DULCE VENENO - Capítulo 169
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169: Sedan negro 169: Sedan negro (Su voz es ahora un susurro aterciopelado y mortal).
Tú sigue con tu juego de lágrimas y suspiros con la pequeña Stefanny.
Ocúpate de mantenerla en su jaula de seda.
Yo…
me encargaré de Isaura.
Lansky: (La observa, una mezcla de alivio y de respeto cauteloso en su mirada) ¿Discretamente?
No necesitamos más…
complicaciones.
Milagros: (Se levanta, ajustando su bolso.
Su mirada es la de un halcón que ha avistado a su presa) Por supuesto que discretamente, hermanito.
La discreción es mi especialidad.
Después de todo, una mujer como Isaura…
en una ciudad como París…
los accidentes, o las decisiones repentinas de tomar un tren a ninguna parte, son lamentablemente comunes.
(Le dirige una última sonrisa, esta vez casi maternal en su falsedad).
No quieres que sepan nuestro rostro.
Y yo no quiero que Isaura tenga rostro para contarlo.
Entendido.
Da media vuelta y se aleja con sus tacones resonando sobre el piso de mármol, una silueta de elegancia y amenaza absoluta.
Lansky se queda solo, mirando su copa vacía, sabiendo que ha soltado a un depredador aún más eficiente y despiadado que él mismo.
El problema de Isaura está en las mejores—y más peligrosas—manos posibles.
Milagros en la mansión.
La habitación es una cápsula de lujo silencioso, decorada con tonos oscuros y toques metálicos.
Milagros está sentada en un sofá de terciopelo, con la luz de una lámpara de pie iluminando sólo sus manos y su teléfono.
Su rostro está en sombras, pero sus ojos reflejan la luz fría de la pantalla.
Con movimientos precisos, abre WhatsApp y se desplaza directamente hacia la parte inferior de su lista de chats, hacia la sección de “Archivados”.
Allí, entre conversaciones muertas y contactos fantasmas, encuentra un nombre: Isaura.
No tiene foto de perfil, solo un número internacional.
Un dedo, con la uña perfectamente manicurada y el anillo Cartier centelleando, toca la pantalla.
Abre el chat.
La última conversación es de hace más de un año.
Mensajes cortos, tensos, que hablan de dinero transferido y advertencias silenciosas.
Milagros escribe, sin preámbulos: [Milagros]: Isaura.
Soy Milagros.
Necesito verte.
La respuesta no tarda en llegar.
Como si Isaura hubiera estado esperando, con el teléfono en la mano.
[Isaura]: Ya.
Una sola palabra.
Confirmación, no saludo.
Milagros no se inmuta.
Sabe que el escenario es crucial.
Debe ser un lugar que transmita poder, inaccesibilidad y, sobre todo, que la ponga a ella en territorio completamente controlado.
Sus dedos vuelan sobre la pantalla.
[Milagros]: Restaurant Guy Savoy.
Mañana.
1:30 PM.
Pregunta por mi reserva.
Restaurant Guy Savoy.
Tres estrellas Michelin.
Un templo de la gastronomía francesa en el Instituto de Francia, con vistas al Sena y al Louvre.
Un lugar donde la discreción es tan cara como la comida; donde las mesas están ampliamente espaciadas y las conversaciones se pierden entre el sonido de la cristalería fina y el murmullo de los sommeliers.
El territorio perfecto para Milagros.
La respuesta de Isaura tarda unos segundos más esta vez, como si estuviera considerando el lugar, midiendo el mensaje detrás de la invitación.
[Isaura]: Ahí la veré.
No dice “nos vemos”.
Dice “ahí la veré”.
Es un reconocimiento de la dinámica: ella irá al territorio de Milagros, como un súbdito a una audiencia.
Milagros no responde.
Deja el mensaje en visto, esa pequeña crueldad digital que reafirma su control.
Luego, archiva la conversación nuevamente, borrándola de su vista principal como si fuera basura.
Cierra los ojos por un momento, un suspiro silencioso escapando de sus labios.
No es un suspiro de ansiedad, sino de concentración, como un depredador que afila sus sentidos antes de la cacería.
Luego, se levanta y se acerca a la ventana, mirando la noche parisina.
El Restaurant Guy Savoy mañana no será un lugar para degustar platos exquisitos.
Será el escenario elegante y letal donde se decidirá el destino de Isaura, y donde Milagros protegerá, con la frialdad de una pantera, el secreto que une su sangre con la de Lansky.
