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DULCE VENENO - Capítulo 153

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  4. Capítulo 153 - 153 El vestíbulo
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153: El vestíbulo 153: El vestíbulo Habiendo sido purgado del olor amaderado del alcohol y la rabia.

No había un solo fragmento, ni una sola mancha.

Era como si la explosión de furia hubiera sido un sueño febril.

Mientras yacía allí, desorientada, la puerta se abrió y entraron dos de las sirvientas de la noche anterior.

Sus rostros mostraban sonrisas cálidas y genuinas, sin un rastro de juicio o recuerdo de la destrucción que habían presenciado y limpiado.

Sirvienta 1: (Con voz suave y alegre) Buenos días, señorita Stefanny.

¿Durmió bien?

Sirvienta 2: (Acercándose para abrir las cortinas) Un día precioso afuera.

¿La ayudamos a levantarse?

Se acercaron a la cama con una amabilidad natural, ofreciéndole las manos para ayudarla a salir de entre las sábanas.

La guiaron con suavidad hacia el baño, donde la bañera ya estaba llena de agua tibia con un aroma relajante a lavanda, y una toalla esponjosa esperaba.

Todo era tan…

normal.

Tan cuidado.

Tan perfecto.

Esa perfección, sin embargo, en lugar de calmarla, le produjo un escalofrío.

Era la prueba física de hasta qué punto su mundo estaba controlado y contenido.

Su rabia más visceral, su estallido más primitivo, había sido borrado con la misma eficiencia con la que se limpia el polvo.

No había consecuencias visibles, ningún recordatorio de su pérdida de control.

Solo esta tranquilidad artificial y aterradora, orquestada por la maquinaria implacable que rodeaba a Lansky, del cual estas mujeres sonrecientes eran solo un engranaje más.

Era como vivir dentro de una burbuja que se repara a sí misma instantáneamente, sin importar cuán fuerte la golpearas desde dentro.

Y en ese momento, Stefanny comprendió que su jaula no estaba hecha de barrotes visibles, sino de una comodidad asfixiante y un orden impuesto que negaba hasta su derecho a enfurecerse.

Stefanny sale del baño envuelta en una nube de vapor perfumado, y de inmediato, las sirvientas, moviéndose con la sincronía de un ballet bien ensayado, se acercan a ella.

Una de ellas, con manos suaves y expertas, sostiene el blazer azul claro.

Mientras ayuda a Stefanny a introducir los brazos en las mangas, susurra cerca de su oído: “Qué bien te sienta este color, señorita.

Resalta la luz de sus ojos.” La tela de corte impecable se ajusta a su espalda como un guante.

Otra despliega el pareo de estampado abstracto, con sus azules marinos y blancos danzando.

Al enrollarlo con delicadeza en la cintura de Stefanny para formar una falda fluida, murmura: “Eres tan grácil como el mar en un día de calma, mi niña.” Su voz es un arrullo que tranquiliza el espíritu.

Se arrodillan frente a ella para colocar los stilettos azules.

Mientras ajustan las tiras finas alrededor de sus tobillos, una comenta: “Caminarás como sobre las nubes, con esta elegancia que te caracteriza.” La otra, ya colocando el bolso azul pastel en su brazo, añade: “Aquí dentro guardarás todos tus sueños, que son muchos y hermosos.” La joyería llega con sus destellos plateados.

Al colocar los pendientes en forma de nubes, una sirvienta sonríe y dice: “Para que lleves un poco de cielo pegado a ti.” Los anillos se deslizan en sus dedos uno a uno, acompañados de un susurro: “Cada uno representa una bendición para tu día.” Finalmente, mientras una ajusta el reloj de correa azul en su muñeca —”Que el tiempo sea siempre tu aliado, preciosa”—, la otra, con una mano firme y cariñosa, aplica el delineador y el rímel, susurrando: “Mira hacia arriba, querida.

Deja que el mundo vea la fuerza y la dulzura que hay en tu mirada.” El resultado es una imagen de sofisticación completa y armónica.

Pero más allá de la elegancia del conjunto, Stefanny se siente envuelta en un aura de afecto genuino, vestida no solo con tela y accesorios, sino con palabras dulces y cariñosas que la preparan para enfrentar el mundo con confianza y belleza.

El suave murmullo de las sirvientas se desvaneció junto con el rumor de sus pasos al cerrarse la puerta.

