DULCE VENENO - Capítulo 184
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184: Amenaza 184: Amenaza El incesto queda como otro secreto más en el arsenal de su alianza tóxica, un vínculo que los une más allá de cualquier lealtad externa, protegido por el miedo, el poder y una perversa comprensión de que, en su mundo retorcido, solo se tienen el uno al otro de verdad.
(La puerta se cierra suavemente tras Milagros.
Lansky se queda de pie, inmóvil, en el centro de la oficina ahora silenciosa.
La energía animal y carnal que los envolvió minutos antes aún palpita en el aire, como un zumbido en sus oídos y en su sangre.) Sus ojos siguen la figura de Milagros a través del vidrio de la ventana del piso, viéndola cruzar la calle con esa gracia imperturbable, subir a un coche que la espera y desaparecer en el tráfico de la tarde.
Un suspiro largo, cargado, sale de sus pulmones.
No es de cansancio, sino de satisfacción profunda, primitiva.
Lentamente, levanta su mano derecha a la altura de su rostro.
Es la mano que unos momentos antes estaba enterrada en su cabello, apretando su trasero, explorando su piel bajo la falda.
La observa, como si pudiera ver aún los reflejos de su piel, sentir la textura de su ropa.
Luego, con un movimiento deliberado y lleno de lujuria recordada, lleva el dorso de sus dedos a su boca.
Cierra los ojos por un instante.
Huele su propia piel, y en ella, mezclado con su propio sudor, está el tenue y caro aroma del perfume de ella, el olor a sexo y a poder compartido.
Al abrir los ojos, una sonrisa se extiende por su rostro.
No es la sonrisa social del empresario, ni la máscara de preocupación para la policía.
Es una sonrisa privada, visceral, llena de pasión recordada y deseo aún no saciado.
Es la sonrisa de un hombre que acaba de poseer lo que más anhela, en todos los sentidos posibles.
Lansky: (Susurrando para sí mismo, su voz es áspera por el deseo reciente) Dios…
la forma en que me mira…
la forma en que me pelea…
(Su respiración se acelera levemente al recordar).
Esa furia…
esa entrega…
es solo para mí.
Nadie más la ve así.
Nadie más la tiene así.
Pasión.
No era solo el acto físico; era la lucha por el dominio, la entrega forzada y mutua, la certeza de que en ese momento de furia y lujuria, ambos estaban completamente expuestos y completamente en control del otro.
Un circuito cerrado de deseo y poder.
Deseo.
Un ansia que nunca se apaga, que se alimenta de cada secreto compartido, de cada mirada cargada, de cada peligro que sortean juntos.
Ella no es un cuerpo cualquiera; es la encarnación de todo lo prohibido, de todo lo que ha construido, de su propia sangre retorcida y de su alma gemela en la oscuridad.
Lujuria.
El puro, crudo, goce físico de ella.
La memoria de su piel, de sus gemidos ahogados, de la fuerza con la que ella lo agarraba, es un fuego que aún arde en sus venias.
Baja la mano de su boca, pero la sonrisa no desaparece.
Se queda allí, de pie frente a la ventana que da a la ciudad que en parte controla, saboreando el eco del intenso sexo, la complicidad absoluta y la peligrosa verdad: Milagros es su mayor debilidad y su mayor fortaleza, su vicio más profundo y su arma más letal.
Y acaba de reafirmar su posesión sobre ambas facetas.
Habitación privada de hospital.
Luz tenue filtrada por las persianas.
Isaura yace en la cama, un bulto de vendas y tubos.
Sus manos, grotescamente vendadas como muñones blancos, descansan sobre las sábanas.
La mitad inferior de su rostro está cubierta por vendajes quirúrgicos, y sus ojos están cerrados, aunque no duerme.
La puerta se abre con un suave chirrido.
Milagros entra.
Su silueta se recorta en la puerta, impecable y ominosa.
El vestido corto marrón con el forro a rayas que asoma por los tirantes adornados con flores, los tacones de charol que repiquetean contra el linóleo, el bolso Coach marrón cruzado sobre su cuerpo y las gafas de sol de montura gruesa crean una imagen de una visitante de moda, pero en este contexto, es la encarnación de una pesadilla que ha vuelto.