La cita está hecha.
La trampa, elegantemente puesta.
Ahora está de pie junto a la ventana, el teléfono en la mano.
La pantalla ilumina brevemente su perfil serio, determinado.
Marca un número que no está en sus contactos recientes; es un número memorizado.
El tono de llamada suena sólo dos veces antes de que sea contestado.
Alejandro (Voz al teléfono): Una voz grave, serena, con un acento que delata orígenes mixtos y una vida lejos de los salones.
No hay sorpresa, sólo un respeto inmediato y profundo.
“Señorita Milagros.
Cuánto tiempo sin escucharla, mi ama.” Milagros: Su tono es frío, directo, sin preámbulos sentimentales ni explicaciones.
Es la voz de quien da órdenes que se saben cumplidas.
“Sí, Alejandro.
Ha sido mucho tiempo.
Quiero pedirte algo.” Alejandro: No hay vacilación, no hay preguntas sobre el porqué del silencio.
Su lealtad es un interruptor que se activa con su voz.
“Estoy a su disposición, como siempre.
Dígame qué desea.” Milagros: Sus ojos se fijan en el reflejo de la ciudad en el cristal, pero su mente está en el mañana, en la elegante sala del restaurante.
“Restaurant Guy Savoy.
Mañana, a la 1:30.
Voy a tener una…
conversación.” Hace una pausa infinitesimal, cargando la palabra conversación con todo su peso real.
“Y quiero privacidad absoluta.
Tuya.
Tú sabes cómo hacerlo.” No pide.
Ordena.
Y especifica “tuya”, dejando claro que no quiere intermediarios, no quiere equipos anónimos.
Quiere la discreción personal y letal de Alejandro.
Alejandro: Al otro lado de la línea, hay el más leve sonido, casi un suspiro de reconocimiento.
No es miedo; es la calma del profesional que recibe parámetros claros para una misión.
“Entiendo, mi señora.
No se preocupe.
Yo me encargo.” La frase es simple, pero en ese contexto, es un juramento.
“Yo me encargo” significa que el restaurante más exclusivo de París será, durante esa hora, una fortaleza invisible.
Que las mesas adyacentes estarán vacías o ocupadas por oídos sordos.
Que ningún camarero se acercará sin una señal.
Que nadie interrumpirá.
Y que, si la “conversación” da un giro indeseable, cualquier consecuencia será contenida, silenciada y limpiada con una eficiencia brutal.
Milagros: Un leve asentimiento, aunque él no puede verlo.
“Bien.
Espero tu confirmación de los detalles a primera hora.” Alejandro: “Así será, ama.
Hasta mañana.” La llamada se corta.
Milagros baja el teléfono.
No hay emoción en su rostro, sólo la satisfacción de un mecanismo que se ha puesto en marcha.
Alejandro no es un sirviente; es un recurso de poder, una extensión de su voluntad en las sombras.
Con esa breve conversación, ha asegurado que su encuentro con Isaura se desarrollará en un escenario no sólo de lujo, sino de control absoluto.
El orgullo de Milagros no permite menos.
La privacidad que exige es la antesala de lo que sea necesario hacer.
Un sedán negro discreto pero impecable se desliza hasta detenerse frente a la entrada.
Alejandro, un hombre de complexión sólida, vestido con un traje negro que se funde con el coche, sale del asiento del conductor con movimientos fluidos.
Su rostro es sereno, impasible, pero sus ojos escanean el entorno con la precisión de un radar.
Abre la puerta trasera.
Milagros emerge.
Es una aparición de poder silencioso y elegancia feroz.
Su abrigo negro largo se abre ligeramente, revelando el violento y lujoso forro rojo que chispea como una advertencia.
Bajo él, la blusa roja oscura con su encaje negro en el escote y las mangas abullonadas añaden un toque de teatro renacentista y peligroso.
Los pantalones negros de talle alto y los botines de tacón brillantes completan la silueta, alargada y letal.
El collar de cuentas rojas es el único punto de color, como gotas de sangre petrificadas contra su piel.
No intercambia palabras con Alejandro.
Un leve movimiento de cabeza es suficiente.
Alejandro se adelanta y abre la pesada puerta del restaurante para ella.
Milagros cruza el umbral, dejando atrás el frío parisino.
Interior del Restaurant Guy Savoy.
La atmósfera es la de un templo secular: techos altos,
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