DULCE VENENO - Capítulo 152
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152: Rabieta 152: Rabieta (La rabia regresa entonces, un torrente caliente que seca el sudor frío y endurece sus músculos.
Endereza la espalda.
La copa, milagrosamente, no se rompe.
La deja sobre la mesa con un golpe sordo.
El miedo no ha desaparecido, pero ahora tiene un nuevo disfraz: una determinación feroz y desesperada.) Isaura: (Susurrando con ferocidad, limpiándose la frente con el dorso de la mano) No.
No.
No me dejaré destruir.
No por él.
No por nadie.
Si quiere una guerra…
entonces tendrá una guerra.
Pero yo…
yo no caeré sola.
Si mi mundo arde, Lansky, el tuyo arderá conmigo.
Te lo juro.
El viaje de regreso había sido un silencio glacial.
Ni una palabra entre Stefanny y Lansky.
Al llegar a la mansión, ella había salido del coche con un movimiento brusco, ignorando por completo la mano que él, una vez más, le ofreció.
Cruzó el vestíbulo con pasos rápidos y furiosos, la chaqueta de plumas ondeando como las alas de un pájaro herido.
El mayordomo, al ver su rostro demudado y sus ojos brillando con lágrimas de rabia, se apartó discretamente.
No dijo nada, solo un suspiro casi inaudible de resignación.
Conocía demasiado bien estas tormentas.
Al llegar a la seguridad de su habitación, la puerta se cerró de golpe, el estruendo resonó en el pasillo silencioso.
Y entonces, estalló.
La calma que había mantenido con uñas y dientes se desintegró.
Un grito ahogado, cargado de rabia y frustración, escapó de su garganta.
Su mirada, nublada por las lágrimas, recorrió la habitación, buscando algo, todo, en lo que descargar su furia.
Agarró el primer objeto que encontró: un jarrón de cristal de Lalique que descansaba en la mesita de noche.
Lo lanzó con todas sus fuerzas contra la pared, donde estalló en mil fragmentos que llovieron como lágrimas de cristal.
Stefanny: (Gritando, su voz distorsionada por la rabia) ¡HIJO DE PUTA!
¡MANIPULADOR!
¡ASQUEROSO!
Se abalanzó sobre el tocador, barriendo frascos de perfume, joyeros y cepillos con un brazo.
El ruido de cristal y metal chocando contra el suelo se mezcló con sus insultos.
Stefanny: (Jadeando, con el rostro empapado en lágrimas) ¿Otra mujer en SU carro?
¿Haciéndose la sabia con el MALDITO VINO?
¡¿Y YO ALLÍ COMO UNA IDOTA?!
Agarró una lámpara y la estrelló contra el espejo del armario, destrozando su propio reflejo, esa imagen que él decía admirar pero que trataba como una posesión más.
Cada objeto destruido era un pedazo de la fachada que había tenido que mantener.
Cada insulto gritado era una palabra que no se había atrevido a decirle a la cara.
La habitación, otrora un santuario de lujo, se convirtió en el campo de batalla de su humillación y su ira acumulada.
Era el caos que Lansky había sembrado en ella, floreciendo en una explosión violenta y solitaria, mientras él, en algún lugar, probablemente sonreía, satisfecho de haber provocado tal reacción, de saber que aún podía hacerla pedazos, incluso desde la distancia.
Un respiro profundo y tembloroso.
Stefanny se desplomó en el borde de su cama destrozada, el agotamiento físico empezando a apagar el fuego de su rabia.
Las lágrimas ahora corrían silenciosas por sus mejillas, mezclándose con el sudor.
Por un momento, solo hubo el sonido de su jadeo y el crujido de los fragmentos de cristal bajo sus pies.
Entonces, un suave golpe en la puerta.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Era el mayordomo, su rostro una máscara de servicio imperturbable.
En sus manos sostenía una bandeja de plata con una botella de vino tinto y una sola copa.
Un gesto de paz, o quizás, de rutina.
Pero para Stefanny, en su estado alterado, esa botella no era vino.
Era el símbolo de todo lo que acababa de pasar.
Era el Bordeaux que Isaura había saboreado con ta facilidad.
Era la humillación en el restaurante.
Era la sonrisa de suficiencia de esa mujer y la mirada impasible de Lansky.
La frágil calma se hizo añicos.
