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DULCE VENENO - Capítulo 172

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  4. Capítulo 172 - 172 Psicópata
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172: Psicópata 172: Psicópata Milagros: (Nota el estremecimiento bajo sus manos y su sonrisa se ensancha en un gesto de puro placer sádico.

Su voz se vuelve aún más íntima, más lunática, como si compartiera un secreto delirante).

“Mi hermano…

él cree que el miedo es una herramienta para moldear.

Yo…

yo creo que es un regalo.

Un pequeño suspiro, un temblorcito…

es la verdad más pura del alma.

Y ahora mismo, Isaura…

tu alma me está cantando una canción preciosa.” (Sus dedos se hunden un poco más en sus hombros, no para lastimar, sino para afirmar su control, para sentir cada espasmo de terror).

Milagros: “Amenazar a mi gemelo…

fue como ponerle un dedo en el ojo a Dios, cariño.

Y yo…

yo soy su ángel vengador.

Pero no de esos con arpa.

¿Sabes?

(Su tono es de falsa confidencia).

Soy más de la clase que prefiere…

el cuchillo.” (En ese momento, con su mano libre, Milagros desliza suavemente el cuchillo de mesa que estaba sobre el mantel, acercándolo lentamente por el hombro de Isaura, sin tocar su piel, pero dejando que el brillo del acero entre en su campo de visión periférico).

Isaura emite un sonido ahogado, un gemido que no puede contener.

El temblor se convierte en un estremecimiento incontrolable.

El miedo ya no es una emoción; es un estado físico total.

Sabe que está atrapada, no solo en la habitación, sino en la locura calculada y sádica de Milagros.

Cada palabra es una gota de veneno, cada toque una descarga eléctrica de terror.

Y lo peor es la calma, la casi felicidad, con la que Milagros disfruta de su agonía.

Milagros no se inmuta.

Solo chasquea los dedos una vez, un sonido seco que corta el aire.

Inmediatamente, Alejandro se materializa al lado de la mesa.

Con movimientos rápidos, precisos y brutales, agarra la muñeca de Isaura y la aplana contra el mantel blanco inmaculado, extendiendo sus dedos con fuerza.

Isaura: (Grita, luchando inútilamente) ¡No!

¡Suéltame!

Milagros ahora se coloca frente a ella, bloqueando cualquier vista de escape.

Toma el cuchillo con elegancia, como un cirujano eligiendo su herramienta.

Su sonrisa es serena, casi beatífica.

Milagros: (Con un tono de falsa preocupación) Isaura, mantén los dedos abiertos, cielo.

Sería una lástima que, con los nervios, algo…

indeseado ocurriera.

No quisiera que le pase algo a esa manita.

Isaura llora sin control, las lágrimas manchando su boina Chanel y su rostro.

Su cuerpo entero es un temblor incontrolable, pero su mano, bajo el agarre de hierro de Alejandro, está inmóvil y expuesta.

Milagros comienza.

Primero, mueve la punta del cuchillo lentamente entre sus dedos extendidos, sin tocarlos.

El acero frío pasa a milímetros de su piel, un susurro de metal que promete dolor.

Es una tortura psicológica exquisita.

Isaura: (Sollozando, su voz es un hilo roto) Por favor…

para…

no sigas…

Milagros ignora las súplicas.

Aumenta la velocidad.

El movimiento del cuchillo se vuelve un borrón plateado que zigzaguea entre sus dedos, cada vez más rápido, más cerca.

El whoosh-whoosh del aire cortado se mezcla con los jadeos histéricos de Isaura.

Isaura: (Su respiración se acelera hasta convertirse en hiperventilación.

El pánico es total) ¡Para!

¡DETENTE!

¡ESTÁS LOCA!

¡MILAGROS, POR FAVOR!

Su corazón late con tal fuerza que parece querer salírsele del pecho.

El mundo se reduce al brillo del cuchillo y a la sonrisa serena y demencial frente a ella.

Y entonces, Milagros lo hace.

En medio del veloz movimiento, con una precisión aterradora, cambia la trayectoria y clava la punta del cuchillo en el centro de la palma de Isaura.

Isaura emite un grito desgarrador, agudo, que rebota en el comedor vacío.

No es solo de dolor físico, es el sonido del terror absoluto materializado en carne.

Su cuerpo se arquea en un espasmo, pero Alejandro la mantiene firme en su sitio.

Milagros no retira el cuchillo de inmediato.

