DULCE VENENO - Capítulo 175
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175: Jefatura de policía 175: Jefatura de policía La luz es más tenue.
Isaura, aún sedada, es trasladada en camilla hacia una sala de observación.
Su rostro está ahora parcialmente vendado, las gasas cubren la mitad inferior de su cara y sus manos están envueltas en gruesos apósitos blancos.
En ese momento, dos agentes de policía, un hombre y una mujer con rostros serios y atentos, se acercan.
Han sido alertados por el personal de urgencias sobre la naturaleza sospechosa de las lesiones.
Policía (mujer): (Mostrando su placa al doctor, que acaba de salir del quirófano quitándose la mascarilla) Doctor.
Somos de la Policía Judicial.
¿Es la paciente que ingresaron con heridas faciales y en las manos?
Doctor: (Asiente, su expresión es de cansancio y profunda preocupación) Sí.
Acaba de salir de cirugía.
Está estable, pero las heridas…
son muy graves.
Y deliberadas.
Policía (hombre): (Toma nota) ¿Puede decirnos cómo llegó?
Doctor: (Suspira, frotándose el puente de la nariz) La encontraron tirada en la acera, justo frente a la entrada de Urgencias.
Un coche negro, según el testimonio de una enfermera que lo vio de reojo, se detuvo, bajaron a la paciente y se fueron a gran velocidad.
No hubo placas visibles.
Ella estaba consciente, pero en estado de shock traumático severo, incapaz de hablar.
Perdió mucha sangre.
Policía (mujer): (Intercambia una mirada con su compañero) ¿Traía alguna pertenencia consigo?
Alguna identificación, bolso…
Doctor: (Piensa un momento, luego asiente) Sí.
Tenía una mochila.
Gris, creo.
El personal de admisión la guardó en recepción junto con sus efectos personales antes de que la trajeran a quirófano.
No revisamos el contenido.
Priorizamos la estabilización.
Policía (hombre): (Asiente con aprecio) Gracias, doctor.
Es fundamental.
¿Podemos acceder a la mochila?
Y necesitaremos hablar con la paciente en cuanto esté médicamente capacitada para dar una declaración, aunque sea breve.
Doctor: (Señala hacia el mostrador de recepción) La mochila está allí.
En cuanto a la paciente…
(Mira la camilla que se aleja) les avisaremos.
Pero les advierto, el trauma psicológico es…
monumental.
Y las heridas físicas van a tener un impacto permanente.
Los policías asienten, comprendiendo la gravedad.
Se dirigen a recepción, donde una auxiliar les entrega la mochila Tommy Jeans gris claro.
Es un objeto mundano, juvenil, que contrasta brutalmente con la violencia infligida a su dueña.
Dentro de ella, entre lo que probablemente sean objetos personales comunes, podría estar la clave—un teléfono, una cartera, algo—que conecte a Isaura con su vida anterior y, quizás, con las personas que quisieron borrar su sonrisa para siempre.
Es el primer hilo tangible en una investigación que acaba de comenzar, y que se topa de frente con el muro de silencio y poder que personas como Milagros saben construir.
Mostrador de recepción del hospital.
Los dos policías se colocan guantes de látex azul con la seriedad de un ritual.
Extienden la mochila Tommy Jeans sobre una superficie limpia y comienzan la revisión metódica.
Extraen los objetos con cuidado: unos labiales gastados, pañuelos, un cargador, unas llaves.
Luego, encuentran la billetera.
Es de cuero sencillo.
La abren.
Dentro, además de algo de efectivo y una tarjeta de identificación francesa provisional a nombre de Isaura Mendes, hay una foto.
Es una instantánea impresa, algo descolorida por el tiempo.
En ella aparecen dos chicas más jóvenes, abrazadas, sonriendo a la cámara con una intimidad que habla de una amistad profunda.
Una es, inconfundiblemente, una Isaura adolescente, con el mismo pelo oscuro y una sonrisa despreocupada que ahora ha sido cosida de manera grotesca.
La otra…
Policía (mujer): (Señala la foto, sus ojos se estrechan) Mira.
¿La reconoces?
Policía (hombre): (Estudia el rostro de la otra joven.
Los rasgos son distintos, pero hay algo en la mirada, en la estructura ósea…) No estoy seguro.
Pero no es una desconocida cualquiera.
Se veían muy unidas.
¿Una amiga de la infancia?
¿Una hermana?
Policía (mujera): (Toma una foto de la foto con su teléfono móvil policial) Sea quien sea, es nuestro primer vínculo sólido.
