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DULCE VENENO - Capítulo 182

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182: Ligero 182: Ligero Se miran, empapados en la complicidad de su secreto, en el alivio de haber esquivado una bala juntos, y en la peligrosa, obsesiva dependencia que los une mucho más allá de los lazos de sangre.

La oficina ya no es un lugar de trabajo; es el santuario de su alianza tóxica, sellada con un abrazo que era más una reclamación que un saludo.

El mundo exterior, con sus policías y sus preguntas, parece muy lejano frente a la realidad distorsionada que ellos dos habitan y controlan.

La tensión en la oficina se condensa, pasando de la complicidad a una carga eléctrica y carnal.

El abrazo de Lansky ya no es solo un refugio; es una demanda.

Su respiración, antes agitada por la tensión, ahora se vuelve más profunda, más intencional contra la piel del cuello de Milagros.

Lansky comienza a besar su cuello.

No son besos suaves o exploratorios; son marcas, posesivas y húmedas, que trazan un camino desde justo debajo de su oreja hasta la base de su clavícula.

Cada contacto de sus labios es una reafirmación silenciosa: mía, mía, mía.

Su mano, ya afirmada en su trasero, aprieta con más fuerza, los dedos hundiéndose en la tela drapeada de la falda beige, moldeando la carne debajo con una intensidad que bordea lo doloroso.

Es un gesto de control absoluto, de querer sentirla, poseerla, en el sentido más físico y primitivo.

Luego, frota sus caderas contra las de ella.

El movimiento es lento, deliberado, insinuante.

No hay sutileza.

Quiere, necesita, que ella sienta la dureza evidente que presiona contra su abdomen bajo el elegante pantalón caqui.

Es una declaración física inconfundible de su excitación, alimentada por el peligro recién evitado, por el poder que comparten y por la obsesión pura que Milagros representa para él.

Milagros no se aparta.

Permanece inmóvil por un momento, aceptando la embestida.

Su respiración se acelera levemente, un suspiro casi imperceptible escapando de sus labios.

Su mano, que estaba acariciando su cabello, se detiene, y sus dedos se enredan en él, no para alejarlo, sino para anclarlo más a ella.

Milagros: (Susurra, su voz es un hilo de seda cargado de electricidad) Cuidado, Lansky…

los vidrios de tu oficina no son tan opacos como crees.

No es un rechazo.

Es una advertencia pragmática, pero dicha con un tono que suena a invitación en este contexto.

Sabe lo que está haciendo, lo que está provocando, y juega con el riesgo.

Lansky: (Responde entre besos, su voz grave y distorsionada por la pasión y la posesión) Que miren.

Que vean a quién pertenezco.

A quién pertenecemos.

Su obsesión es palpable, un vapor que llena la habitación.

No es solo deseo; es la necesidad de fusionarse con ella, de que el mundo—empezando por los que podrían estar mirando desde los rascacielos vecinos—sepa que esta mujer, su hermana, su cómplice, su igual en la oscuridad, es el centro de su universo retorcido.

La línea entre el amor fraternal pervertido, la dependencia criminal y la lujuria pura se desvanece por completo en ese instante, mientras él la sostiene contra sí, marcándola y demostrando su excitación como un animal que reclama a su pareja en medio de la guarida que han defendido juntos.

La advertencia de Milagros sobre los vidrios parece haber sido la chispa que faltaba, no un freno.

Con un movimiento rápido y decidido, ella cambia la dinámica.

Milagros entrelaza sus dedos en el cabello de Lansky y, con una fuerza sorprendente, jala su cabeza hacia atrás, alejando su boca de su cuello y exponiendo su rostro.

No hay dolor en sus ojos, sólo una fiebre oscura y reflectante de la suya.

Sin soltarlo, ella cierra la distancia y lo besa.

No es un beso; es un ataque.

Sus labios se aplastan contra los de él con una urgencia salvaje, sus dientes chocan, es un forcejeo de lengua y deseo.

Es un beso que sabe a sangre (metálica, imaginaria), a peligro y a una historia compartida que nadie más conoce.

Lansky responde de inmediato, con igual ferocidad.

Devuelve el beso, su lengua luchando y bailando con la de ella en un duelo húmedo y posesivo.