Con un grito gutural de pura furia, Stefanny se levantó de un salto.
Stefanny: (Su voz era un chillido desgarrado) ¡¿TÚ TAMBIÉN?!
¡¿ME TRAES SU MALDITO VINO?!
Se abalanzó sobre el mayordomo, quien retrocedió sorprendido, pero no lo suficientemente rápido.
Ella agarró la botella de la bandeja con ambas manos, como si fuera un arma.
Stefanny: (Gritando, con los ojos inyectados en sangre) ¡QUE SE AHOGUE CON SU VINO!
¡QUE SE VAYAN TODOS A LA MIERDA!
Y con toda la fuerza que le quedaba, lanzó la botella contra la pared, justo al lado de la puerta.
Estalló en una explosión carmesí, manchando la pared y el suelo con un rojo violento que parecía sangre.
El aroma amaderado y afrutado del vino de calidad se esparció de inmediato, un perfume grotesco que se mezclaba con el olor a rabia y destrucción.
El mayordomo se quedó inmóvil, la bandea vacía aún en sus manos, salpicado de gotas del líquido rojo.
No dijo una palabra.
Solo inclinó ligeramente la cabeza y, con una calma sobrenatural, se dio la vuelta y salió de la habitación, dejándola sola en medio del nuevo desastre que ella misma había creado, ahogándose no en el vino, sino en su propia y amarga impotencia.
Tres horas después, la luna alta iluminaba tenuemente la habitación devastada.
Stefanny yacía dormida, agotada, entre los restos de su furia.
Su rostro, aún marcado por las lágrimas secas, estaba pálido contra las sábanas revueltas.
Llevaba puesta la misma ropa de plumas y mezclilla, ahora arrugada y manchada de polvo y una salpicadura de vino.
La puerta se abrió sin hacer ruido.
El mayordomo apareció en el umbral, observando la escena con sus ojos serenos y profesionales.
Dio una palmada suave, pero clara, que resonó en el silencio.
Al instante, tres sirvientas entraron con la eficiencia silenciosa de un equipo quirúrgico.
No mostraron sorpresa ni juicio.
Una llevaba una escoba y un recogedor, otra traía un juego de ropa de cama limpio y un suave camisón de seda, y la tercera, un cubo y trapos.
Con movimientos precisos y sin perturbar el sueño de Stefanny, comenzaron su trabajo.
Una se arrodilló y empezó a recoger con cuidado los fragmentos de cristal y porcelana.
Otra, con delicadeza, comenzó a desvestir a Stefanny, quitándole la chaqueta de plumas, los pantalones pesados, los tacones.
Le limpiaron suavemente el rostro y las manos con un paño húmedo y tibio, y la vistieron con el camisón de seda, fresco y limpio.
Mientras, la tercera sirvienta se ocupó de las manchas de vino en la pared y el suelo, trabajando en silencio para borrar todo rastro de la explosión.
En cuestión de minutos, la habitación fue transformada.
Los escombros desaparecieron, las sábanas sucias fueron reemplazadas por otras limpias y frescas, y Stefanny, ahora vestida con la cómoda pijama, descansaba en paz, su respiración era regular y profunda.
El mayordomo dio una última mirada a la escena, ahora ordenada y tranquila, y con otro gesto silencioso, las sirvientas se retiraron, cerrando la puerta sin un sonido.
La tormenta había pasado.
La evidencia física de su rabia había sido erradicada con una eficiencia impersonal.
Pero el mayordomo sabía, mientras se alejaba por el pasillo, que el verdadero desorden, el que había dentro de la joven señorita, no era tan fácil de limpiar.
La luz de la mañana se filtraba suavemente a través de las cortinas, bañando la habitación en una calidez dorada.
Stefanny despertó lentamente, los párpados pesados.
Un leve dolor de cabeza pulsaba en sus sienes, eco del agotamiento emocional de la noche anterior.
Pero cuando sus ojos se enfocaron, una confusión profunda la invadió.
Todo estaba impecable.
El jarrón de Lalique estaba de nuevo en la mesita de noche, perfecto e intacto.
Los frascos de perfume y los joyeros estaban ordenados en el tocador, brillando bajo el sol.
La alfombra estaba limpia, sin rastro del vino tinto que había estallado contra la pared.
Incluso el aire olía a limpio, con un tenue aroma a flores frescas, habiendo sido purgado del olor
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