DULCE VENENO - Capítulo 178
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178: Café Procope 178: Café Procope La preocupa la noticia, pero no se inmuta ante la acusación implícita.
Es la reacción de una ciudadana preocupada y cooperativa, con una vida demasiado impecable como para estar relacionada con algo tan sórdido.
El escenario está listo para un duelo de voluntades entre la evidencia circunstancial y una fachada de acero pulido.
La tensión en el lujoso salón es palpable.
La fachada de Milagros es tan perfecta que resulta desconcertante.
Los policías intercambian una mirada rápida, sabiendo que están ante una mentirosa de primer nivel o, en el escenario más aterrador, ante alguien que realmente cree su propia ficción.
Policía (mujer): (Avanza un poco más, su voz se vuelve más directa) Sra.
Milagros , entiendo que eran amigas.
Pero en casos como estos, debemos explorar todos los ángulos.
¿Había algún…
resentimiento entre ustedes?
¿Algo del pasado que pudiera haber causado fricción?
¿Odiaba usted a Isaura en algún momento?
Milagros: (Deja escapar una risa suave, educada, como si la pregunta fuera tan absurda que resultara casi ofensiva.
Se ajusta un guante burdeos) ¿Odiarla?
Agentes, por favor.
Isaura era como una hermana para mí.
Lansky, ella, Luzmila y yo…
éramos inseparables.
(Su voz se suaviza con una nostalgia que parece genuina).
Los lazos de la infancia no se rompen con el odio.
Se…
atenúan con el tiempo y las circunstancias.
Nunca, jamás, le haría daño.
La quise.
Y en cierto modo, todavía la quiero, como se quiere a un miembro de la familia que se ha extraviado.
Policía (hombre): (Aprovecha la apertura emocional, aunque sospecha que es calculada) Entonces, ¿qué conversaron exactamente ayer?
En detalle, por favor.
Podría ser importante.
Milagros: (Asiente, con una expresión de concentración, como si estuviera recordando con cariño) Fue una conversación muy íntima, nostálgica.
Hablamos de nuestros juegos de niños, de las travesuras que hacíamos…
(Una sonrisa melancólica).
De lo diferentes que éramos: ella siempre tan audaz, yo más…
reservada.
Hablamos de lo lejos que hemos llegado.
(Extiende una mano, abarcando la mansión con un gesto sutil).
Ella me contó algunos de sus proyectos, yo le hablé un poco de mi vida aquí.
De lo afortunada que soy de tener a Cristhian, de la paz que he encontrado.
Hace una pausa, mirando a los policías con una sinceridad desarmante.
Milagros: Fue…
catártico.
Como cerrar un ciclo con cariño.
Le deseé lo mejor, le dije que siempre tendría un amiga en mí si necesitaba algo.
Y ella…
ella me sonrió, me agradeció el almuerzo y se fue.
(Su rostro se ensombrece con la “preocupación” genuina).
Pensé que habíamos reencontrado un poco de esa conexión.
Saber que horas después…
(Se interrumpe, llevándose la mano enguantada a los labios, un gesto de consternación perfecto).
Es desgarrador.
Su relato es coherente, emotivo y se alinea perfectamente con la imagen de las cámaras: una reunión entre viejas amigas que ponen al día sus vidas.
No hay odio, solo nostalgia y buenos deseos.
Cierra cualquier posibilidad de motivo con la elegancia de quien cierra un libro.
Policía (mujer): (No se deja convencer, pero sabe que sin más pruebas, esta línea de interrogatorio está muerta).
Entiendo.
¿Y puede decirnos a dónde se dirigió ella después?
¿Si mencionó algún plan, algún encuentro?
Milagros: (Sacude la cabeza con suavidad) Lo siento, no lo mencionó.
Solo dijo que tenía “cosas que resolver”.
Yo asumí que era algo de trabajo.
Como les dije, nos despedimos en la puerta del restaurante.
Ella se fue por su lado, y yo por el mío.
(Hace una pausa y añade, como si se le ocurriera de repente).
¿Han revisado las cámaras de seguridad del Guy Savoy?
Seguro que captaron nuestra salida.
Quizás muestren hacia dónde se dirigió.
La sugerencia es un golpe maestro.
Sabe que ellos ya vieron esas cámaras y que la grabación la favorece.
Al sugerirlo, parece una ciudadana cooperativa que quiere ayudar, mientras que en realidad está guiándolos hacia la evidencia que ella misma ha manipulado para su inocencia.
