DULCE VENENO - Capítulo 165
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165: Atmósfera 165: Atmósfera No hay tiempo para la languidez de otros días.
Se sienta frente al tocador iluminado.
Una sirvienta, con manos expertas y gentiles, comienza a desenredar su cabello largo y castaño, potenciando sus rizos naturales con un producto ligero, dándole un volumen suelto y sedoso que cae sobre sus hombros como una capa de terciopelo.
Mientras tanto, otra sirvienta despliega el atuendo del día con cuidado: El suéter blanco de cuello alto y punto grueso es el primero en deslizarse sobre su cuerpo, ajustándose como un guante, sus mangas acampanadas cayendo con gracia sobre sus muñecas.
Luego, los pantalones crema de corte amplio y talle alto, que fluyen elegantes y estilizan su figura, anclando el look con sobriedad.
La pieza de impacto llega después: el abrigo de pelaje sintético con patrón de manchas en blanco, gris y negro.
Es sofisticado, lujoso y proyecta una autoridad cálida.
Se lo colocan sobre los hombros, sintiendo su peso y calidez.
Arrodillándose frente a ella, una sirvienta ayuda a calzar las botas altas de cuero blanco, con su tacón grueso y punta redonda.
Cada ajuste es meticuloso.
En el rostro, el maquillaje es minimalista pero impecable.
Usando la paleta de sombras en tonos neutros, realzan sus ojos con suavidad.
Un toque del lip gloss rosado brilla en sus labios, fresco y juvenil.
Unas puffs del perfume del frasco geométrico la envuelven en un halo discreto y distintivo.
Finalmente, colocan el reloj de pulsera rosado con acabado metálico en su muñeca, el toque final de funcionalidad elegante.
Sirvienta: (Dando un paso atrás para admirar el conjunto, con una sonrisa genuina de admiración) Lista, ama.
Se ve perfecta.
El auto la espera abajo.
Stefanny se observa en el espejo de cuerpo entero.
La imagen que devuelve es poderosa: una mezcla de lujo cómodo, elegancia moderna y una juventud segura de sí misma.
No es la chica que bailó en la nieve, ni la que almorzó en las alturas de París.
Esta es otra faceta: la que camina hacia el mundo de Lansky.
Da un último toque a su cabello, toma un bolso que complementa el look, y asiente.
Stefanny: (Con una voz más firme de lo que se siente por dentro) Gracias.
Pueden retirarse.
Sale de la habitación, el tacón de sus botas blancas marcando un ritmo decidido contra el piso de mármol.
La calidez del abrigo de pelaje contrasta con el frío propósito que ahora la guía: ir a ver a Lansky en su territorio.
Stefanny entra, precedida por el discreto anuncio de su secretaria.
La puerta se cierra suavemente detrás de ella.
Lansky está de pie, junto a la ventana, de espaldas, mirando el paisaje urbano.
Viste un traje italiano impecable, de un gris oscuro casi negro.
Se gira lentamente al escucharla.
Sus ojos la recorren de arriba abajo, absorbiendo cada detalle del atuendo: el abrigo de pelaje manchado, la elegancia blanca y crema, la audacia de las botas blancas.
Una sombra de aprobación, casi de posesión, cruza su mirada antes de fijarse en sus ojos.
Lansky: (Su voz es suave, pero llena de una autoridad que llena la estancia) Stefanny.
Qué puntual.
(Hace un gesto leve hacia el sofá de cuero junto a las ventanas).
Por favor, siéntate.
¿Te gustaría algo?
Café, té…
Stefanny: (Avanza unos pasos, manteniendo cierta distancia.
No se quita el abrigo, como si la capa de pelaje fuera una pequeña armadura).
No, gracias.
Dijiste que querías verme.
Lansky: (Asiente, sin dejar de observarla.
Cruza lentamente la oficina para pararse frente a su escritorio, apoyándose ligeramente en él).
Sí.
Quería verte.
Ayer…
y anteayer, te fuiste.
Muy lejos.
Stefanny: (Mantiene la compostura, aunque sus dedos se aferran al borde de su bolso) Fui a Tomorrowland Winter con Marilú.
Te lo había comentado.
Fue…
impresionante.
Lansky: (Una sonrisa delgada, no del todo cálida, aparece en sus labios) Lo sé.
He visto algunas fotos.
Te veías…
radiante.
(Pausa.
Su tono se vuelve más íntimo, pero con un filo).
Y luego, París.
Un salto de los Alpes a la Torre Eiffel.
