DULCE VENENO - Capítulo 161
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161: La Batalla del Espejo 161: La Batalla del Espejo Milagros: (Susurrando, sus dedos acarician el “pelaje” sintético de su capucha) Ahora sí…
ahora el lobo puede cazar a su conejita.
Cristhian la mira, y en sus ojos ya no hay conflicto.
Solo hay una chispa de diversión salvaje y una lujuria renovada.
Con un movimiento rápido, la atrae hacia sí, el “lobo” envolviendo al “conejo”.
Cristhian: (Su voz es un rugido amortiguado por la tela suave) La cacería, querida mía…
acaba de comenzar.
Y prometo que será…
memorable.
Y en medio de la habitación, dos depredadores vestidos para una farsa redescubren el juego, demostrando que incluso en la oscuridad más profunda, hay espacio para la risa compartida y una forma de ternura tan extraña y poderosa como su amor.
(La lujosa habitación, testigo de juegos íntimos, se convierte ahora en un nuevo campo de batalla.
Milagros, aún con su bata de conejo rosa, sostiene su teléfono con determinación.
Se ha parado frente al enorme espejo de cuerpo entero adornado con oro, su reflejo mostrando una mezcla de diversión y terquedad.) Milagros: (Con una sonrisa desafiante, volteándose para mirar a Cristhian, quien permanece de pie con la bata de lobo azul, su expresión una máscara de indignación orgullosa) Amor, ven.
Vamos a tomarnos fotos.
Cristhian cruza los brazos sobre el pecho, una postura que, con la capucha de lobo ceñuda, resulta a la vez ridícula y formidable.
Su orgullo, ese pilar inquebrantable de su ser, ha sido herido por la mera sugerencia.
Cristhian: (Su voz es plana, el tono que usa para dar órdenes que nunca se cuestionan) Absolutamente no.
(Desvía la mirada del espejo, como si el solo reflejo de su indumentaria pudiera manchar su imagen para siempre).
No hay una sola circunstancia en este universo o en cualquier otro en la que permita que quede registrada una imagen mía con…
esto puesto.
Milagros no se inmuta.
Al contrario, su sonrisa se ensancha.
Sabe que esta es una montaña más alta de escalar que hacerlo ponerse la bata.
Milagros: ¿Por qué no?
(Pregunta, acercándose a él, las orejas de conejo balanceándose.
Su tono es juguetón, pero sus ojos brillan con un desafío).
Es divertido.
Es nuestro secreto.
(Hace una pausa, bajando la voz a un susurro conspirativo).
¿O le tienes miedo a que el gran y temido Cristhian Tantalean sea visto como…
adorable?
La palabra “adorable” hace que un músculo en su mandíbula se tense visiblemente.
Es el insulto supremo.
Cristhian: (Se acerca a ella, su sombra “loba” cayendo sobre su figura “conejil”.
Su voz es un susurro peligroso) Adorable es para los cachorros y los tontos.
Yo soy un lobo, Milagros.
Y los lobos no posan para fotos en pijamas de dibujos animados.
Milagros: (Alza su teléfono, encendiendo la cámara.
No retrocede).
Este lobo sí.
Porque este lobo…
(extiende una mano y le acaricia la “nariz” bordada en la capucha) tiene una conejita que lo domestica.
Es un golpe bajo, una afirmación de un poder que va más allá del dinero y el miedo.
Cristhian la mira fijamente, la batalla librada en sus ojos oscuros: el orgullo feroz contra el deseo de complacerla, de ceder en esto, de ser parte de su juego por completo.
Finalmente, exhala un resoplido que hace que las orejas de su capucha se agiten.
No dice que sí.
Pero no se aleja.
Permanece allí, inmóvil, su reflejo en el espejo enfrentándose a su propia imagen ridícula y poderosa.
Milagros interpreta su silencio como la rendición que es.
Se apoya contra él, alineando sus reflejos en el espejo: el lobo ceñudo y la conejita sonriente.
Levanta el teléfono.
Milagros: Sonríe, lobo feroz.
(Susurra, presionando el botón de captura).
O al menos…
no mires como si fueras a devorar al fotógrafo.
El flash se dispara, capturando el momento.
Cristhian no sonríe.
Pero tampoco aparta la mirada del espejo.
