DULCE VENENO - Capítulo 170
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170: Indiferencia 170: Indiferencia Techos altos, tonos beige y dorado, una calma preciosa y cara.
Un maître se acerca, pero se detiene en seco al ver la expresión de Milagros y, sobre todo, al ver a Alejandro un paso detrás de ella.
Milagros: (Su voz es clara, baja, pero corta el aire como el filo de un cristal.
No se dirige al maître, sino a Alejandro, sin siquiera volver la cabeza) Quiero que vacíen el restaurante.
No quiero que haya gente.
Y vigilen cada rincón.
No es una petición.
Es una declaración de facto.
Alejandro asiente una vez, y con un gesto casi imperceptible de su mano, dos hombres más, tan discretos y profesionales como él, que parecían surgir de las sombras del vestíbulo, se mueven.
Uno se acerca al maître y al gerente, que ya palidecen, y comienza a hablar en voz baja pero firme.
El otro se desplaza hacia el comedor principal.
Milagros no espera.
Avanza con paso decidido, su abrigo ondeando ligeramente, y elige una mesa en el centro de la sala, con una vista clara de la entrada y de todo el espacio.
Se sienta con la espalda recta, sin quitarse el abrigo, que descansa sobre sus hombros como un manto de autoridad.
Desde su asiento, observa el despliegue silencioso y eficiente.
Ve cómo el maître, con una sonrisa tensa y profesional, se acerca a los pocos comensales que habían comenzado su almuerzo.
Se inclina, habla en voz baja.
Ve las expresiones de sorpresa, de leve irritación que se transforma en incomodidad y luego en rápida aceptación cuando ven la compensación financiera que sin duda se está ofreciendo, y la presencia innegable de los hombres de Alejandro.
Platos medio llenos son retirados.
Sillas se empujan.
En cuestión de minutos, el restaurante de tres estrellas Michelin se vacía.
Los empleados se retiran a la cocina y a las áreas de servicio bajo la atenta mirada del segundo hombre de Alejandro, que se apostó en la puerta que conduce a esas zonas.
Un silencio antinatural desciende sobre el lujoso comedor.
Sólo se escucha el tenue zumbido de la climatización y el crujido lejano del Sena tras los ventanales.
Milagros permanece inmóvil, sus manos con el anillo Cartier reposando sobre el mantel blanco impoluto.
Su expresión es de una paciencia glacial.
El Restaurant Guy Savoy ya no es un restaurante.
Es su sala de audiencias privadas.
Una jaula de seda y oro, vaciada y preparada para recibir a un único y no deseado invitado: Isaura.
Todo está listo.
El silencio en el comedor vacío es opresivo, roto solo por el tenue tintineo del tenedor de Milagros contra la fina porcelana.
Ha probado un par de bocados de un amuse-bouche exquisito y ha dado un sorbo al vino blanco cristalino que tiene frente a ella.
Sus dedos, con las uñas pintadas de un rojo oscuro que hace juego con su blusa, tamborilean ligeramente sobre el mantel blanco.
No es impaciencia; es la energía contenida de un depredador.
Los guardias, apostados a una distancia respetuosa pero estratégica, son estatuas de impecable discreción.
Afuera, un taxi se detiene con un chirrido breve frente a la imponente fachada.
De él baja Isaura.
Su look es un golpe de realidad callejera contra el mármol del templo gastronómico: el jersey gris ajustado, la minifalda negra deshilachada con su cadena rebelde, las botas de plataforma con cordones.
Los accesorios —la boina Chanel, las gafas de sol de montura delgada, la funda del teléfono con “ANXIETY”— hablan de una persona que juega a las fronteras entre el lujo irónico y la ansiedad autoproclamada.
La mochila Tommy Jeans completa la imagen de quien viaja ligero, o de quien no planea quedarse mucho tiempo.
Se acerca a la puerta principal, donde dos guardias idénticos en su actitud a los de dentro la esperan.
No se mueven.
La escudriñan de arriba abajo, sus miradas evaluadoras recorriendo cada detalle de su atuendo con una frialdad clínica que desarma.
Isaura se detiene frente a ellos, esperando que le abran.