Cierra la puerta suavemente tras de sí.
Los dos guardias que habían estado apostados fuera se quedan en el pasillo; su presencia asegura que no habrá interrupciones.
El sonido de los tacones se acerca a la cama.
Isaura parpadea, sus ojos se abren.
Están inyectados en sangre, llenos de un dolor profundo y, ahora, de un terror instantáneo y reconocible.
Reconoce la presencia incluso antes de poder verla claramente.
Comienza a moverse en la cama, un movimiento torpe y espasmódico, intentando retroceder, pero los tubos y su propio cuerpo herido la inmovilizan.
Emite sonidos guturales, ahogados, detrás de los vendajes que cubren su boca.
No puede hablar.
Los cortes en sus músculos faciales y la inflamación la han reducido a esto.
Sus ojos, desesperados, buscan el interruptor de llamada de la enfermera, pero sus manos vendadas son masas inútiles.
No puede mover los dedos con precisión, mucho menos presionar un botón.
La impotencia física es absoluta.
Milagros se detiene al lado de la cama.
Se quita lentamente las gafas de sol, colgándolas del escote de su vestido.
Sus ojos, fríos y claros, recorren el cuerpo vendado de Isaura con la meticulosidad de un coleccionista examinando una pieza dañada.
Milagros: (Su voz es un susurro suave, casi terapéutico, que contrasta brutalmente con la escena) Hola, Isaurita.
Vine a ver cómo estaba mi querida amiga.
(Inclina la cabeza).
Los doctores me dijeron que el procedimiento…
de urgencia…
fue un éxito.
Que salvaron tu vida.
Qué alivio, ¿no?
Isaura emite otro sonido, esta vez un gemido agudo de miedo puro.
Sus ojos se mueven frenéticamente entre Milagros y la puerta cerrada.
Milagros da un paso más cerca, el borde de su vestido rozando la baranda de la cama.
El olor a su perfume caro invade el espacio esterilizado de la habitación, mezclándose con el olor a antiséptico y enfermedad.
Milagros: (Extiende una mano y, con una uña perfectamente manicurada, acaricia suavemente el borde del vendaje que cubre la mejilla de Isaura, cerca de donde estaría la “sonrisa” cosida) Parece que te dieron unos puntos muy finos.
Buena costura.
Aunque…
dudo que vuelvas a sonreír de la misma manera.
(Su tono es de falsa pena).
Pero bueno, a veces un nuevo comienzo requiere…
un nuevo rostro.
Isaura intenta apartar la cabeza, pero el movimiento es limitado y doloroso.
Sus ojos brillan con lágrimas de terror, dolor e ira impotente.
Está completamente a su merced, incapaz de hablar, de gritar, de defenderse.
Milagros ha entrado en su santuario de dolor para recordarle, una vez más, quién tiene el control absoluto.
La visita no es de compasión; es de reafirmación.
(Milagros camina con lentitud deliberada hasta quedar directamente frente a la cabecera de la cama, dominando el espacio.
Apoya ambas manos, con elegancia pero con firmeza, en la baranda metálica al pie de la cama, inclinándose ligeramente hacia adelante.
Su postura no es agresiva, es de control absoluto.
Es como un médico dando un diagnóstico terminal, pero con una sonrisa de falsa condolencia.) Milagros: (Su voz baja aún más, se vuelve íntima, casi un susurro compartido, pero cada palabra está afilada como un escalpelo) Sabes, Isaurita, no solo vine por cortesía.
Vine a ser muy, muy clara.
Hace una pausa, dejando que el silencio y el miedo de Isaura se densifiquen.
Sus ojos recorren los vendajes faciales.
Milagros: Quiero que mantengas esa lindaa boquita tuya…
cerrada.
Para siempre.
(La palabra “linda” es una burla cruel).
Ya sabes de lo que hablo.
De Lansky.
De mí.
De nuestro pequeño secreto familiar.
De lo que pasó en el Guy Savoy…
y después.
Se endereza un poco, pero su mirada se clava en los ojos aterrorizados de Isaura, que no pueden apartarse.
Milagros: (Su tono se vuelve dulce, razonable,
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