El interrogatorio ha llegado a un punto muerto.
Milagros ha construido un muro de duelo nostálgico y cooperación superficial que, por ahora, es impenetrable.
Los policías se van con las manos vacías y la inquietante certeza de que están lidiando con una criminal de una inteligencia y frialdad aterradoras, o con la actriz más convincente que han conocido.
La habitación de Stefanny, por la tarde.
Está sentada en el borde de su cama, mirando fijamente su teléfono.
Su rostro está pálido, sus ojos tienen unas leves ojeras.
El peso de la promesa a Lansky y el dolor de lo que está a punto de hacer la oprimen.
Toma el teléfono con manos que intentan no temblar.
Abre WhatsApp y encuentra el chat con Marilú.
Su corazón se acelera.
Escribe, borra, vuelve a escribir.
Finalmente, envía el mensaje: [Stefanny]: Hola Mari.
¿Estás libre?
Necesito…
necesito verte.
Necesito hablar contigo.
La respuesta de Marilú es casi inmediata, llena de la energía y preocupación característica de su amiga.
[Marilú]: ¡Stefa!
Claro que sí, cielo.
¿Qué pasa?
Suenas rara.
¿Ocurrió algo?
¿Estás bien?
😟 Stefanny cierra los ojos, sintiendo un nudo en la garganta.
No puede decírselo por mensaje.
No tiene el valor.
Tiene que hacerlo cara a cara, ver sus ojos, aunque sea para destruir su amistad.
Elige un lugar que duele por su simbolismo: el lugar donde tantas veces han reído y compartido secretos.
[Stefanny]: No…
no por mensaje.
Por favor.
¿Podemos vernos?
En el Café Procope.
¿En una hora?
El Café Procope.
El café más antiguo de París, lleno de historia, de ecos de revoluciones y conversaciones íntimas.
Su sitio favorito para confidencias.
Hay una pausa más larga del otro lado.
Marilú debe sentir que algo grave se cuece.
[Marilú]: Vale.
En una hora.
Allí estaré.
Pero, Stefanny…
pase lo que pase, estoy aquí para ti, ¿ok?
💙 Esas últimas palabras, llenas de amor incondicional, son como un cuchillo en el corazón de Stefanny.
Asiente ante la pantalla, una lágrima solitaria escapándosele y cayendo sobre la funda del teléfono.
No responde.
No puede.
Se levanta y comienza a vestirse mecánicamente, eligiendo un conjunto simple.
Cada movimiento es un esfuerzo.
Está a punto de emprender el viaje más corto y doloroso de su vida: unos pocos kilómetros a través de París para decirle adiós a su mejor amiga, cargando en su pecho una mentira y el peso de la orden de Lansky.
El Café Procope, testigo de tantas risas, está a punto de presenciar su final.
Café Procope, interior.
La atmósfera es la de siempre: madera oscura, espejos antiguos, el murmullo de conversaciones y el aroma a café de siempre.
Pero para Stefanny, hoy es diferente.
Desde la puerta, ve a Marilú sentada en su mesa habitual, cerca de una ventana.
Como siempre, Marilú ha convertido la cita en una ocasión.
Su traje satinado oscuro con el cinturón que define su cintura y los pantalones de pierna ancha la hacen ver como una ejecutiva de vanguardia o una artista de éxito.
El collar de eslabones circulares y las sandalias con pedrería añaden toques de personalidad atrevida.
Las gafas de sol inusuales descansan sobre su cabello, y tiene un clutch negro elegante a su lado.
Se ve impecable, expectante, y con esa chispa de preocupación cariñosa en los ojos que Stefanny conoce tan bien.
Stefanny, por el contrario, parece haber vestido una armadura emocional.
Su top de malla metálica que deja ver su abdomen y los pantalones de cuero negro de pierna ancha son un look poderoso, casi defensivo.
El cinturón ancho de cuero, los anillos plateados y negros que cubren sus dedos, las gafas de sol futuristas y el bolso Alexander McQueen con los nudillos son escudos.
Pero detrás de las gafas, sus ojos están hinchados y su postura, aunque trata de parecer segura, es rígida.
Marilú la ve acercarse y su rostro se ilumina con una sonrisa de alivio, que rápidamente se transforma en preocupación al ver la expresión de Stefanny.
Se levanta.
Marilú: (Con voz suave pero cargada de emoción) Stefa…
aquí estás.
(La mira de arriba
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