DULCE VENENO - Capítulo 167
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167: Emoción 167: Emoción Está bien.
Lo…
lo haré.
No…
no veré a Marilú.
No saldré más con ella.
Las palabras caen en la oficina como una sentencia.
En el instante en que salen de sus labios, el llanto de Lansky cesa como si hubiera cerrado un grifo.
La tensión en sus hombros se disipa.
Sin decir una palabra, se levanta y, con un movimiento que pretende ser de alivio abrumador pero que es rápido y posesivo, la envuelve en un abrazo fuerte, apretándola contra su pecho.
Lansky: (Susurra contra su cabello, su voz ahora es gruesa pero estable) Gracias…
gracias, mi amor.
Sabía que entenderías.
Sabía que elegirías nuestro futuro.
Esto…
esto es por nuestro bien.
Por tu bien.
Stefanny permanece rígida en el abrazo, sus lágrimas mojando la impecable chaqueta de su traje.
No puede ver su rostro.
Pero si pudiera, vería que sobre su hombro, los ojos de Lansky están completamente secos.
Y en sus labios, se ha dibujado una sonrisa amplia, profunda y sádica.
Es la sonrisa del triunfo absoluto, del cazador que ha acorralado a su presa.
No hay rastro de dolor, solo la fría satisfacción del control restablecido.
Sus dedos se hunden en la lana de su suéter blanco no en un gesto de consuelo, sino de marcaje, como quien clava una bandera en territorio conquistado.
Lansky: (Sigue susurrando, la sonrisa aún en su voz) Todo va a estar mejor ahora, cielito.
Verás.
Solo nosotros.
Como debe ser.
Stefanny, en cambio, en el silencio de ese abrazo opresivo, solo siente un vacío helado expandiéndose en su pecho donde antes estaba la calidez de una amistad inquebrantable.
Ha cedido.
Y en el reflejo de la ventana, mientras Lansky la acuna con su sonrisa siniestra, ella solo puede ver el rostro pálido de una prisionera que acaba de entregar voluntariamente la llave de su última celda de libertad.
La sonrisa sádica de Lansky se congela por un instante, transformándose en una expresión calculadora.
Suelta a Stefanny del abrazo opresivo, sosteniéndola a la distancia de los brazos, y su mirada se vuelve intensa, casi febril.
La dulzura forzada regresa a su voz, pero ahora con un tono urgente, conspirativo.
Lansky: (Con un suspiro teatral, pasando una mano por su rostro como si estuviera agotado por la tormenta emocional) Espera.
Espera, mi amor.
Pensándolo bien…
(Su mirada se clava en los suyos, buscando obediencia ciega).
Tal vez fui demasiado duro.
Es tu amiga de toda la vida.
Stefanny: (Parpadea, confundida por el nuevo giro, un atisbo de esperanza iluminando sus ojos empañados) ¿Qué…
qué quieres decir?
Lansky: (Acerca su rostro al de ella, su voz baja a un susurro íntimo y cargado de falsa compasión) Vé a verla.
Hoy.
Invítala a almorzar, a lo que sea.
Pero que sea…
la despedida.
Un último día para recordar lo bonito.
(Aprieta sus brazos suavemente).
Hazlo por las dos.
Por los recuerdos.
Stefanny: (El atisbo de esperanza se mezcla con un nuevo dolor, aún más agudo) ¿Un…
último día?
Lansky: (Asiente, con una expresión de dolor compartido que es una obra maestra de la manipulación) Es lo más justo, ¿no?
Un cierre.
Un adiós apropiado, en lugar de un…
fantasma entre nosotras.
(Pausa.
Su mirada se vuelve súbitamente seria, casi severa).
Pero, Stefanny, escúchame bien.
No le digas que fui yo.
No le digas que esta decisión vino de aquí.
Stefanny: (Frunce el ceño, la confusión aumentando) ¿Por qué no?
Ella va a querer saber por qué…
Lansky: (La interrumpe, su voz adquiriendo un tono de súplica estratégica) ¡Porque no quiero que me odie!
(Sus ojos se llenan de una angustia fresca, bien actuada).
Ella es importante para ti, y aunque ya no podrá ser parte de tu vida cotidiana, no quiero ser el villano de su historia.
No quiero que piense que te estoy alejando de ella por…
capricho.
(Su mano acaricia su mejilla).
Quiero que, si algún día piensa en mí, sea con respeto.