Un cambio de escenario bastante dramático.
Stefanny: (Sintiendo que la conversación no va por donde ella esperaba) Milagros se unió a nosotras.
Fue una sorpresa.
Fue…
bueno.
Lansky: (Se endereza y camina hacia ella, despacio.
Se detiene a una distancia justa para ser íntima pero no invasiva).
“Bueno”.
(Repite la palabra, saboreándola).
Me alegra que lo hayas pasado bien, Stefanny.
De verdad.
(Su mirada se intensifica).
Pero hace tres días que no sé realmente de ti.
Que no tengo la certeza de dónde estás, con quién estás, qué haces.
Stefanny: (Un punto de defensa asoma en su voz) Te envié mensajes.
Llamé.
Lansky: (Asiente, con una calma que resulta más inquietante que un reproche) Mensajes cortos.
Llamadas perdidas que devolví y no contestaste porque estabas en medio de un “drop”, o admirando una vista.
No es lo mismo, mi amor.
No es lo mismo que saberte aquí.
Cerca.
Se acerca un poco más.
Extiende una mano y, con extrema delicadeza, acaricia el borde del abrigo de pelaje sintético, cerca de su cuello.
Lansky: (En un susurro) Extrañé esta calma que traes contigo.
Esta…
presencia.
La empresa ha estado demandante, llena de problemas que resolver, informes que arreglar.
(Su mano baja, posándose con firmeza en su brazo, sobre la gruesa tela del suéter blanco).
Y yo aquí, necesitando tu tranquilidad, y tú…
bailando en la nieve con miles de desconocidos.
Stefanny: (Resiste el impulso de retroceder.
Siente la contradicción entre la ternura de su toque y el peso de sus palabras) Fue un viaje planeado, Lansky.
Solo unos días.
No he desaparecido.
Lansky: (Suelta un suspiro, casi de resignación cariñosa, y retira su mano.
Vuelve a mirarla a los ojos, con una expresión más suave, pero no menos intensa).
Lo sé, cielito.
No te estoy regañando.
(Sonríe, esta vez un poco más cálido).
Solo te estoy diciendo que te extrañé.
Que esta oficina, este mundo, es más frío cuando no estás en él.
Que necesito verte más a menudo.
No solo en fotos brillantes desde una montaña o una torre.
Stefanny: (Exhala, sin estar segura de si sentirse aliviada o más atrapada) Yo…
también pensé en ti.
Lansky: (Su sonrisa se amplía, satisfecho.
Es la respuesta que quería oír).
Eso es lo único que necesito escuchar.
(Señala el sofá de nuevo, más decidido).
Ahora, por favor, siéntate.
Háblame de todo.
Quiero oír cada detalle.
De la música, de la nieve .
Quiero que me lo cuentes a mí.
Stefanny, ante la orden disfrazada de invitación, finalmente se mueve hacia el sofá, desabrochando su abrigo.
La reunión no era por un asunto de empresa.
Era una reclamación silenciosa de su atención, un recordatorio sutil de los límites de su libertad, y una invitación a narrar sus aventuras bajo su atenta y posesiva mirada.
La oficina, de repente, se siente mucho más pequeña.
La atmósfera en la oficina ha cambiado.
La falsa calma se ha desvanecido, dejando al descubierto la tensión que latía bajo la superficie.
Stefanny está sentada en el borde del sofá, su abrigo de pelaje ahora sobre el respaldo.
Lansky permanece de pie frente a ella, su figura recortada contra la luz de la ventana, creando una silueta imponente.
Lansky: (Su voz ha perdido el tono suave y adoptado una seriedad plana, directa) Hablando de tu viaje, Stefanny, hay algo que debemos abordar.
Sobre Marilú.
Stefanny: (Se endereza, alerta.
Defensiva) ¿Qué pasa con Marilú?
Ella es mi amiga.
Lansky: (Asiente lentamente, como si estuviera considerando cuidadosamente sus palabras) Lo sé.
Tu amiga de la infancia.
La que “nunca te ha dejado”.
(Pronuncia la frase con un dejo de ironía amarga).
Pero las personas cambian, Stefanny.
O, a veces, muestran quién siempre fueron.
Stefanny: (Frunce el ceño, confundida y molesta) ¿Qué quieres decir con eso?
Marilú ha estado para mí cuando nadie más lo estaba.
Lansky: (Da un paso al frente, su mirada se clava en la de ella, intensa, casi hipnótica) ¿De verdad?
¿Estuvo para ti cuando tomabas decisiones que te
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