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DULCE VENENO - Capítulo 162

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162: Control 162: Control Vamos a dormir puestos estas pijamas.

(Cristhian la mira, su ceño fruncido (tanto el suyo como el bordado en la capucha) se profundiza.

Es una petición absurda.

Infantil.

Va en contra de cada fibra de su ser, que exige orden, control y una imagen impecable, incluso en la intimidad.) Milagros: (Ante su silencio helado, ella insiste, su voz bajando a un susurro casi quebradizo) Por favor, amor.

Te lo pido.

Te prometo…

(sus palabras son un juramento susurrado) que nunca te pediré nada más.

La frase golpea a Cristhian con una fuerza inesperada.

“Nunca te pediré nada más”.

No es un trueque por un favor futuro.

Es el ofrecimiento de un cheque en blanco, la renuncia a cualquier petición venidera, a cambio de esto.

De pasar una noche vestido de lobo de dibujos animados.

La magnitud de lo que ofrece por algo tan trivial es lo que lo desarma.

Él ve la sinceridad en sus ojos.

No es una manipulación; es un deseo genuino, caprichoso quizás, pero profundamente sentido.

Ella quiere esta noche, esta fantasía compartida, esta imagen de domesticidad absurda, como un tesoro.

Cristhian exhala un suspiro largo, un sonido que parece llevar el peso de toda su arrogancia.

Sus manos, que estaban en los botones, caen a los lados.

No dice que sí.

Pero da media vuelta y se dirige hacia la cama, la cola (inexistente pero imaginaria) de su bata de lobo arrastrándose simbólicamente en derrota.

Se acuesta en el lado de la cama que le corresponde, la tela suave y ridícula rozando su piel.

Milagros no puede contener una sonrisa triunfal y tierna a la vez.

Se desliza bajo las sábanas a su lado, su rosa pastel contra su azul grisáceo.

Cristhian: (Mirando al techo, su voz es un murmullo ronco, la última defensa de su orgullo) Esto no significa que me guste.

Milagros: (Se acurruca contra su costado, enterrando su rostro en el “pelaje” sintético de su hombro.

Su voz está ahogada por la tela y la felicidad) Lo sé, mi lobo feroz.

(Pausa).

Pero me lo concediste.

Y eso…

significa todo.

Y así, bajo la luna que filtra por las cortinas, el hombre más temido y poderoso duerme, por primera y quizás única vez, vestido como un lobo de caricatura, con su esposa-conejo acurrucada a su lado.

No es una derrota, comprende en algún nivel profundo.

Es una conquista de un tipo diferente.

Una entrega que, en su extrañeza, sella su posesión de una manera que ningún anillo de diamantes o contrato legal podría jamás lograr.

(El primer haz de luz matutina se filtra por las cortillas, revelando una escena de paz doméstica surrealista.

Cristhian despierta, la sensación de la suave tela de la pijama de lobo contra su piel es el primer recordatorio de la noche anterior.

Milagros sigue dormida a su lado, un remanso de rosa pastel y tranquilidad.) (Luego, alza la vista.

Y se congela.) En el umbral de la habitación, detenidos en plena tarea de abrir las cortinas o traer el desayuno, están su secretario personal, el señor Laurent, y dos sirvientas, María y Elena.

Sus rostros son máscaras perfectas de profesionalismo…

hasta que sus ojos se posan en él.

En lo que lleva puesto.

La sorpresa los traiciona por una fracción de segundo: los ojos del secretario se abren ligeramente, la taza que sostenía una de las sirvientas tiembla emitiendo un suave tintineo, la otra se queda boquiabierta antes de cerrarla con fuerza.

El aire en la habitación se espesa de repente, pasando de la paz a una tensión eléctrica y mortal.

Cristhian no se mueve.

No se cubre.

Simplemente los mira.

Y su mirada no es la del hombre atrapado en un momento ridículo.

Es la mirada de un depredador que ha sido observado en un estado de vulnerabilidad inadmisible.

Cristhian: (Su voz sale baja, casi conversacional, pero cada palabra está afilada como el acero y helada como la tumba.

No se dirige a uno en particular, sino a los tres, unificándolos en su sentencia) Será mejor…

que olviden lo que vieron.