O al menos, sin odio.
Por favor.
Hazlo por mí.
Dile lo que necesites decirle, inventa una razón, pero…
mi nombre no sale de tu boca.
¿Lo prometes?
La petición es un golpe maestro.
No solo la obliga a ejecutar la dolorosa tarea de despedirse, sino que también la hace cómplice del encubrimiento.
La carga de la mentira recae sobre ella, aislando aún más a Lansky de cualquier consecuencia y dejando a Stefanny completamente sola con el peso de traicionar a su amiga y luego mentirle sobre el porqué.
Stefanny mira sus ojos, que suplican y exigen al mismo tiempo.
Agotada, destrozada, y atrapada en la red de su culpa y su lealtad pervertida hacia él, asiente lentamente.
Stefanny: (Con voz apagada, vacía) Lo…
lo prometo.
No mencionaré tu nombre.
Lansky: (Una sonrisa triunfante y amarga brilla en sus ojos por una fracción de segundo antes de ser reemplazada por una expresión de gratitud aliviada) Gracias.
Eres increíble.
(La besa en la frente, un sello de propiedad).
Ahora ve.
Arregla esto.
Y luego…
vuelve a casa.
A mí.
Le da un suave empujón hacia la puerta, como soltando un pájaro al que sabe que ha cortado las alas.
Stefanny sale de la oficina, el abrigo de pelaje sintético ya no se siente lujoso, sino como una piel prestada, ajena.
Tiene una misión: darle a su mejor amiga el último día de su amistada, mientras guarda en su pecho el nombre del verdadero arquitecto de su fin, como un secreto envenenado que Lansky le ha ordenado tragar.
(La puerta de la oficina, que Stefanny acaba de traspasar con el alma hecha añicos, se abre de nuevo con un impulso decidido y elegante.
La figura que entra no es la de una secretaria, ni un empleado.
Es una presencia que llena la estancia con una energía completamente distinta: luminosa, segura y con una autoridad que no pide permiso).
Milagros irrumpe en el espacio minimalista como un espectáculo de fuegos artificiales en la noche.
Su vestido corto de fiesta negro con bordados dorados y rosados centellea bajo la luz fría de la oficina.
El escote corazón y la cintura marcada por un lazo de satén crean una silueta poderosa y femenina.
Las mangas abullonadas de tul y la falda de capas con perlas se mueven con un susurro seductor.
Los pendientes largos dorados brillan con cada movimiento.
Es la antítesis del gris austero del lugar.
Lansky, que había girado hacia su escritorio con la sonrisa sádica aún fresca en sus labios, se congela al verla.
Por una fracción de segundo, su máscara de control calculador se desmorona, reemplazada por una sorpresa genuina y, de inmediato, por una alegría desbordante y auténtica que Stefanny no vio en toda su visita.
Lansky: (Su rostro se ilumina, la voz estalla en un grito de felicidad pura) ¡¡MILA!!
¡¡Dios mío!!
Milagros: (Sonríe, amplia y radiante, abriendo los brazos) ¡Hermano!
¡Aquí está la mujer más fashion de la familia, de regreso de conquistar el mundo!
Lansky cruza la oficina en tres zancadas largas y la envuelve en un abrazo fuerte, sincero, que la levanta ligeremente del suelo.
Se ríe, un sonido cálido y libre que nunca usa con Stefanny.
Lansky: (La baja, sosteniéndola a la distancia de los brazos para mirarla) ¡Pero mira tú!
¿De dónde sales?
¡Pareces una reina escapada de un ballet!
¿Y ese vestido?
¡Vas a hacer que todos mis ejecutivos tengan un infarto!
Milagros: (Ríe, dándole un beso en cada mejilla) Y tú sigues vistiendo como el CEO más aburrido y caro del planeta.
Alguien tiene que traer un poco de glamour a esta caja de acero.
Acabo de aterrizar.
Venía directa a mi penthouse, pero el chofer dijo que pasabas por aquí.
¿Interrumpo algo…
importante?
(Su mirada, aguda y perspicaz, recorre la oficina, quizás percibiendo el residuo de energía tensa en el aire).
Lansky: (Su expresión se suaviza, pero la felicidad sigue ahí, solo templada) Nada que no pueda esperar.
Absolutamente nada.
(La mira con genuina admiración).
Estás espectacular, de verdad.
¿El viaje con Cristhian estuvo bien?
¿Y es
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