Lo mantiene allí clavado, presionando ligeramente, mientras observa el rostro contorsionado de Isaura con la fascinación de un científico ante un experimento exitoso.

La locura en sus ojos es luminosa, satisfecha.

Milagros: (Susurrando, mientras la sangre comienza a manchar el mantel blanco) “Shhh…

ahora sí callaste esa linda boquita que tanto amenazaba.

¿Ves?

Los finales limpios.

Rápidos.

Definitivos.” La elegancia del restaurante, el olor a comida fina, todo ha sido reemplazado por el olor a pánico, a sangre y a la sádica satisfacción de Milagros.

El dolor punzante en su palma actúa como un disparador.

Por un instante, el miedo abyecto es reemplazado por una oleada de adrenalina pura y odio hirviente.

Isaura alza la cabeza, sacudiendo las lágrimas y el sudor de su rostro.

Sus ojos, ahora inyectados en sangre y despojados de todo temor, se clavan en Milagros con una mirada que es, por fin, genuinamente asesina.

La humillación, el terror y el dolor físico se fusionan en una furia silenciosa y letal.

Con la mano que no está clavada al mantel, se agarra al borde de la mesa, los nudillos blancos.

Su voz, antes temblorosa, sale ahora como un rugido ronco, cargado de veneno.

Isaura: (Escupe las palabras, cada una como un cuchillo verbal) ¡Psicópata!

(La palabra resuena en el salón vacío).

¡Retorcida, maldita lunática!

Mira su mano, la sangre oscura que se esparce sobre el lino blanco, y luego vuelve a clavar la mirada en Milagros.

No hay súplica en sus ojos ahora, sólo una promesa.

Isaura: ¿Crees que esto me asusta?

¿Que esto me calla?

(Una risa corta, amarga y desquiciada le escapa).

Te equivocas.

Ahora tienes sangre mía en tus manos, Milagros.

Literalmente.

Y la sangre…

grita.

(Su tono baja, se vuelve íntimo y aún más amenazador).

Tu hermanito juguetón no va a poder limpiar esto.Stefanny…

esa niña ingenua que tanto proteges…

algún día va a abrir los ojos.

Y cuando lo haga, voy a estar allí para contarle cómo su madrastra perfecta es una monstrua que juega con cuchillos en restaurantes de tres estrellas.

Inspira profundamente, el dolor de su mano palpitando al ritmo de su ira.

Isaura: Matarme aquí, delante de tus esbirros, solo hará el grito más fuerte.

Mi sangre en este mantel es tu firma, Milagros.

Es la prueba de que la niña que jugaba con Lansky y Luzmila se pudrió por dentro y se convirtió en esto.

(Le sonríe, una mueca de dolor y desafío).

Así que adelante, hermana.

Saca el cuchillo.

Clávalo otra vez.

Cada pinchazo será un rugido más que alguien, en algún lugar, va a escuchar.

Se queda mirándola, desafiante, transformada por el dolor y la rabia de víctima a amenaza.

Sabe que puede no salir viva de esa habitación, pero también sabe que ha plantado una semilla de duda, de peligro, que podría crecer más allá de las paredes del Guy Savoy.

Ha cambiado el juego: ya no se trata sólo de su silencio, sino del eco ensangrentado que su desaparición podría dejar.

La mirada asesina de Milagros no parpadea ante las palabras de Isaura.

Al contrario, se intensifica, como si las amenazas, lejos de enfurecerla, la deleitaran aún más.

La transformación de Isaura de víctima temblorosa a amenaza rabiosa parece ser precisamente el tipo de “juego” que a ella le gusta estirar, torcer y finalmente romper.

Sin decir una palabra, sin alterar su expresión de fría fascinación, Milagros agarra el mango del cuchillo clavado en la palma derecha de Isaura.

Con un movimiento rápido, deliberado y brutal, lo saca.

No es un tirón suave; es una extracción violenta que arranca un nuevo grito de dolor de Isaura.

Pero Milagros no se detiene ahí.

En el mismo movimiento fluido, casi coreográfico en su violencia, gira el cuchillo ensangrentado en el aire y lo clava, con igual precisión sádica, en el centro de la palma izquierda de Isaura, aplastándola contra la mesa con la fuerza del golpe.

Isaura grita de nuevo, un sonido desgarrador que nace del shock y la agonía renovada.

Pero este grito no está acompañado de silencio.

Entre jadeos de dolor, escupe palabras, cada insulto un intento desesperado p

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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