DULCE VENENO - Capítulo 179
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179: Roptura 179: Roptura (La mira de arriba abajo).
Dios, te ves…
increíble.
Pero también…
¿estás bien?
Stefanny se quita las gafas de sol, revelando sus ojos rojos y el agotamiento que no puede ocultar.
Se sienta frente a Marilú, colocando el bolso con los nudillos sobre la mesa como un objeto pesado.
Stefanny: (Su voz sale rasposa, apenas un suspiro) Hola, Mari.
Gracias por venir.Marilú: (Extiende una mano para tomar la de Stefanny, pero se detiene al ver la barrera de anillos y la tensión en sus nudillos) Por supuesto que vine.
Me asustaste con el mensaje.
Dime qué pasa.
¿Es Lansky?
¿Tu papá?
¿Milagros?
El nombre de Milagros hace que Stefanny parpadee rápidamente, pero no responde a eso.
Toma un sorbo del agua que ya estaba servida en la mesa, tratando de encontrar fuerza.
Stefanny: (Mira directamente a Marilú, sus ojos llenos de un dolor profundo) Mari…
esto es…
lo más difícil que he tenido que hacer.
Marilú: (Su expresión se endurece, preparándose para lo peor.
Su mano se retrae y se apoya sobre su clutch) Dímelo, Stefa.
Sea lo que sea, lo enfrentamos juntas.
Como siempre.
Esas últimas palabras, “como siempre”, resuenan como un eco de todo lo que están a punto de perder.
Stefanny cierra los ojos un segundo, acumulando el valor para pronunciar la sentencia que Lansky le ordenó dictar.
El contraste entre la elegancia preocupada de Marilú y la armadura angustiada de Stefanny crea una escena desgarradora en el corazón del café más histórico de París.
La verdad, o la versión envenenada que Stefanny debe contar, está a punto de salir a la luz.
(La tensión en la mesa del Café Procope es tan densa que parece ahogar el murmullo del lugar.
Stefanny ha dicho las palabras.
Marilú las está procesando, su rostro pasando de la incredulidad a una furia creciente.) Marilú: (Su voz es un susurro cargado de electricidad) ¿Qué…
qué acabas de decir?
Stefanny: (Mira su vaso de agua, incapaz de sostener su mirada) Que ya no…
que ya no podemos ser amigas, Mari.
Marilú: (Da una palmada suave pero seca sobre la mesa, haciendo saltar los cubiertos) ¡¿Por qué?!
¡Dime por qué, Stefanny!
¡Después de toda una vida!
¿Por una pelea?
¿Por algo que dije?
¡DIMELO!
Stefanny: (Agita la cabeza, su voz es un hilo de dolor) No es algo que hayas hecho.
Es…
yo.
Necesito enfocarme en otras cosas.
En mi vida con Lansky, en…
en mi familia.
Es diferente ahora.
Marilú: (Se inclina sobre la mesa, sus ojos brillando con lágrimas de rabia) “Otras cosas”.
“Enfocarme”.
¡Esa no eres tú hablando, Stefa!
¡Esa es la programación de ese hombre!
(Su voz se quiebra).
Dime la verdad.
¿Fue Lansky?
¿Él te dijo que te alejaras de mí?
Stefanny guarda silencio.
Es un silencio elocuente, culpable.
No niega.
No puede.
Sólo mira su vaso, sus anillos apretándose contra la madera de la mesa.
El silencio es la confirmación que Marilú necesitaba.
Su dolor se transforma en una ira pura y caliente.
Marilú: (Se levanta de un salto, su silla chirría contra el piso.
Su voz ya no es un susurro; es un grito que hace que varias cabezas se giren en el café) ¡¡ENTONCES ES VERDAD!!
¡¡ÉL TE LO ORDENÓ Y TÚ VINISTE AQUÍ COMO SU PERRA OBEDIENTE A DARME LAS GRACIAS Y DESPEDIRTE!!
Stefanny no dice nada.
En lugar de eso, cierra los ojos con fuerza, como si pudiera bloquear las palabras.
Y entonces, en un acto de desesperación pura, de rendición total, comienza a cantar.
Su voz es baja, temblorosa, pero las letras de la canción “Con los ojos cerrados” (de Greeicy y Mike Bahía) llenan el espacio entre ellas con una declaración patética y reveladora.
“Todos quieren que me aleje de él…
Que es de lo peor y no me quiere bien…
Dicen que me envuelve el cerebro…
Con el fin de enredarse en mi cuerpo…” Marilú la escucha, al principio atónita, luego con una incredulidad que se convierte en furia hirviente.
