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DULCE VENENO - Capítulo 186

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Capítulo 186: Arma

Cuando los abre, están llenos de lágrimas. Niega con la cabeza, de lado a lado. Un movimiento lento, pesado, pero claro. NO.

Es una mentira. Una mentira forzada por un terror tan grande que supera su deseo de justicia. Los policías se miran. Lo ven.

Policía (mujera): (Cambia de táctica) ¿La persona que te atacó era un hombre?

Isaura niega de nuevo, más rápido esta vez. NO.

Policía (hombre): ¿Era una mujer?

Isaura se congela de nuevo. La pregunta es más directa. Su mirada se vuelve esquiva, hacia la puerta, como si esperara que alguien entrara. Finalmente, después de una agonizante pausa, niega otra vez. NO.

Está bloqueando todo. Protegiendo a su agresora con su silencio forzado, aterrorizada.

Policía (mujera): (Se inclina un poco, su voz es urgente pero no amenazante) Isaura, sabemos que estás asustada. Pero la persona que hizo esto está fuera. Y si no la detenemos, podría hacerle esto a otra persona. ¿Estás protegiendo a alguien? ¿Te han amenazado?

Al oír la palabra “amenazado”, un espasmo involuntario sacude el cuerpo de Isaura. Sus ojos se abren desmesuradamente, mirando a la policía con un pánico puro. Es la reacción más clara que han tenido. Asiente con la cabeza, una vez, con fuerza, un movimiento convulsivo. SÍ.

Policía (hombre): (Intercambia una mirada significativa con su compañera) ¿Fue la amenaza… hoy? ¿Aquí, en el hospital?

Isaura asiente de nuevo, frenéticamente. SÍ, SÍ. Las lágrimas corren libremente por sus mejillas ahora, empapando el borde de los vendajes.

Policía (mujera): (Su voz se endurece) ¿Fue Milagros ? ¿La mujer que vino a verte hoy?

El nombre actúa como un hechizo. Isaura deja de moverse por completo. Se queda petrificada, como un animal acorralado. Su respiración se convierte en jadeos silenciosos y rápidos. Mira a la policía con una expresión de terror absoluto, mezclado con una súplica muda: No me hagan decir eso. No me obliguen.

No asiente. No niega. Simplemente se desploma en la cama, el miedo la ha paralizado más allá de cualquier señal. Ha llegado a su límite. Ha confirmado que fue amenazada, hoy, aquí. Y su reacción al nombre de Milagros es más elocuente que cualquier asentimiento. Para los policías, es suficiente. Saben que están en lo cierto. Pero también saben que, sin que Isaura lo diga explícitamente, y con Milagros teniendo una coartada de hierro (el falso análisis de embarazo), están aún más atrapados que antes. Tienen el “quién”, pero no pueden probarlo, porque la víctima está demasiado aterrorizada para hablar, y la sospechosa es una maestra de la manipulación.

El momento de vulnerabilidad, de casi-confesión, se quiebra de la manera más brutal.

Mientras Isaura está paralizada por el terror al nombre de Milagros, sus ojos, llenos de lágrimas, se desvían instintivamente hacia la única salida de la habitación: la puerta.

Allí, en el estrecho ventanuco de vidrio reforzado de la puerta, aparecen dos rostros. No son médicos, ni enfermeras. Son los guardias de Milagros, los mismos que la escoltaban. Sus expresiones no son de vigilancia profesional; son miradas planas, frías, asesinas, clavadas directamente en ella.

Uno de ellos, el más cercano al cristal, levanta una mano. Con deliberada lentitud, truena sus dedos contra el vidrio. El sonido es seco, metálico, y corta el aire como una bofetada. Un recordatorio físico, audible, de su presencia y de su amenaza.

