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DULCE VENENO - Capítulo 157

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  4. Capítulo 157 - 157 La fuerza bruta de belgica
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157: La fuerza bruta de belgica 157: La fuerza bruta de belgica Solo queda el latido fantasma del bajo, un thump-thump-thump sordo que ya no es sonido, es el eco en las costillas de la multitud).

Finalmente, con un giro de un knob, ella corta también ese bajo.

El silencio es absoluto, repentino y ensordecedor.

No es paz; es el vacío después de una explosión.

Miles de personas quedaron congeladas en medio de un movimiento, los brazos a medio levantar, las bocas abiertas.

Solo se escucha el viento cortante de los Alpes y el sonido colectivo de respiración: jadeos profundos, inhalaciones lentas y temblorosas, el susurro de miles de pulmones luchando por recuperar el ritmo.

Stefanny, Marilú y Milagros están inmóviles, mirando fijamente la silueta en el escenario, capturadas en la misma red de anticipación.

Charlotte de Witte no se mueve.

Está de pie frente a sus consolas, la cabeza ligeramente inclinada, escuchando el silencio que ella misma ha creado.

Su perfil es una estatua de concentración.

Levanta lentamente una mano, con la palma hacia la multitud, como conteniendo aún más la respiración del mundo.

Un segundo.

Dos.

Tres.

La tensión es un cable a punto de romperse.

Entonces, sucede.

Su mano cae como una guillotina sobre un fader.

Y el SONIDO regresa.

Pero no es un retorno, es un BIG BANG.

Un acorde distorsionado, masivo y agresivo, acompañado de un kick que no golpea, APLASTA.

El volumen no sube; EXPLOTA.

Es una pared de sonido físico que golpea a todos en el pecho, un tsunami de frecuencias oscuras y puras.

El grito de la multitud es visceral, primal, una liberación catártica de toda esa tensión reprimida.

No es de alegría, es de Sobrevivencia y Éxtasis.

Miles de voces se funden en un rugido único que desafía a las montañas.

Y en el escenario, por primera vez en lo que parece horas, CHARLOTTE DE WITTE…

SALTA.

Un salto pequeño, poderoso, con ambos pies despegando del suelo.

Al caer, una sonrisa amplia, genuina y feroz ilumina su rostro.

No es la sonrisa de un artista complaciente; es la sonrisa de una guerrera que acaba de ganar una batalla, la sonrisa de alguien que sabe que acaba de ejecutar a la perfección el momento más poderoso de la noche.

Levanta ambos puños al cielo, victoriosa, mientras la ola de sonido y el grito de su ejército la envuelven.

Stefanny, Marilú y Milagros son barridas por el grito colectivo y la descarga de adrenalina.

Saltan, gritan, se abrazan.

En ese momento, no son madrastra, hija y amiga.

Son tres soldados rasos más en el ejército de la Reina, rendidas ante su maestría, gritando de puro asombro por la poderosa y perfecta tormenta que ella acaba de desatar.

(La energía no decae.

Charlotte de Witte, con una última inclinación de cabeza seca y respetuosa hacia la multitud que aún vibra con su eco, cede el escenario.

La transición es perfecta, como el cambio de turno en una guardia élite.

La pantalla gigante se vuelve a encender, esta vez con un resplandor rojo sangre y eléctrico).

Una figura, más menuda pero que irradia una intensidad concentrada y feroz, emerge al frente.

Es AMELIE LENS.

No espera a que la presenten.

Toma el micrófono con una mano firme.

Su mirada escanea la multitud, no con la solemnidad de Charlotte, sino con la electricidad cruda de quien está a punto de conectar un cable a alto voltaje.

Amelie Lens (por el micrófono, con un acento belga fuerte y una voz que es más un susurro cargado de energía que un grito): “¡Alpes…!¿Tienen energía aún…

o se la llevó toda Charlotte?” (La multitud responde con un rugido, un “¡SÍ!” distorsionado y masivo.

Ella asiente, una sonrisa pequeña y segura en sus labios).

Amelie: “Porque yo…no vine aquí a jugar.

Vine a sentir.

A sentir este frío…

a sentir este latido…

y a sentir que USTEDES…

están conmigo.” (Mueve el micrófono, señalando con él a la gente, creando una conexión inmediata e íntima, a pesar de la inmensidad).

Amelie: “Olvídense de todo.Solo esto.

Esta montaña.

Esta noche.

Y este…

sonido.” Sin más preámbulos, deja el micrófono.

