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DULCE VENENO - Capítulo 160

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  4. Capítulo 160 - 160 El Lobo y el Conejo
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160: El Lobo y el Conejo 160: El Lobo y el Conejo Pero una cosa es disfrutar de la compañía y la pasión, y otra muy distinta es firmar un contrato de por vida con la guardería.

Stefanny: (Parpadea, procesando) ¿Entonces…?

Milagros: (La mira directamente, con una ternura clara en sus ojos) No, Stefanny.

La cigüeña no nos ha visitado.

Y, siendo completamente franca, no está en nuestros planes inmediatos.

(Baja la voz un poco, en un tono de confidencia).

Soy una mujer que disfruta de su libertad, de su carrera, de su estilo de vida…

y de su silencio a las 7 de la mañana.

Ser madre es una vocación hermosa y abrumadora, y yo…

(sonríe, mirando su brazalete de pantera) aún estoy en mi etapa de pantera, no de leona con cachorros.

Tu padre lo entiende y lo comparte.

Stefanny: (Asiente lentamente, una mezcla de alivio y comprensión en su rostro) Claro…

claro, tiene sentido.

Es solo que los veo tan perfectos juntos que pensé…

Milagros: (Interrumpe suavemente, tomando la mano de Stefanny sobre la mesa) Y lo somos.

Perfectos, como somos.

Con nuestras carreras, nuestras locuras —como volar desde una escapada romántica a un festival en los Alpes—, y nuestro tiempo para nosotros.

Eso, por ahora, es más que suficiente.

¿Entiendes?

Stefanny: (Sonríe, apretando su mano) Lo entiendo.

Perdón por la bomba.

Prometo que la próxima pregunta intrusiva será sobre…

no sé, el precio de tu clutch.

Milagros: (Ríe, liberando la tensión) Eso es un secreto mejor guardado que cualquier plan de bebé, querida.

(Alza su copa de nuevo).

Mejor brindemos por esto: por los viajes que hacemos, por las familias que elegimos, y por la sabiduría de saber exactamente lo que queremos…

y lo que no.

Marilú: (Levantando su copa también, aliviada de que la conversación haya tomado un giro más ligero) ¡Oyé, oyé!

A eso brindo yo.

¡Y a que el ahogamiento de Milagros sea lo más dramático que pase hoy!

Las tres ríen, el momento incómodo se disipa en el aire parisino, reemplazado por complicidad y entendimiento.

El champagne sabe aún mejor, y la vista desde la Torre Eiffel parece celebrar, no solo la ciudad, sino también las elechas libres y conscientes de quienes la admiran desde las alturas.

(La habitación está sumida en una penumbra íntima, solo rota por la luz tenue de la lámpara de noche.

Cristhian está sentado en el borde de la cama, su postura rígida y expectante, aún imbuyendo la estancia con su aura de control.

La puerta se abre y entra Milagros, con una sonrisa juguetona y una caja grande en las manos.) Milagros: (Acercándose con un brillo de diversión en los ojos) Amor, te traje algo.

Para ti…

y para mí.

(Cristhian la mira, una ceja arqueada en señal de escepticismo, pero con una curiosidad apenas disimulada.

Milagros coloca la caja en la cama y la abre con ceremonia, revelando el contenido.) Allí, dobladas con cuidado, están las dos batas.

La de él, una obra maestra de azul grisáceo con una capucha que es claramente la cabeza de un lobo de dibujos animados, pero con una expresión seriosa y ceñuda.

La piel sintética blanca bordea la capucha, y los bolsillos lucen huellas de patas.

La de ella, un estallido de rosa pastel y blanco, con una capucha de conejo de orejas largas y flexibles, y un panel blanco que simula un vientre esponjoso, decorado con delicadas huellas de pata rosas.

Un silencio pesa en la habitación.

Cristhian observa las prendas, su mirada recorriendo los detalles del lobo ceñudo y luego pasando al conejo juguetón.

Su rostro, normalmente una máscara de seriedad o intensidad, se contrae en una mueca de incredulidad absoluta.

Cristhian: (Deja escapar una risa breve y hueca, más un exhalación de desdén que de diversión) Jajaja.

(La risa se corta de golpe.

Su mirada se clava en Milagros, arrogante, impenetrable).

Lo siento, mi amor, pero no.