De pronto, la habitación quedó sumida en un silencio denso y opresivo.

Stefanny, perfectamente vestida y acicalada, era como una escultura de elegancia en medio de la estancia vacía.

Su mano, adornada con los anillos plateados, buscó casi por inercia el teléfono móvil.

La pantalla se encendió, fría y brillante, iluminando sus rasgos ya tensos.

Ninguna notificación.

Ningún mensaje.

Ninguna llamada perdida.

El nombre de Lansky, que normalmente habría dominado la pantalla con una docena de mensajes a esa hora, brillaba por su ausencia.

Un vacío gélido comenzó a extenderse desde su estómago hasta sus extremidades.

La ansiedad llegó de inmediato, un latido acelerado que parecía querer salírsele del pecho y que resonaba en sus oídos, opacando el silencio.

Sus dedos, ahora temblorosos, apretaron con fuerza el elegante bolso azul pastel, hasta que los nudillos se le pusieron blancos bajo los anillos.

La sofisticación de su atuendo—el blazer impecable, la falda fluida, los tacones elegantes—de pronto se sintió como un disfuste incómodo y pesado, una armadura para una batalla que no sabía si estaba librando.

Su mirada, hábilmente delineada y embellecida con rímel, se perdió en el vacío, sin ver realmente la lujosa habitación.

¿Dónde estaba él?

¿Estaba bien?

¿Había hecho algo mal?

Las preguntas se arremolinaban en su mente como avispas, cada una más angustiante que la anterior.

El reloj de esfera grande en su muñeca marcaba los segundos con una crueldad metódica.

Cada tic-tac era un recordatorio del tiempo que pasaba sin noticias, un latido más de la ansiedad que crecía en su interior.

La elegancia forzada de su pose se quebró.

Se llevó una mano a la boca, conteniendo un jadeo.

La nube de ternura y cuidado con la que las sirvientas la habían envuelto se había disipado por completo, dejándola sola, vestida para una cita que parecía no llegar, sumida en un mar de nerviosismo e incertidumbre.

La puerta de la habitación se abre de par en par y Stefanny aparece, breathless, en lo alto de la escalera.

Su rostro, que minutos antes estaba pálido por la ansiedad, ahora está iluminado por una sonrisa radiante.

Sus tacones azules repiquetean contra los peldaños de mármol en un ritmo acelerado y feliz.

Lansky, que esperaba de pie en el centro del vestíbulo, levanta la vista.

Al verla bajar, una sonrisa sincera y admirada se dibuja en su rostro.

Su mirada recorre todo su atuendo, desde los stilettos hasta el blazer azul, absorbiendo cada detalle.

Él abre los brazos.

Ella no reduce la marcha hasta el último escalón.

Se lanza directamente a su abrazo, y él la envuelve con fuerza, levantándola ligeramente del suelo.

El pareo fluido se mueve con el impulso, y ella entierra su rostro en su hombro, inhalando su aroma familiar.

Todos los nervios y la tristeza se disipan al instante en ese contacto.

Lansky: (Susurrando cerca de su oído, con voz ronca y llena de afecto) “Stefanny…Mi cielito.” Ella se aprieta más contra él, sintiendo cómo los pendientes de nubes se presionan contra su propio cuello.

Stefanny: (Su voz es un murmullo contra su chaqueta, ya sin rastro de enfado, solo alivio y felicidad) “Ya estás aquí.” No necesitan decir nada más.

En el silencio del vestíbulo, rodeados de elegancia y lujo, ese abrazo lo dice todo: la disculpa, el perdón, la alegría del reencuentro y el profundo cariño que los une.

El conjunto impecable de ella y el traje de él se funden en una sola silueta, perfecta y completa otra vez.

Lansky la baja suavemente, pero mantiene sus brazos alrededor de su cintura.

Ella no se separa, con las manos apoyadas en su pecho, mirándolo a los ojos, ya sin ansiedad, solo con una curiosidad cariñosa.

Stefanny: (Pestañea,con un dejo de su preocupación anterior aún en la voz) “En serio,Lansky…

¿Qué estuviste haciendo anoche?

Mi teléfono estuvo terriblemente silencioso.” Lansky: (Suspira,una mirada de leve cansancio cruza su rostro antes de suavizarse de nuevo al verla.

Con una mano, acaricia suavemente el brazo del blazer azul).

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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