DULCE VENENO - Capítulo 183
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183: Perverso 183: Perverso Él se enderezó, con la mirada clavada en ella.Una sonrisa maliciosa se dibujaba en sus labios.
La agarró por las caderas, hundiendo los dedos en la suave carne.
Sus piernas seguían abiertas, su coño al descubierto, palpitando por sus caricias.
Se colocó sobre ella, con su polla, una lanza gruesa y rígida.
Entonces, con un gruñido salvaje, empujó.
La penetró con una sola embestida, contundente.
Un grito agudo escapó de sus labios cuando la penetró, llenándola por completo.
El sonido de la carne húmeda estirándose, del aire al ser expulsado, resonó en la repentina quietud.
Hizo una pausa, dejándola adaptarse, dejando que la conmoción la recorriera.
Sus ojos no se apartaron de los de ella, un desafío silencioso cruzándose entre ellos.
Las uñas de Milagros se arrastraron por la espalda de Lansky, valles poco profundos que florecieron carmesí bajo su tacto.
Su respiración se entrecortó, un sonido áspero que le desgarró la garganta, perdido en la agonía del placer y el calor sofocante de la oficina.
Las luces fluorescentes zumbaban sobre ellos, un contrapunto estéril a la danza cruda y animal que ejecutaban sobre el escritorio de caoba pulida.
Papeles esparcidos, un testimonio silencioso de la conmoción.
“Más fuerte”, dijo Milagros con voz áspera, un susurro frágil contra el latido en sus oídos.
Sus caderas se sacudieron, una súplica desesperada por una penetración más profunda, por la fricción que la acercara al precipicio.
Lansky gruñó, un sonido bajo y gutural de esfuerzo y dominio.
Sus manos la sujetaron por la cintura, magullando su carne, levantándola ligeramente antes de volver a descender con un ritmo brutal.
El sudor resbalaba por sus cuerpos, mezclándose con el olor metálico de la sangre de su espalda.
Su polla, gruesa e inflexible, se hundió en ella, estirando su estrecho y húmedo pasaje hasta el límite.
“¿Te gusta así, hermanita?”, susurró, su voz una caricia oscura contra su oído, mezclada con una cruel satisfacción.
Observó su rostro, contorsionado en una máscara de éxtasis y agonía, un reflejo retorcido de su propio deseo.
Milagros se mordió el labio, un pequeño gemido escapó.
El dolor era un delicioso contrapunto al placer, una agudeza que hizo el clímax aún más potente.
“Sí…
sí, Lansky”, jadeó, sus dedos clavándose más profundamente en su piel, dejando rastros frescos.
El escritorio gimió bajo su peso, protestando por el violento ritmo.
Él se apartó casi por completo, luego embistió de nuevo, un movimiento discordante que envió una sacudida a través de su centro.
Sus músculos se tensaron a su alrededor, ordeñando cada centímetro de su longitud.
“¿Quién es tu dueño, Milagros?”, exigió, sus ojos brillando con una luz profana.
“Tú…
eres tú”, dijo con voz ahogada, con la vista nublada, el mundo reducido a la insistente presión en su interior, el aroma de su sudor mezclado, el áspero roce de su barba incipiente contra su mejilla.
Podía sentir sus bolas golpeando contra su trasero, un golpe rítmico que hacía eco del frenético latido de su corazón.
Él se inclinó, tomando su boca en un beso contundente, su lengua invadiendo, saboreando el sabor cobrizo de la sangre de su labio.
Chupó su lengua, atrayéndola hacia su boca, un acto posesivo que la dejó sin aliento.
La saliva se mezcló, un desastre cálido y resbaladizo.
Se apartó, un fino hilo de líquido transparente conectando sus bocas, antes de romper.
“Buena chica”, murmuró, con una sonrisa depredadora extendiéndose por su rostro.
Observó sus pezones, duros y erectos, sus tetas moviéndose con cada embestida.
Se agachó, pellizcando uno, luego retorciéndolo, provocando un grito agudo de ella.
Entonces llegó su clímax, una ola que la azotó, sacudiendo todo su cuerpo.
Se convulsionó a su alrededor, sus entrañas se contraían y se liberaban, sacándolo por completo.
Un gemido bajo y agudo brotó de su garganta, un sonido de liberación pura y sin adulterar.
Él continuó su ritmo implacable, empujando más profundo, más fuerte,Hasta que ella se convirtió en un tembloroso desastre debajo de él.