Stefanny no está defendiéndose; está justificándose con una canción de amor ciego.
Está admitiendo que el mundo le dice que Lansky es malo, pero que ella elige creerle.
Stefanny continúa, su voz subiendo un poco en el estribillo, sus ojos aún cerrados, derramando lágrimas ahora: “Y le creo, le creo, le creo…
Le creo cuando dice ‘te quiero’…
Le creo que su amor será eterno…
Le creo que es el hombre más bueno…” Marilú no puede soportarlo más.
El espectáculo de sumisión, la canción como himno de una secta, rompe su último límite.
Marilú: (Gritando, interrumpiendo la canción, señalándola con un dedo tembloroso) ¡¡BASTA!!
¡¡CÁLLATE!!
(Las lágrimas de rabia corren por su rostro, manchando su impecable maquillaje).
¡¿VES?!
¡¿LO VES?!
¡ESTÁS LOCA!
¡LOCA DE ATAR POR CREER EN ÉL!
¡ÉL TE HA VUELTO IDIOTA, SUMISA, UNA MARIONETA!
¡Y TÚ VENGS AQUÍ A CANTARME TUS TONTERÍAS EN LUGAR DE TENER LOS HUEVOS DE DEFENDER NUESTRA AMISTAD!
Stefanny deja de cantar, abriendo los ojos, mirando a Marilú a través de un velo de lágrimas, pero ya no con dolor, sino con una resignación vacía.
La canción fue su única respuesta, su única verdad.
Marilú: (Recoge su clutch con un movimiento brusco, su voz ahora es un rugido roto y lleno de desprecio) ¿Sabes qué, Stefanny?
TENÍA RAZÓN.
Él es lo peor.
Y tú…
tú te lo mereces.
Te mereces esa jaula dorada y esa soledad que él te está construyendo.
Porque cuando te des cuenta de lo que has perdido hoy, cuando necesites una amiga de verdad y sólo tengas sus mentiras y su control, yo ya no estaré allí.
¡Quédate con tu canción y con tu verdugo!
Da media vuelta y sale del café con pasos furiosos, dejando a Stefanny sola en medio del silencio consternado del lugar, la letra de la canción aún flotando en el aire como un fantasma de la amistad que acaba de destruir con sus propias manos.
La ruptura es total, brutal, y cargada con la certeza de que Marilú tiene toda la razón.
Un sedán negro, discreto pero lujoso, está estacionado a media cuadra, con los vidrios polarizados.
En el asiento trasero, Lansky observa la entrada del café.
Acaba de ver salir a Marilú como un vendaval, con el rostro destrozado por la ira y las lágrimas, alejándose a pasos rápidos y furiosos.
Una sonrisa lenta, profunda y sádica se dibuja en sus labios.
No es una sonrisa de alegría simple; es la expresión de un triunfo absoluto, de una posesión reafirmada.
Sabe lo que acaba de ocurrir en ese café.
Sabe que su orden ha sido cumplida al pie de la letra.
Dentro, a través del cristal de la ventana del café, puede ver la silueta de Stefanny.
Está hundida en su silla, la cabeza gacha, los hombros sacudidos por sollozos silenciosos.
La imagen de su dolor es clara incluso a la distancia.
Lansky (para sí mismo, en un murmullo cargado de satisfacción malsana): “Ahí estás, mi cielito…
Limpiando las últimas lágrimas por el pasado.
Duele, ¿verdad?
Romper algo tan viejo…
pero es necesario.
Un jardín hermoso necesita poda.” Observa cómo Stefanny se queda allí, inmóvil, durante unos minutos más, como si el peso de lo que acaba de hacer la hubiera anclado al suelo.
Él no se mueve.
No va a consolarla…
aún.
Deja que el dolor haga su trabajo, que queme los últimos puentes en su mente, que la deje vacía y vulnerable.
Ese vacío es lo que él luego llenará.
Finalmente, ve que Stefanny se levanta con movimientos lentos, como si le pesaran los huesos.
Toma su bolso Alexander McQueen, se pone las gafas de sol futuristas (una máscara para ocultar los ojos hinchados) y sale a la calle.
Camina sin rumbo fijo, perdida.
Lansky da una orden suave al conductor.
El coche se enciende y comienza a avanzar lentamente, manteniendo una distancia discreta, siguiendo a Stefanny como un halcón que observa a su presa herida, asegurándose de que no tenga a dónde escapar, de que el
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