Un gruñido gutural surge de su garganta.

Su mano, la que no está en su trasero, se enreda en su cabello, tirando también, igualando su fuerza, negándose a ser dominado incluso en esto.

Luego, su mano que ya estaba en su trasero se desliza bajo la tela drapeada de su falda midi.

Encuentra la piel caliente de su muslo, luego la curva de su nalga, solo cubierta por la tela fina de su ropa interior.

Aprieta, no con suavidad, sino con una necesidad brutal, levantando sus caderas hacia él para eliminar el último espacio entre sus cuerpos.

Una vez que la tiene en la posición que quiere, se frota contra ella con fuerza, la evidente y dura evidencia de su excitación presionando contra el centro de su cuerpo a través de las capas de tela.

Es un movimiento primitivo, de afirmación, de fricción buscando alivio y dominio al mismo tiempo.

La oficina, con sus vistas a la ciudad, deja de existir.

Solo existen el calor de sus cuerpos entrelazados, el sonido de sus respiraciones entrecortadas y besos húmedos, y la tensión eléctrica de una pasión que es tan tóxica y retorcida como el secreto que los une.

Es la culminación física de su obsesión compartida, un acto que borra cualquier línea restante y los funde en una sola entidad de deseo y poder pervertidos.

Ella jadeó, un pequeño sonido perdido en la inmensidad de la habitación.

La levantó, con su cuerpo ligero en sus brazos, y la depositó sobre el enorme escritorio de caoba.

La superficie pulida, normalmente reservada para libros de contabilidad y contratos ilícitos, ahora soportaba su peso.

Él estaba de pie sobre ella, una sombra eclipsando la tenue luz que se filtraba por la ventana mugrienta.

Sus manos se dirigieron a los botones de su blusa, desabrochándolos con una precisión casi quirúrgica.

La tela se separó, revelando la suave curva de sus pechos.

Le quitó la blusa, luego la falda, la suave tela susurrando al caer al suelo.

Le siguió su delicada ropa interior de encaje, dejándola completamente expuesta, un marcado contraste con la madera oscura.

“Te ves…

perfecta”, murmuró, su voz un gruñido bajo que vibró por la silenciosa habitación.

Se despojó de su propia ropa con una eficiencia practicada.

Su camisa, sus pantalones, sus bóxers: cada pieza cayó al suelo, formando un pequeño montón a sus pies.

Su pene, grueso y congestionado, se liberó, palpitando con vida propia.

Se acercó más, sus poderosas piernas separando las de ella.

Ella yacía allí, con la respiración entrecortada, los ojos fijos en él.

Se inclinó, su áspera barba rozando la parte interior de su muslo.

Su coño, un delicado nudo de carne, brillaba, ya resbaladizo por la anticipación.

Bajó la cabeza, sacando la lengua, saboreándola.

Una sacudida la recorrió, un escalofrío primario que empezó en lo más profundo de su ser y se extendió hacia afuera.

“Ah…

oh, Dios…”, jadeó Milagros, arqueando ligeramente las caderas.

Él succionó, su boca un vacío caliente alrededor de su clítoris.

Su lengua trabajaba con una intensidad furiosa, arremolinándose y presionando, arrancándole un gemido.

El sonido era crudo, desinhibido, llenando la oficina.

“Más rápido”, suplicó, con la voz ronca, casi irreconocible.

“Chupa más rápido, Lansky…

por favor”.

Él obedeció, acelerando el ritmo.

Su lengua se convirtió en una mancha borrosa, un asalto implacable a su piel sensible.

Sus gemidos se hicieron más fuertes, más frenéticos, su cuerpo se retorcía sobre el escritorio.

Sus piernas rodearon su cabeza, atrayéndolo más profundo, exigiendo más.

El aroma de su excitación, almizclado y dulce, llenó sus fosas nasales, embriagándolo.

Su clímax se apoderó de él, una ola gigante que amenazaba con romperse.

Sus dedos se clavaron en su cabello, tirando, animándolo.

Justo cuando su cuerpo se tensaba, al borde de la liberación, él se apartó.

Un grito de frustración escapó de su garganta.

Él se enderezó, con

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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