Lansky sintió la presión creciendo en su interior, la exquisita tensión apretando su miembro.
Sus contracciones alrededor de su pene eran un potente afrodisíaco, llevándolo al límite.
Apretó los dientes, su propio clímax estalló, un chorro caliente y espeso que la llenó, desbordándose, una cálida inundación dentro de ella.
Bombeó unas cuantas veces más, vaciándose por completo, antes de desplomarse sobre ella, su pesado peso sujetándola al escritorio.
Yacieron allí, enredados, respirando agitadamente, los restos de su acto prohibido flotando pesadamente en el aire, un silencioso testimonio de su transgresión compartida.
El aroma a sexo y sudor impregnaba la estéril oficina, un olor potente y primario.
La atmósfera pesada y carnal se disipa lentamente, dejando un silencio incómodo y cargado.
El aire huele a sexo y a perfume caro.
Milagros se viste con la misma eficiencia tranquila con la que entró.
Se ajusta el top blanco cruzado, alisa la falda drapeada beige, se calza las sandalias de tiras.
Cada movimiento es preciso, reconociendo la fachada que debe volver a ponerse.
Lansky también se viste, su elegancia recuperada pero con una energía más relajada, satisfecha.
Se pone la camisa estampada, el abrigo verde oliva sobre los hombros.
Luego, se acerca a ella por detrás mientras ella se recoge el cabello frente al reflejo de una ventana oscurecida.
La envuelve por la cintura, abrazándola por atrás, y apoya la barbilla en su hombro.
Besa su cuello, esta vez con una suavidad posesiva, no con la ferocidad de antes.
Es un sello de propiedad post-coital.
Lansky: (Susurra contra su piel, su voz aún un poco ronca) Nunca cambies.
Eres perfecta.
Milagros: (Permanece quieta, mirando su reflejo y el de él detrás de ella.
Una sonrisa pequeña y cínica toca sus labios) La perfección es una ilusión, hermanito.
Solo somos muy buenos mintiendo.
Lansky: (Su expresión se vuelve un poco más seria.
Su siguiente pregunta surge de la única vulnerabilidad real en este juego perverso) ¿Cristhian…?
¿Sospecha algo?
¿De nosotros?
Milagros: (Gira ligeramente la cabeza para mirarlo de reojo, su sonrisa se amplía, pero no llega a sus ojos.
Su voz es fría, clara, cortando como el cuchillo que usó con Isaura) No.
Y no sospechará.
No le diré a mi esposo que mi hermano me folla.
La crudeza de sus palabras, dichas con tanta calma, cuelgan en el aire como una verdad oscilante y repulsiva.
No hay vergüenza, solo un hecho pragmático y peligroso.
Es la línea que nunca cruzará con Cristhian, el límite último de su engaño.
Lansky: (La aprieta un poco más, su propio reflejo muestra una mezcla de satisfacción y un oscuro alivio) Bueno.
Él tiene su mundo.
Nosotros tenemos el nuestro.
(Hace una pausa).
Un mundo más…
honesto, en su propia manera.
Milagros: (Se libera suavemente de su abrazo, dándose la vuelta para enfrentarlo.
Lo mira directamente, su elegancia ahora es una armadura completa otra vez) Honesto no es la palabra que usaría.
Pero es nuestro.
Y lo protegeré.
A él, a su dinero, a nuestra posición…
y a este pequeño secreto nuestro, del mismo modo.
(Su tono baja, se vuelve una advertencia).
Pero no vuelvas a preguntarme eso.
La confianza, incluso entre nosotros, tiene límites.
Lansky: (Asiente, aceptando la regla no dicha.
Levanta una mano y acaricia su mejilla) Por supuesto.
Disculpa.
Fue…
el momento.
Milagros: (Captura su mano, la besa en los nudillos con una ternura falsa que ambos entienden) El momento pasó.
Ahora, vuelve a ser el Lansky que conmovió a los policías.
Y yo seré la Sra.
Tantalean que tiene una gala benéfica esta noche.
(Suelta su mano y toma su bolso blanco tejido).
Cuida de Stefanny.
Asegúrate de que esa ruptura con la amiga sea definitiva.
No quiero…
distracciones.
Lansky: (Sonríe, el empresario y el amante posesivo fusionándose de nuevo) Ya está hecho.
Es completamente nuestra.
Milagros asiente una última vez y sale de la oficina con la misma elegancia silenciosa con la que entró, dejando a Lansky solo con el aroma de su perfume y el eco de sus palabras.
El incesto que
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