DULCE VENENO - Capítulo 173
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173: Sonrisa 173: Sonrisa Entre jadeos de dolor, escupe palabras, cada insulto un intento desesperado por lastimar con algo más que el acero.
Isaura: (Entre gritos y sollozos) ¡¡PUTA!
¡¡LOCA DE MIERDA!!
¡¡HIJA DE PERRA SICÓPATA!!
Mira fijamente a Milagros, sus ojos llenos de lágrimas de dolor y un odio puro, mientras su sangre ahora mana de ambas manos, manchando el mantel de forma simétrica, macabra.
Isaura: ¡¡¿Ves?!
¡¡Esto es lo que eres!!
¡¡Una asesina!!
¡¡Una enferma!!
¡Lansky tiene una perra rabiosa por hermana y ni siquiera lo sabe!
¡Cristhian se acuesta con un monstruo!
¡¡STEFANNY VIVE CON UNA PSICÓPATA!!
Cada insulto es un intento por rasgar la máscara de elegancia y control, por pintar de verbalmente la escena de horror que están viviendo.
Isaura sabe que su fuerza física está quebrada, así que usa lo único que le queda: la verdad, gritada como un arma, salpicada de sangre y dolor.
Milagros, de pie frente a ella, escucha los insultos con la cabeza ligeramente inclinada, como si apreciara una sinfonía particularmente estridente.
La sangre en el cuchillo, en la mesa, en las manos de Isaura, parece complacerla.
No responde a los insultos.
No necesita hacerlo.
Su respuesta está clavada en la carne de Isaura, escurriendo sobre el lino blanco.
La superioridad de Milagros no está en las palabras; está en el poder absoluto de infligir dolor y en el placer sádico que le produce ver cómo, incluso en su furia final, Isaura no es más que un animal herido pataleando en una trampa de la que no puede escapar.
(Las palabras de Isaura, agudas y envenenadas, encuentran por fin un punto débil en la armadura de hielo de Milagros.
No es el insulto a ella misma lo que causa el efecto; es la mención de Cristhian y Stefanny en ese contexto, la vulgarización de sus relaciones, la imagen grotesca que pinta.
La fría fascinación en los ojos de Milagros se congela y se transforma en algo más oscuro, más personal: una ira silenciosa y letal).
Milagros: (Su voz, por primera vez, pierde el susurro aterciopelado.
No grita, pero es un filo de acero, cortante y claro) Cierra.
La.
Boca.
Isaura, embravecida por el dolor y viendo que por fin ha logrado un impacto, empuja más allá, una sonrisa torcida de triunfo amargo en su rostro.
Isaura: (Jadeando, con voz estridente) ¿Qué pasa, Milagros?
¿La verdad duele?
¿Te imaginas?
Cristhian, tan sofisticado, tan poderoso…
desnudo en la cama con esto.
(Da un respingo de dolor pero sigue).
¿Besando esos labios que acaban de ordenar que me clavaran un cuchillo?
¡Qué romántico!
¡Y Stefanny!
Pobrecita, jugando a la familia perfecta con una madrastra que disfruta clavando cuchillos en la mesa del almuerzo.
¡Debe ser tan agradable cenar contigo!
¡Seguro le cuentas cuentos de hadas sobre cómo despellejaste a tu última “amiga”!
Milagros no se mueve, pero la tensión en su cuerpo es palpable.
Los insultos dirigidos a ella son ruido de fondo.
Pero la profanación de su vida con Cristhian, la burla hacia su rol con Stefanny…
eso toca algo más profundo que su sadismo controlado.
Es un ataque a las fachadas que más cuida, a los pilares de su vida actual.
Isaura, viendo que ha tocado un nervio, lanza la estocada final, su voz cargada de un desprecio visceral: Isaura: ¡Eres una farsa, Milagros!
Un monstruo con ropa de diseñador.
Y tarde o temprano, todos lo verán.
Cristhian lo verá.
Stefanny lo verá.
Y cuando eso pase, estaré allí, aunque sea desde el infierno, para reírme de tu caída.
Porque una cosa es segura: nadie ama a un psicópata.
Solo le tienen miedo.
Y el miedo…
nunca es suficiente.
El comedor queda en silencio, solo roto por la respiración jadeante y entrecortada de Isaura.
Las palabras, como cuchillos verbales, han quedado flotando en el aire cargado, junto con el olor a sangre y miedo.
Milagros la mira, y por primera vez, hay algo más que crueldad calculada en su mirada.
Hay un destello de algo peligroso y personal: la furia de quien ve amenazados no solo sus secretos, sino la narrativa perfecta de su vida.
