es celosa.
Terriblemente celosa y posesiva.
Siempre lo ha sido.
Stefanny: (Con sarcasmo) ¿Celosa?
¿Y por eso viene a mi casa a darse ínfulas de reina?
Milagros: (Voz quebrada, casi suplicante) Escúchame, Stefanny.
Por favor.
Aléjate de ella.
No te metas.
No le gusta que yo tenga otros amigos, nunca le ha gustado.
Se cree que soy solo suya.
Si se ha presentado así es para mandarme un mensaje, para recordarme que…
que me vigila.
Stefanny: ¡Esto es increíble!
¿Y tú te dejas?
¿Por qué no le pones un alto?
Milagros: (Con un dejo de terror) ¡Tú no la conoces!
No sabes de lo que es capaz.
Por favor, te lo ruego…
hazte a un lado.
Olvídate que la viste.
Es lo más seguro.
Sonido: Un golpe sordo al fondo, en el lado de Milagros.
Milagros: (En un susurro urgente) Tengo que colgar.
Cristhian me llama.
¡Recuerda lo que te dije!
Aléjate.
Sonido: Llamada finalizada abruptamente.
Silencio.
La limusina negra se detuvo con una suavidad imperceptible frente al imponente edificio de cristal y acero que albergaba la corporación Lansky.
Las puertas se abrieron y un tacón agudo, del mismo azul oscuro del vestido, se posó sobre el asfalto impecable.
Era Isaura.
Su figura era una silueta de poder y elegancia agresiva.
El vestido azul noche, de un brillo sutil, se ceñía a su cuerpo con la insolencia de un guante, con su corte asimétrico que dejaba un hombro al descubierto mientras el otro desaparecía bajo una manga larga y abullonada, adornada con intrincados dibujos dorados.
El cinturón negro marcaba una cintura de avispa, y el detalle de encaje lateral con cordones dorados en la falda susurraba una sensualidad calculada con cada paso.
El cuello alto asimétrico enmarcaba su rostro como la montura de una joya, dando un aire de sofisticación impenetrable.
Los pendientes dorados oscilaban con ritmo frío cerca de su mandíbula, y el anillo en su mano relucía con cada movimiento.
Cruzó las puertas de vidrio blindado como una emperatriz cruzando las fronteras de su reino conquistado.
El vestíbulo, un templo de mármol pulido y luces tenues, se estremeció con su presencia.
Un guardia de seguridad, con uniforme impecable, se acercó con premura, pero no con la suficiente.
Guardia: (Con profesionalidad neutra) Buenos días, señorita.
¿Tiene cita concertada?
Isaura no detuvo su marcha.
Su mirada, fría como el acero, barrió el vestíbulo sin posarse en él, como si fuera un mueble más.
Isaura: (Sin mirarlo, mientras se ajusta el anillo) Mi presencia aquí es la cita.
Informe al señor Lansky que Isaura ha llegado.
No me gusta esperar.
Su tono no era una petición.
Era una orden revestida de seda.
Avanzó hacia la mesa de recepción, donde una joven recepcionista la observaba con una mezcla de fascinación y nerviosismo.
Recepcionista: (Tragando saliva) Un momento, por favor, le comunico al asistente…
Isaura: (La interrumpe, posando sus ojos en la joven por primera vez) No es “un momento”.
Es “ahora”.
Y no es “comunico”.
Es “anuncia”.
Isaura.
Asegúrese de no olvidar el nombre.
Dejó caer las palabras una a una, como gotas de hielo.
La recepcionista, acostumbrada a tratar con gente importante, se ruborizó bajo la intensidad de esa arrogancia gélida.
Recepcionista: (Con voz quebrada) S-sí, señorita Isaura.
Enseguida.
Mientras la recepcionista hablaba a toda prisa por el interfono con una voz temblorosa, Isaura se volvió lentamente hacia el guardia, que aún permanecía cerca, indeciso.
Isaura: (Con una sonrisa que no llegaba a sus ojos) Puede retirarse.
Su función, por el momento, ha concluido.
El hombre, herido en su orgullo profesional pero dominado por una autoridad que no podía cuestionar, asintió torpemente y se alejó unos pasos.
Isaura permaneció de pie en el centro del vestíbulo, dueña absoluta del espacio, esperando.
No miraba el reloj.
El que esperaba era Lansky.
Ella solo estaba reclamando lo que, en su mente, ya le pertenecía.
Cada segundo que pasaba era una demostración más de su poder, una lección silenciosa de quién mandaba, incluso antes de cruzar la puerta de la oficina principal.
Robert: (Voz profesional) ¿Diga?
Recepcionista (Ana): (Voz baja, urgente, con un temblor evidente) Robert, soy Ana, de recepción.
Hay una…
una señor
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