En el fondo, en el santuario más privado de su ser, sabe que esta imagen, este secreto absurdo y domesticado, es una victoria de Milagros más profunda que cualquier otra.
Y quizás, solo quizás, esa idea no le desagrada del todo.
(Frente al espejo, con la luz tenue de la habitación creando un ambiente íntimo y surrealista, Milagros se transforma.
Con la bata de conejo puesta, se convierte en una modelo juguetona, probando distintas poses.
Se agacha un poco, inclinando la cabeza para que las orejas de conejo caigan con picardía.
Luego se pone de perfil, mirando a Cristhian por encima del hombro con una sonrisa coqueta.
En otra, se abraza a sí misma, fingiendo timidez, la capucha cubriendo parcialmente su rostro.) Cada clic de la cámara es un pequeño triunfo para ella, un registro de esta rendición inaudita.
Cristhian permanece como un centinela a su lado, la bata de lobo ciñendo su figura imponente.
No posa, pero tampoco se mueve del encuadre.
Su presencia es rígida, su expresión una mezcla de exasperación y una curiosidad forzada.
Observa su propio reflejo, el lobo ceñudo junto al conejo vivaz, y cada foto es un ataque directo a su dignidad legendaria.
Finalmente, cuando Milagros baja el teléfono con una sonrisa de satisfacción, él rompe el silencio.
Su voz no es un grito, pero tiene el filo del acero y el peso de una orden absoluta.
Cristhian: (Sin mirar la pantalla del teléfono, clavando sus ojos en el reflejo de ella en el espejo) Esas fotos.
No publiques nada.
Ni un fragmento.
Ni un píxel.
(Gira la cabeza lentamente hacia ella, y su mirada es una advertencia tangible).
Las guardas.
Para ti.
Para nosotros.
Pero no existen fuera de esta habitación.
¿Está claro?
Es la voz del hombre que controla imperios, que borra evidencias, que moldea realidades.
La idea de que esa imagen vulnerable, risible, pueda filtrarse al mundo es inconcebible.
Sería una grieta en la armadura de temor y respeto que ha forjado con décadas de poder implacable.
Milagros sostiene su mirada, pero en lugar de desafío, hay una comprensión profunda en sus ojos.
Sabe lo que le está pidiendo, lo que esa imagen significa para él.
No es solo una foto tonta; es una llave a una vulnerabilidad que él no muestra a nadie más.
Milagros: (Su voz es suave, pero firme.
Deja el teléfono sobre el tocador y se acerca a él, colocando una mano sobre el “pecho” de su bata de lobo) No te preocupes.
(Sus palabras son un susurro, una promesa).
Las guardaré.
Solo para mí.
No las voy a publicar.
(Una sonrisa pequeña y genuina toca sus labios).
Son…
mi tesoro secreto.
La prueba de que el lobo más feroz…
juega con su conejita.
Cristhian la observa, buscando cualquier rastro de mentira o doble intención.
No encuentra ninguno.
Solo encuentra esa devoción posesiva que a veces refleja la suya propia.
Asiente, una vez, con un movimiento casi imperceptible de su cabeza.
Es todo el acuerdo que ella va a obtener, pero es suficiente.
Él puede tolerar la vulnerabilidad si su recompensa es la posesión exclusiva de esa imagen, y la certeza de que su lado más absurdo y humano es un secreto que solo ella custodia.
En el oscuro intercambio de su relación, ella gana un recuerdo preciado, y él mantiene intacta, ante el mundo exterior, la fachada de su poder infinito.
(Cristhian da media vuelta con la intención clara de deshacerse de la ridícula piel de lobo que lo cubre.
Sus dedos ya buscan los botones transparentes, su expresión una mezcla de alivio anticipado y de restablecer la dignidad perdida.
Pero antes de que pueda desabrochar el primero, la voz de Milagros lo detiene, no con una orden, sino con una súplica que es más poderosa.) Milagros: (Su voz es un hilo de seda, suave pero cargado de una urgencia emocional que hace que Cristhian se congele.
Ella se acerca, las orejas de conejo ladeándose.
No lo toca, solo lo mira con ojos enormes y llenos de un raro anhelo) Amor…
no te lo saques.
Por favor.
(Hace una pausa, dejando que la petición se asiente).
Concédeme este deseo.
Vamos
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