Con un movimiento rápido y decisivo, se coloca los audífonos, ajusta un control y…

¡BAJA LA MANO!

La música que estalla es diferente.

Si el techno de Charlotte era oscuro, arquitectónico y controlado, el de Amelie es una erupción.

Es un ritmo acelerado, un bajo que palpita con urgencia visceral, líneas de sintetizador que son como descargas eléctricas puras.

No hay melancolía, hay fuerza bruta canalizada con una precisión letal.

Y la gente lo siente al instante.

No es una inmersión, es una explosión de movimiento.

Las manos no se mecen, se disparan hacia el cielo.

Los cuerpos saltan no al unísono, sino en un fervor caótico y feliz.

Se forman olas humanas que recorren el valle, brazos que suben y bajan siguiendo los picos agresivos de la música.

En la pantalla gigante, las letras sangran y parpadean al ritmo del bombo: ¡LA FUERZA BRUTA DE BÉLGICA…

AMELIE LENS!

Stefanny, Marilú y Milagros son atrapadas por esta nueva corriente.

La energía es más física, más inmediata.

Stefanny: (Gritando, saltando más alto que nunca) ¡¡ES COMO CORRER A TODA VELOCIDAD CUESTA ABAJO!!

¡¡NO PUEDES PARAR!!

Marilú: (Con los brazos en alto, moviéndose en olas, su falda volando) ¡¡SÍ!

¡¡ASÍ!

¡¡ME SACÓ DE TRANCE Y ME PUSO EN LLAMAS!!

Milagros: (Con una expresión de asombro y diversión, dejándose llevar por el ritmo frenético) ¡¡Esta chica no construye atmósferas, genera adrenalina pura!!

¡¡Es increíble!!

Amelie Lens en el escenario no sonríe ampliamente; su rostro es una máscara de concentración extática.

Mueve la cabeza al ritmo, señala a la multitud con el dedo, bombea el puño en el aire.

Cada gesto es una inyección directa de energía.

Ella no está dirigiendo un ejército; está alimentando un incendio, y su música es la gasolina.

La fuerza bruta belga ha tomado el control, y Tomorrowland Winter arde con un nuevo, frenético y glorioso tipo de fuego.

(Las horas se han desvanecido en un torbellino de beats, sudor y emociones compartidas.

El cielo sobre Alpe d’Huez es un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas, pero ha sido sucesivamente pintado con los colores del trance, el techno y el house.

Un desfile de titanes ha pasado por el escenario, cada uno dejando su huella única en la noche.

La multitud, aunque agotada, mantiene una energía de reserva, un segundo aliento alimentado por pura emoción).

De repente, después de un set profundo y melódico, las luces del enorme escenario “The Crystal Garden” se apagan por completo.

Un rumor de expectativa recorre la multitud.

¿Será el fin?

Pero no…

el aire se carga con una electricidad diferente, más lúdica, más caótica.

Un acorde reconocible, casi una fanfarria digital, empieza a sonar.

Es juguetón, anticipatorio.

Y entonces, las luces no solo se encienden…

EXPLOTAN.

Detrás del ahora vacío escenario, una sinfonía de láseres de todos los colores imaginables—rosa neón, azul eléctrico, verde ácido, amarillo sol—comienza a tejer patrones frenéticos en el cielo.

Son como fuegos artificiales congelados en el tiempo, que se mueven y se entrelazan al ritmo del beat que crece.

Y entonces, desde las profundidades del escenario, acompañado por un estruendo de samples acelerados y el grito de la multitud que ya lo reconoce, emerge como un torbellín la figura de STEVE AOKI.

Salta hacia su consola, no camina.

Lleva su icónica chaqueta, el pelo alborotado, y una sonrisa de pura y contagiosa locura ya estampada en su rostro.

Steve Aoki (agarrando el micrófono, su voz es un grito de fiesta): “¡¿QUÉ PASA,TOMORROWLAND WINTER?!

¡¿ESTÁN VIVOS?!” La respuesta es un rugido que parece querer derretir la nieve de los picos.

Él se ríe, un sonido genuino y salvaje.

Aoki: “¡HAN ESTADO AQUÍ POR HORAS!

¡HAN ESCUCHADO A LOS MEJORES!

¡PERO AHORA…!

¡AHORA ES CUANDO LA FIESTA SE VUELVE…

LOCA!” Y con esa palabra, suelta el micrófono y lanza ambas manos a los controles.

La música que estalla es un collage electro-house hiperenergético, lleno de drops monumental

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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