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DULCE VENENO - Capítulo 174

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  4. Capítulo 174 - 174 Quirófano
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174: Quirófano 174: Quirófano Apoya la punta del cuchillo en la comisura izquierda de sus labios.

Isaura emite un grito ahogado, un sonido de horror anticipatorio.

Y entonces, corta.

Un tajo limpio, profundo, que se extiende horizontalmente desde la comisura de los labios hacia la mejilla.

Luego, repite el movimiento en el lado derecho.

No es un corte al azar; es deliberado, destinado a crear lo que en el hampa se conoce como una “sonrisa de Glasgow” o una “sonrisa de payaso”, una herida que simula una mueca macabra y permanente, desfigurando el rostro y dañando los músculos de la sonrisa.

La sangre brota inmediatamente, abundante y oscura.

Los gritos de Isaura son ahora sonidos guturales, ahogados por su propia sangre y por el shock insondable.

El dolor es tan agudo y traicionero que supera incluso el de sus manos.

Alejandro da un paso atrás, observando su trabajo con frialdad profesional.

Da una señal a los otros dos hombres.

Estos se acercan, levantan a una Isaura que ya no lucha, que apenas está consciente, un peso inerte de agonía y horror.

La arrastran fuera del comedor, dejando dos manchas de sangre en la alfombra y un rastro escarlata hasta la puerta.

Afuera, la arrojan al asiento trasero del sedán negro.

El viaje al hospital más cercano es silencioso, rápido.

Al llegar, los hombres no entran.

Se detienen en la entrada de urgencias, abren la puerta trasera y tiran el cuerpo tembloroso y ensangrentado de Isaura en la acera fría.

Una enfermera que fumaba cerca de la entrada ve la escena y suelta un grito.

Otras corren.

Su rostro es una máscara de horror: la boca ensanchada en esa sonrisa forzada y sangrante, los labios cortados, la piel pálida como la cera.

Sus manos están destrozadas, las palmas perforadas, la sangre seca y fresca mezclándose.

Es una imagen tan brutal, tan deliberadamente cruel, que las enfermeras se detienen un segundo, paralizadas por la impresión, antes de que el entrenamiento profesional impulse a actuar.

Pero en ese instante de horror compartido, queda claro que esto no fue un accidente.

Fue un mensaje.

Una firma.

Una “ayuda” de parte de Milagros.

La entrada de urgencias es de caos contenido y horror profesional.

Las enfermeras, superando el shock inicial, actúan con rapidez.

Dos de ellas corren con una camilla, colocando con cuidado pero urgencia el cuerpo tembloroso y ensangrentado de Isaura sobre ella.

La sangre de sus manos y de su rostro mancha inmediatamente las sábanas limpias.

La llevan corriendo por los pasillos iluminados por fluorescentes, las ruedas de la camilla chirriando contra el suelo de linóleo.

Otro personal médico se une, pero sus miradas se clavan en las heridas con incredulidad.

Un doctor con bata verde, de mediana edad y con ojos cansados que han visto de todo, se acerca mientras preparan una vía intravenosa.

Se inclina sobre Isaura, y su profesionalismo se quiebra por un segundo.

Sus ojos se fijan primero en las manos: las heridas penetrantes, limpias y precisas en el centro de cada palma.

Luego, su mirada sube al rostro.

La “sonrisa” larga, profunda y sangrante que se extiende desde ambas comisuras de sus labios.

Es una herida deliberada, sádica, destinada no solo a desfigurar, sino a burlarse, a crear una mueca de dolor perpetua.

El doctor se queda paralizado, en shock.

Es la marca de una crueldad que trasciende la violencia callejera común.

Una enfermera a su lado le habla con voz urgente.

Enfermera: “Doctor, presión 90 sobre 60, taquicardia extrema, pérdida de sangre significativa de las heridas de las manos y facial…

Doctor…

¿Doctor?” Pero la voz de la enfermera le llega como un eco distante, apagado por el zumbido de su propia incredulidad.

Sólo ve la carne abierta, la intención malévola detrás de cada corte.

De repente, el doctor reacciona.

Parpadea, sacudiendo la niebla del shock.

Su rostro se endurece en una máscara de determinación profesional.

La vida de la paciente está en juego y, con ella, cualquier esperanza de reconstruir su humanidad.

