DULCE VENENO - Capítulo 171
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171: Desesperación 171: Desesperación El último bocado desaparece entre los labios perfectamente pintados de Milagros.
El sonido del tenedor al ser depositado suavemente sobre el plato vacío resuena como un punto final.
Un mesero, que parecía materializarse de la nada, se acerca silenciosamente y retira los restos de la comida y la copa de vino, sin alzar la vista.
La mesa queda impecable, solo con un vaso de agua y la servilleta perfectamente doblada al lado de Milagros.
Milagros finalmente dirige toda su atención hacia Isaura.
No es una mirada de reconocimiento, ni siquiera de desprecio abierto.
Es una mirada asesina, fría, plana, que evalúa no a una persona, sino a un problema que debe ser resuelto.
Sus ojos recorren el atuendo grunge de Isaura, la boina Chanel irónica, la funda del teléfono, como si catalogara cada elemento de patetismo.
Cuando habla, su voz es suave, casi un susurro, pero corta el silencioso comedor como un cuchillo de carnicero.
No hay saludo, no hay preámbulos.
Va directo al corazón de la amenaza.
Milagros: (Inclinándose ligeramente hacia adelante, sus manos entrelazadas sobre el mantel blanco) Ya me enteré de lo que le dijiste a mi hermano.
Las palabras no son una pregunta.
Son una acusación.
Y el uso de “mi hermano” es deliberado, cargado.
No dice “Lansky”.
Dice “mi hermano”, reclamando la conexión, sellando el secreto que Isaura amenazó con revelar, y al mismo tiempo, exhibiéndolo ante ella como un arma propia.
Es una demostración de poder: Yo sí puedo nombrarlo.
Tú solo puedes amenazar con él.
La arrogancia no está en el tono, que es casi conversacional, sino en la absoluta certeza, en la posesión del hecho, y en la postura de quien ya conoce todos los movimientos de su oponente y los considera insignificantes.
Su orgullo ni siquiera necesita alzar la voz; se expresa en la economía de sus palabras y en la letalidad de su mirada fija.
La voz de Milagros sigue siendo un susurro aterciopelado, pero cada palabra está impregnada de una psicopatía fría y calculadora.
Su sonrisa es delgada, casi nostálgica, pero sus ojos permanecen muertos.
Milagros: (Jugando con el mango del cuchillo de mesa, la hoja fina reflejando la luz tenue) Somos amigas…
desde que éramos niños.
¿Lo recuerdas?
Lansky, Luzmila, tú y yo.
(Hace una pausa, como saboreando los nombres).
Parecía que nada nos separaría.
Pero veo que esa amistad…
se fue por el desagüe.
(Su tono se vuelve lastimero, pero es una burla siniestra).
Si me amaras y respetaras nuestra amistad, hubieses mantenido esa linda boquita…
cerrada.
Deja el cuchillo sobre la mesa con un clic suave y se inclina aún más, su voz bajando a un registro íntimo y venenoso.
Milagros: Pero no.
Fuiste donde mi hermano.
Mi más grande y amado hermano.
(Pronuncia “amado” con una devoción perturbadora).
Y te atreviste a…
amenazarlo.
Vuelve a tomar el cuchillo, esta vez no jugando, sino sosteniéndolo con una naturalidad escalofriante, como si fuera una extensión de su mano.
Lo gira lentamente, observando cómo la luz baila en el filo.
Milagros: Mi hermano me dijo que te dijo unas palabras.
(Imita un tono de falsa preocupación).
“Ay, Isaurita, por favor, no hagas eso…” Y sabes cómo es él.
Somos gemelos, la misma sangre, el mismo fuego…
(Su sonrisa se ensancha, mostrando demasiados dientes).
Pero sabes muy bien que ambos tenemos métodos…
muy diferentes.
Deja el cuchillo caer sobre el mantel con otro clik seco y levanta la mirada para clavarla directamente en Isaura.
Toda pretensión de nostalgia o juego desaparece.
Su rostro es una máscara de pura crueldad sádica.
Milagros: A él le gusta jugar con la presa.
Disfruta del llanto, de la sumisión, de la esperanza que luego aplasta.
Es un artista.
(Pausa dramática).
Pero a mí…
no.
Se levanta lentamente de su silla, sin apartar la mirada asesina de Isaura.
Su voz ahora es un susurro helado que corta el aire.
Milagros: A mí me gustan los finales limpios.