Los tres permanecen inmóviles, paralizados.

La sonrisa forzada de Laurent se congela, las sirvientas bajan la mirada al instante, temblando.

Cristhian: (Se incorpora lentamente en la cama, la capucha de lobo con su ceño fruncido añadiendo un toque grotesco a su aura de amenaza.

Su voz desciende a un susurro sibilante y letal) Y será mejor…

que no digan nada.

A nadie.

Ni un susurro.

Ni un gesto.

(Hace una pausa, dejando que el miedo se cocine a fuego lento.

Luego, pronuncia la condena).

Cristhian: Porque si descubro que este…

momento…

ha salido de esta habitación…

(sus ojos, oscuros y sin piedad, recorren cada uno de sus rostros) no los despediré.

Les sacaré los ojos para que no vuelvan a ver nada que no deban…

y les arrancaré la lengua para que nunca puedan contarlo.

Es una promesa.

No una amenaza vacía.

Es el lenguaje claro y brutal de un psicópata que defiende su territorio más preciado: su imagen de poder inviolable, y ahora, el secreto absurdo que comparte con su esposa.

Los tres asienten al unísono, movimientos espasmódicos y llenos de pavor.

“Sí, señor”, “claro, señor Cristhian”, murmuran, sus voces quebradas.

Cristhian: (Con un gesto despreciativo de su mano, todavía cubierta por la manga azul grisácea) Salgan.

Y no vuelvan a entrar sin ser llamados.

(Salen de la habitación con la velocidad y el silencio de fantasmas, cerrando la puerta sin un sonido.

Cristhian se queda sentado en la cama, la respiración ligeramente acelerada, no por la vergüenza, sino por la furia de haber sido visto.

Junto a él, Milagros se mueve en sueños, ajena al pequeño reinado de terror que acaba de desatarse para preservar la santidad de su juego compartido.

Para el mundo, él sigue siendo el lobo.

Y acaba de recordarle a su manada las consecuencias de olvidarlo.) (Cristhian se desprende de las sábanas con movimientos bruscos, la irritación palpable en cada músculo de su cuerpo.

La tela suave de la pijama de lobo le parece de repente una picazón insoportable, un recordatorio físico de una concesión que se siente como una derrota.

Se levanta, decidido a arrancarse esa ridiculez de encima y restaurar su dignidad con el primer traje impecable que encuentre.) Da dos pasos hacia el vestidor, pero algo lo hace detenerse.

Voltea la cabeza hacia la cama.

Allí está Milagros.

Dormida.

La capucha de conejo se ha desplazado, revelando su rostro sereno, su respiración pausada.

La luz de la mañana acaricia su perfil, iluminando las pestañas que descansan sobre sus mejillas.

Parece tan…

tranquila.

Tan ajena al conflicto interno que lo devora.

Y entonces, como un eco fantasmal, sus palabras de la noche anterior resuenan en su mente con una claridad brutal: “Te prometo…

que nunca te pediré nada más.” No fue un simple “por favor”.

Fue un pacto.

Un sacrificio ofrecido a cambio de esta ridiculez.

Un suspiro profundo, casi un gruñido de frustración, le escapa del pecho.

No es un suspiro de derrota, sino de una compleja capitulación.

Su orgullo, esa entidad viva y feroz dentro de él, se encabrita.

¿Acaso va a dejarse gobernar por el capricho de una mujer?

¿Por un trozo de tela con orejas?

Pero su arrogancia, esa misma que exige respeto y temor, también le susurra otra cosa: Ella te pidió algo.

Algo trivial para el mundo, pero algo enorme para ella.

Y ofreció todo su futuro derecho a pedirte a cambio.

¿Vas a romper ese pacto por tu comodidad?

¿Eres tan débil que no puedes soportar unas horas más de esto para sostener tu palabra?

La idea de ser percibido como alguien que rompe una promesa, incluso una tan absurda y privada, es una mancha en su orgullo que la pijama ridícula no podría igualar.

Da media vuelta.

Con pasos lentos y cargados de una resignación que sólo él puede percibir como una forma extraña de fuerza, regresa a la cama.

No se quita la pijama.

En su

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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