Hay que identificarla.
Averiguar quién es y qué relación tiene o tenía con la víctima.
Podría ser clave: una confidente, una antigua amiga…
o todo lo contrario.
Continúan revisando.
Encuentran el teléfono móvil.
Lo encienden.
La pantalla se ilumina, mostrando un fondo de pantalla abstracto y, encima, la petición de un código de desbloqueo o reconocimiento facial —una opción ahora imposible dado el estado del rostro de Isaura.
Policía (hombre): (Suspira) Bloqueado.
Por supuesto.
(Mira a su compañera).
Esto va para el laboratorio de informática forense.
A ver si pueden saltarse la seguridad sin borrar datos.
Metódicamente, colocan el teléfono y la billetera con la foto dentro de una bolsita de evidencia transparente, sellándola y rotulándola con la fecha, hora y sus iniciales.
Policía (mujer): (Dirigiéndose al personal de recepción) Necesitamos que nos notifiquen en cuanto la paciente Isaura Mendes esté en condiciones de responder, aunque sea a preguntas muy básicas.
Es urgente.
Policía (hombre): (Recogiendo la bolsa de evidencia) Vamos a la jefatura.
Hay que poner en marcha la identificación de la mujer de la foto y mandar esto a los técnicos.
Alguien hizo esto, y esa foto podría ser el hilo para empezar a tirar.
Salen del hospital, la bolsa de evidencia colgando de la mano del agente como un objeto pesado, lleno de preguntas.
La imagen de las dos chicas sonrientes, congelada en un pasado feliz, es ahora la pieza central de una investigación que busca descifrar qué oscuridad convirtió esa amistad en el motivo de una tortura despiadada.
El camino desde la recepción del hospital hasta la jefatura de policía es el primer paso en un laberinto que probablemente lleve a lugares muy poderosos y muy oscuros.
Jefatura de Policía.
Primer piso, área de recepción de evidencias.
Los dos agentes entregan la bolsa de evidencia con la billetera y la foto al oficial de turno, un hombre con aspecto de haberlo visto todo y aún así mantener una chispa de determinación.
Policía (mujer): (Señalando la foto dentro de la bolsa) Esta es prioridad.
Necesitamos identificación completa de la mujer que aparece con la víctima.
Nombre, dirección, antecedentes, vínculos.
Todo.
Podría ser nuestra mejor pista.
Oficial de turno: (Asiente, tomando la bolsa con cuidado) Entendido.
La pondré en el sistema y la pasaré a investigación de antecedentes.
Si está en alguna base de datos, la encontraremos.
Segundo piso, Laboratorio de Informática Forense.
Es un espacio lleno de monitores, cables y un zumbido constante de equipos.
Los agentes se acercan a un técnico, un hombre joven con audífonos y concentrado en varias líneas de código en su pantalla.
Policía (hombre): (Colocando la bolsa con el teléfono sobre la mesa) Oye, Lucas.
Necesitamos que le eches un vistazo a esto.
Urgente.
Es el celular de la víctima del caso de la mutilación facial.
Lucas (el técnico): (Sin quitar los ojos de su pantalla, hace un gesto con la mano) Uh-huh.
Sí, claro.
Déjamelo ahí.
Tengo tres discos duros que recuperar para el caso de fraude y un teléfono de ese tiroteo en el distrito 11.
Puede tomar un par de horas.
Policía (mujer): (Su paciencia, ya fina por la brutalidad del caso, se rompe.
Golpea suavemente la mesa con el puño para llamar su atención) ¡Lucas!
¡Ahora mismo!
(Su tono es firme, cargado de una urgencia moral).
Esa chica ahí abajo, en el hospital, tiene la cara cosida.
Alguien le cortó una sonrisa de oreja a oreja.
Perdió litros de sangre.
Y este teléfono (señala la bolsa) podría decirnos quién, o al menos llevarnos a quién.
Cada segundo que ese cabrón está suelto es un segundo que se ríe de nosotros.
¡Quiero saber!
Así que desconecta lo que tengas y ponte con esto.
AHORA.
Su voz no solo transmite autoridad, sino una rabia genuina y compasiva por la víctima.
Lucas finalmente la mira, quitándose un audífono.
Ve la intensidad en sus ojos y asiente, sin más discusión.
La gravedad del caso traspasa la rutina del laboratorio.
Lucas: (Suspira, guarda su trabajo actual) Está bien, está bien.
Tranquila.
Dame eso.
Toma la bolsa de evide
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