Rápidos.
Y definitivos.
La amenaza no es un juego para mí, Isaura.
Es un error que se corrige.
Y tú…
cometiste un error muy, muy grande al mencionar a mi hermano.
Se queda de pie, dominando la mesa, el abrigo negro abierto como las alas de un cuervo, el rojo interior brillando como una herida.
No hay rabia en su expresión, sólo una curiosidad mortal y una satisfacción sádica por el terror que está sembrando.
Ha pasado de la camarada de la infancia a la psicópata que ve en Isaura un simple obstáculo que debe ser eliminado con premeditación y afición.
Isaura se hunde en la silla, como si el peso de la mirada de Milagros la estuviera aplastando físicamente.
Por fuera, intenta mantener una fachada de tranquilidad.
Su rostro es una máscara pálida, sus ojos, ahora visibles tras quitarse las gafas de sol por un instante, intentan no parpadear demasiado.
Pero por dentro, el pánico es un tambor que golpea contra sus costillas.
Cruza los brazos con fuerza, apretando una mano contra el brazo opuesto, los nudillos blanqueando bajo la presión.
Es un intento desesperado por contener el temblor que quiere apoderarse de sus extremidades.
Cuando habla, su voz tiene un hilo de aire, un temblor apenas contenido que delata la calma forzada.
Isaura: (Traga saliva, seca) Lo…
lo recuerdo.
A Lansky, a Luz…
(Su voz se quiebra en el nombre de la tercera amiga, como si evocarla fuera peligroso).
Éramos…
niños.
(Hace una pausa, buscando aire).
Pero las cosas…
cambian, Milagros.
La gente…
necesita cosas.
Mira el cuchillo sobre la mesa y luego rápidamente desvía la mirada, como si le quemara.
Aprieta aún más su propio brazo, sintiendo cómo el temblor interno lucha por salir.
Sabe que cada palabra de Milagros no es un reproche, es un veredicto.
Sabe lo que ella es capaz de hacer.
La “Luzmila” que mencionaron no es un recuerdo feliz; es un fantasma que ambas conocen y que Isaura no se atreve a nombrar.
Isaura: (Su voz es ahora un susurro ronco, el miedo filtrándose a pesar de su esfuerzo) Yo no…
no quería hacerle daño a Lansky.
Sólo…
estaba desesperada.
(Busca sus ojos, pero no puede sostener la mirada asesina).
Tú lo sabes.
Tú sabes cómo se ponen las cosas.
Es una súplica disfrazada de explicación.
El “tú lo sabes” es un intento desesperado de apelar a una complicidad que quizás nunca existió, o que Milagros ha pervertido por completo.
Pero incluso al decirlo, Isaura sabe que es inútil.
El silencio cargado, los guardias, el restaurante vacío, la manera en que Milagros juega con el cuchillo…
todo grita que esto no es una negociación entre amigas.
Es una sentencia que se está leyendo en voz alta.
Y ella, sentada allí, intentando que su voz no se rompa y que sus manos no tiemblen, es la condenada.
(Milagros se levanta con la fluidez silenciosa de una sombra.
Sus botines no hacen ruido sobre la alfombra gruesa.
Se desplaza detrás de la silla de Isaura.
Isaura no se atreve a voltear, pero puede sentir su presencia, el frío que parece emanar de ella, el perfume caro que ahora huele a peligro.) Milagros: (Sus manos, con las uñas rojas como sangre seca, se posan suavemente sobre los hombros tensos de Isaura.
Al principio es casi un toque de amiga, pero la presión es firme, ineludible.
Se inclina lentamente hasta que sus labios están a un centímetro del oído de Isaura.
Su aliento es cálido, pero sus palabras son glaciares).
“¿Desesperada, dices?” (Susurra, con una risa suave, casi musical, que eriza la piel).
“La desesperación es tan…
vulgar.
Tan común.
Gente como nosotros, Isaurita…
nosotros no nos desesperamos.
Nosotros…
tomamos.” (Isaura no puede controlarlo.
Un temblor violento recorre su cuerpo, comenzando en la espina dorsal donde siente las manos de Milagros y extendiéndose como una onda de pánico.
Sus piernas, bajo la mesa, comienzan a temblar incontrolablemente, haciendo que la tela de su minifalda se agite.
Aprieta los dientes para que no castañeteen.
Su respiración se vuelve superficial, entrecortada.) Milag
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