No pienso usar eso.

Su declaración es final.

Es el hombre que viste trajes de diseñador, que impone respeto con su sola presencia, rebajándose a ponerse una bata de lobo de dibujos animados.

Para él, es una afrenta a su imagen, a su poder.

Milagros no se inmuta.

Sostiene la bata rosa contra su cuerpo, una sonrisa pícara jugando en sus labios.

Milagros: (Con un tono suave, desafiante) ¿No?

¿Y si te digo que el conejo…

(acaricia la tela suave) a veces le gusta jugar a perseguir al lobo?

(Su mirada se encuentra con la suya, cargada de una promesa lúdica y sensual).

O que el lobo…

(señala la bata azul) podría disfrutar de un disfraz diferente para cazar en su propia madriguera.

Deja caer las implicaciones en el aire.

No se trata de la bata.

Se trata del juego, de la dinámica, de la oportunidad de verlo vulnerable, de verlo diferente.

Es un desafío disfrazado de regalo.

Cristhian la mira, su arrogancia chocando contra el brillo juguetón y decidido en los ojos de ella.

El “no” rotundo comienza a resquebrajarse ante la perspectiva de un juego privado, de un rol nuevo en su eterna danza de poder.

El lobo, por primera vez, duda frente al astuto conejo.

(La sonrisa de Milagros se transforma en algo más profundo, más cargado.

Sus ojos no se despegan de los de Cristhian mientras, con una lentitud deliberada y sin un ápice de timidez, se quita la ropa que lleva.

Cada movimiento es una declaración, una exposición de la piel que él reclama como suya pero que, en este momento, ella ofrece bajo sus propios términos.

La ropa cae al suelo, un susurro de tela en el silencio.) Luego, toma la bata rosa de conejo.

Se la envuelve, abrochando los botones transparentes con dedos que no titubean.

La capucha con las largas orejas cae sobre su cabello, enmarcando su rostro.

El panel blanco del “vientre” resalta contra el rosa.

Es ridícula.

Es encantadora.

Es una provocación magistral.

Milagros: (Se coloca frente a él, las orejas de conejo ligeramente caídas, una sonrisa sensual y desafiante en sus labios) Vamos, amor.

(Su voz es un susurro meloso, una caricia verbal).

Ponte la pijama.

Mira, yo ya estoy.

(Hace un giro lento, mostrándose).

¿No quieres…

cazar a esta conejita?

La pregunta cuelga en el aire, cargada de doble sentido.

Es una invitación al juego, a la rendición, a una forma de intimidad que no tiene que ver con el poder del traje o la furia del vampiro.

Tiene que ver con la vulnerabilidad compartida, con la complicidad en lo absurdo.

Cristhian la observa, su expresión inicial de desdén se ha transformado en una mezcla de fascinación y conflicto interno.

Ve la bata azul de lobo sobre la cama.

Ve la capucha con su ceño fruncido.

Ve a su esposa, su posesión más preciada, vestida como un animal de cuento, desafiándolo a unirse a su fantasía.

Cristhian: (Un gruñido bajo, más de resignación que de enfado, ruge en su pecho.

Sus ojos recorren la figura de ella, desde las orejas de conejo hasta la punta de sus pies descalzos).

Eres…

insoportable.

(Pero no hay ira en sus palabras.

Hay algo que se asemeja a la admiración).

Con un movimiento que parece requerir un esfuerzo hercúleo para su orgullo, se levanta.

No dice nada.

Toma la bata azul.

La examina un segundo, como si estuviera evaluando un arma extraña.

Luego, con la misma solemnidad con la que se pondría un traje de Armani, se la coloca.

La tela es suave, ridículamente suave.

Abrocha los botones.

La capucha de lobo, con su expresión ceñuda, cae sobre su cabeza plateada, las orejas puntiagudas sobresaliendo de manera absurda.

Queda allí, de pie, el lobo más feroz y arrogante del mundo empresarial, vestido como un lobo de dibujos animados enfadado.

Se mira a sí mismo en el reflejo de la ventana y un sonido extraño, un bufido que podría ser el principio de una risa ahogada, le escapa.

Milagros no puede contener una risa baja y musical.

Se acerca a él, las orejas de conejo balanceándose.

Milagros: (Susurrando, sus dedos acarician

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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