(El silencio que siguió a las palabras sobre Cristhian y Stefanny es breve.
Isaura, impulsada por la agonía, la rabia y la desesperación de saber que ha tocado un nervio, descarga un torrente de insultos brutales y viscerales.
Ya no hay estrategia, solo el odio puro saliendo a borbotones.) Isaura: (Gritando, escupiendo las palabras con cada jadeo de dolor) ¡¡PERRA!!
¡¡PERRA LOCA, DESQUICIADA!!
¡¡LUNÁTICA DE MIERDA, HIJA DE PUTA!!
(Sus ojos, desenfocados por el dolor y las lágrimas, no se despegan de Milagros, inyectados en sangre.) Isaura: ¡¡Eres una vergüenza!!
¡¡Una cucaracha con abrigo de diseñador!!
¡¡Tu madre debería haberte ahogado al nacer!!
¡¡Sos una mancha, una enfermedad!!
¡¡NADIE te quiere, solo te USAN porque les das MIEDO!!
¡¡Lansky te tiene miedo, yo lo sé!!
¡¡Todos te tienen MIEDO!!
(Cada insulto es más soez, más bajo, buscando en el vocabulario del odio la forma de igualar el dolor físico que siente.
Es un último acto de desafío, una negativa a morir como una víctima silenciosa.) Isaura: ¡¡Tu vida es una MENTIRA!!
¡¡Y vas a morir sola, rodeada de plata y sangre, y NADIE va a llorarte!!
¡¡NADIE!!
¡¡Vas a pudrirte en el infierno que tú misma construiste, MALDITA PSICÓPATA!!
Milagros escucha el torrente.
Ya no hay una sonrisa sádica, ni fascinación.
Su rostro es una máscara de piedra impasible, pero sus ojos…
sus ojos reflejan una comprensión glacial.
Los insultos a su persona, a su naturaleza, ya no importan.
Han pasado a ser ruido.
Lo que Isaura ha hecho, sin saberlo, es confirmar que no hay posibilidad de redención, de silencio comprado o de amenaza contenida.
Isaura ha elegido el odio abierto, la guerra total.
Y para alguien como Milagros, eso no es un problema; es una solución.
Simplifica las cosas.
Cuando la voz ronca y quebrada de Isaura finalmente se desvanece en jadeos y sollozos, exhausta, Milagros se limita a asentir, casi para sí misma, como si hubiera llegado a una conclusión inevitable.
El último insulto ha sellado su destino más firmemente que cualquier amenaza a Lansky.
Ahora, no se trata solo de proteger un secreto.
Se trata de borrar una afrenta, de limpiar una mancha de insolencia y verdad incómoda.
Y Milagros sabe exactamente cómo hacerlo.
(Milagros contempla el rostro contraído de Isaura, bañado en lágrimas, sudor y odio.
Con una calma sobrenatural, toma la servilleta de lino inmaculada de la mesa y se limpia meticulosamente los dedos, uno por uno, eliminando cualquier rastro de sangre que haya podido salpicarla.
Es un ritual de distanciamiento.) Luego, alza la vista y le dirige a Alejandro una mirada.
No es una orden verbal; es una transmisión silenciosa, un entendimiento completo entre dos personas que habitan el mismo mundo de sombras.
La mirada de Milagros es fría, plana, asesina.
Contiene la instrucción y la aprobación para lo que debe suceder.
Milagros: (Su voz es ahora profesional, como la de un médico dando un diagnóstico terminal) Alejandro.
Creo que nuestra querida Isaura…
ya no puede sonreír.
Ayúdala.
(Hace una pausa infinitesimal).
Y luego, déjala en el hospital.
Que reciba la atención…
médica necesaria.
Alejandro asiente una vez, sin un ápice de emoción en su rostro.
Comprende perfectamente.
“Ayúdala” no significa consolarla.
“Ayúdala” es un eufemismo para el castigo final, la firma que Milagros quiere dejar en la carne, más allá de las heridas en las manos.
Mientras Milagros se da la vuelta y camina hacia la salida sin mirar atrás, su abrigo negro ondeando como las alas de un cuervo que abandona el campo de batalla, Alejandro se acerca a Isaura.
Isaura, aturdida por el dolor y el miedo, ve acercarse a Alejandro con el mismo cuchillo ensangrentado.
Sus ojos se abren con terror puro, pero está demasiado débil, demasiado inmovilizada para luchar.
Con una mano, Alejandro le sujeta la cabeza contra el respaldo de la silla.
Con la otra, y con la precisión de un artesano, apoya la
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