Nada ocurre.
La tensión crece en la acera.
Isaura: (Con un tono desafiante, pero con una sombra de inseguridad) ¿Qué?
¿Van a quedarse ahí plantados?
Uno de los guardias: (Sin alterar su expresión, habla con una voz plana, metálica) La Señorita Milagros la espera adentro.
No es una invitación.
Es un hecho.
Y no hacen nada de abrirle la puerta.
El protocolo de humillación comienza en el umbral: ella debe abrir su propia puerta, pasar sola bajo su mirada escrutadora.
Isaura frunce el cejo.
Un chasquido de irritación, casi un crujido de dientes, se escapa de ella.
Con un movimiento brusco, agarra el pesado picaporte de bronce y empuja la puerta ella misma, entrando con una energía de intrusa.
Dentro, la escena la detiene por un instante.
La vasta sala, normalmente llena de vida y murmullos, está desierta, salvo por una única figura en el centro.
Milagros está sentada, erguida, ante una mesa perfectamente puesta.
Da otro pequeño bocado a su plato con una elegancia exasperante, como si estuviera en el almuerzo más normal del mundo.
Ni siquiera alza la vista de inmediato.
Deja que Isaura absorba el impacto: la soledad forzada, el lujo vacío, el poder absoluto que implica haber despejado un lugar así para una simple “conversación”.
Solo después de un momento que se siente eterno, Milagros alza lentamente la vista.
Sus ojos, fríos y calculadores, se encuentran con los de Isaura, ocultos tras las gafas de sol.
No hay saludo en ellos.
Solo una evaluación silenciosa y mortal.
El escenario está listo.
La presa ha entrado en la jaula.
El comedor vacío amplifica cada sonido.
El roce del tenedor de Milagros contra el plato suena como un cristal quebrado.
Isaura permanece de pie a varios metros de la mesa, su postura rígida, cargada de una energía nerviosa que choca contra la calma glacial de la escena.
Isaura: (Su voz resuena, demasiado alta para el espacio silencioso, con una mezcla de desafío y una pizca de ansiedad real) ¿Vas a seguir ahí sentada, comiendo como una reina, o me vas a explicar por qué demonios me llamaste?
(Hace una pausa, buscando un terreno común que ya no existe).
Éramos…
somos amigas, ¿no?
Milagros no responde.
Ni siquiera parpadea.
Lleva con elegancia un pequeño bocado a sus labios, mastica con deliberada lentitud y toma un sorgo de agua mineral, dejando la copa de vino intacta por el momento.
Su silencio es un muro.
Isaura: (Da un paso adelante, pero uno de los guardias a la entrada del área del comedor se mueve apenas, un recordatorio sutil pero inequívoco.
Se detiene, frustrada).
¡Milagros!
¡Estoy hablando contigo!
Milagros termina de masticar, coloca suavemente el tenedor en el plato y por fin alza la vista hacia Isaura.
Pero no es para hablar.
Es una mirada larga, analítica, como si examinara un espécimen poco interesante.
Luego, sin prisas, toma su servilleta de lino y se seca las comisuras de los labios con un gesto minucioso.
En el silencio que ella gobierna, es uno de los guardias quien habla.
Su voz es baja, impersonal, pero llega claro a Isaura desde su posición.
Guardia: Espere un momento.
Ella terminará pronto.
La frase es humillante.
La reduce a una espera, a una molestia que debe aguardar su turno en la agenda de Milagros.
La “amiga” ahora es una suplicante ante un trono vacío.
Isaura abre la bocaa para protestar, pero la combinación de la mirada impasible de Milagros —que ahora ha reanudado su comida, ignorándola de nuevo— y la presencia física de los guardias, la hace cerrarla.
Un tic nervioso mueve su mandíbula.
Se cruza de brazos, apretando la mochila Tommy Jeans contra su pecho, el logo “ANXIETY” en su teléfono parece más relevante que nunca.
La partida de poder ha comenzado, y Milagros ni siquiera ha tenido que pronunciar una palabra.
Solo el ruido de su cubierto contra la porcelana y el peso abrumador de un silencio que ella ha comprado y controla por completo.
El último bocado
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