Doctor: (Su voz es áspera, pero clara y llena de urgencia quirúrgica) ¡Llévenla a quirófano TRES, ahora!

¡Necesitamos tipo y cruzado para cuatro unidades de sangre, anestesia general, y llamen al equipo de cirugía plástica y reconstructiva de guardia!

(Mira las manos de Isaura mientras corren con la camilla).

Tendremos que reparar nervios y tendones…

y Dios…

(su voz se reduce a un susurro mientras observa su rostro) tenemos que hacer algo con eso…

ver si podemos cerrar…

salvar algo…

Se da la vuelta y corre junto a la camilla, dando órdenes adicionales.

El tiempo es músculo, es tejido nervioso, es la frágil posibilidad de que esa “sonrisa” no sea permanente.

Pero incluso en su prisa, el médico sabe que algunas heridas, las que no se ven, las que inflige ese nivel de sadismo calculado, quizás nunca sanen.

El quirófano se convierte en un campo de batalla contra el daño físico, pero la verdadera guerra, la que Isaura trae consigo en sus ojos vidriosos de terror y en su nueva y espantosa mueca, apenas comienza.

El doctor, ahora enfundado en su atuendo estéril, mira el rostro anestesiado de Isaura.

Las heridas en las manos ya han sido atendidas por un colega especialista; vendajes voluminosos las cubren.

Ahora, le toca a él enfrentar lo más difícil: la boca.

Da un suspiro profundo que empaña por un segundo la parte inferior de su mascarilla.

No es un suspiro de cansancio, sino de resignación ante el daño deliberado.

Con manos firmes pero con una tremenda carga de pesar, comienza el meticuloso trabajo.

Con pinzas y solución salina, limpia los bordes irregulares de los cortes, eliminando coágulos y suciedad.

La carne se abre en dos líneas rojas y profundas.

Toma la aguja quirúrgica.

El silencio en el quirófano es pesado, solo roto por las indicaciones breves del doctor y el pitido del monitor.

La primera enfermera que le asiste, una mujer joven, se asusta visiblemente cuando, punto a punto, la aguja y el hilo comienzan a unir los bordes desgarrados de la piel.

No es el procedimiento lo que la asusta; es la imagen resultante.

A medida que los cortes se cierran, no queda una boca normal.

Los labios, tensados y cosidos de manera forzada, se retraen ligeramente.

Los puntos forman unas líneas rígidas y simétricas a cada lado, creando una mueca fija, antinatural, que incluso bajo la anestesia parece una expresión de dolor congelado.

Es una parodia de una sonrisa, una máscara de sufrimiento suturado.

La enfermera aparta la mirada un instante, tragando saliva.

La otra enfermera, de más edad pero igualmente impactada, tiene las manos temblando ligeramente mientras le alcanza la gasa estéril y los apósitos.

No es por incompetencia; es la reacción visceral ante la evidencia física de una maldad tan calculada.

Finalmente, el doctor coloca los últimos puntos, aplica un ungüento antibiótico y cubre las heridas con gasas suaves fijadas con esparadrapo hipoalergénico.

Da un paso atrás, sus hombros caen ligeramente.

Doctor: (Su voz suena cansada y grave a través de la mascarilla, dirigiéndose más a sí mismo que a las enfermeras) Hice lo que pude.

Los cortes…

no estaban parejos.

El daño muscular y nervioso es…

significativo.

(Hace una pausa, mirando su trabajo con una mezcla de frustración profesional y compasión).

Pero logramos cerrar.

Limpiamos.

Es lo más que podemos hacer por ahora.

Fue un gran trabajo en las circunstancias…

un gran trabajo para lo que nos entregaron.

Sus palabras, “un gran trabajo”, no suenan a triunfo.

Suenan a un triste consuelo en medio de una tragedia.

Sabe que lo que ha “arreglado” no es realmente una cura.

Ha convertido una herida abierta y sangrante en una cicatriz que marcará a Isaura de por vida, un recordatorio físico permanente de la crueldad de Milagros.

La sala de operaciones logró salvar una vida, pero no pudo devolver un rostro.

La “sonrisa” de Alejandro, ahora cosida y vendada, se ha convertido en el sello imborrable de su venganza.

Pasillo de recuperación, fuera del quirófano.

La luz

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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