El otro guardia, a su lado, hace un movimiento aún más gráfico. Saca un cuchillo pequeño, pero con una hoja que brilla siniestramente bajo la luz del pasillo. No lo agita, no lo amenaza directamente. Simplemente lo sostiene a la altura de su propio rostro, dentro del campo de visión de Isaura. Luego, con su otra mano, se lleva un dedo índice a los labios, en el gesto universal y siniestro de “shhh” o “cállate”. La combinación es letal: el arma y la orden de silencio, mostrados con una calma aterradora.

Isaura emite un sonido ahogado, un gemido de terror puro que ni siquiera las vendas pueden sofocar por completo. Su cuerpo entero se estremece en un espasmo involuntario. El poco valor o desesperación que había reunido para asentir ante la amenaza se evapora instantáneamente, reemplazado por un pánico primordial. Sabe lo que son capaces de hacer. Lo tiene grabado en su carne y en su nueva “sonrisa”.

Policía (mujera): (Al notar el cambio drástico en Isaura, sigue su mirada hacia la puerta. Por el ángulo, ella no ve claramente a los guardias, pero intuye una presencia) ¿Qué pasa? ¿Hay alguien ahí?

Policía (hombre): (Se dirige hacia la puerta, pero para entonces, los dos rostros han desaparecido del ventanuco, desvaneciéndose en el pasillo como fantasmas).

Cuando el policía abre la puerta y mira a ambos lados, el pasillo está desierto, salvo por el personal médico que pasa a lo lejos. Los guardias se han esfumado.

Pero el daño está hecho. Isaura ha retrocedido completamente. Cierra los ojos con fuerza, negándose a abrirlos. Niega con la cabeza repetidamente, de manera frenética, ante cualquier pregunta que los policías intenten hacer ahora. Ya no hay asentimientos, solo negación y un silencio aterrorizado.

La visita de Milagros no fue solo para amenazar; fue para plantar guardianes, para recordarle a Isaura, en el momento más crítico, que los ojos de su agresora estaban en todas partes, incluso en el santuario de su habitación de hospital. La investigación acaba de chocar contra un muro de miedo tan sólido como el acero de un cuchillo. Isaura, la única testigo, ha sido silenciada no solo por sus heridas, sino por un terror tan vivo y presente que se materializó en la puerta de su cuarto. Los policías se quedan con las manos vacías y la certeza de que están luchando contra una red de poder que se extiende hasta las mismas puertas de la sala del trauma.

La atmósfera en la habitación ha cambiado radicalmente. El breve destello de cooperación de Isaura se ha apagado, ahogado por el pánico visceral que le infundieron los guardias. Los policías, conscientes de que el momento se les escapa, intentan recuperar terreno con preguntas directas y urgentes, pero el muro de terror es impenetrable.

Policía (mujer): (Con voz firme pero calmada, intentando recuperar su atención) Isaura. Escúchanos. Esos hombres no pueden hacerte nada aquí. Estamos nosotros. Estás protegida. (Pausa). ¿Fueron ellos los que te amenazaron hoy? ¿Los guardias de Milagros ?

Isaura mantiene los ojos cerrados con fuerza. Niega con la cabeza, un movimiento rápido y lateral, casi convulsivo. NO.

Policía (hombre): (Señala hacia la puerta) ¿Los viste en la puerta? ¿Ahora mismo? ¡Asiente si los viste!

Ella vuelve a negar, más enérgicamente, aunque el temblor de su cuerpo delata la verdad. NO. Está negando la realidad que acaba de presenciar, eligiendo la supervivencia sobre la verdad.

Policía (mujer): (Cambia de táctica, desesperada por obtener algo) Antes asentiste a que fuiste amenazada. ¿Fue con un arma? ¿Un cuchillo?

Al mencionar “cuchillo”, Isaura no puede evitar un espasmo. Pero en lugar de asentir, se encoge, llevando sus hombros hacia las orejas en un gesto de protección instintiva. Niega de nuevo, pero el movimiento es débil, quebrado por el temblor.

Policía (hombre): (Frustrado, baja la guardia por un segundo) ¡Isaura, por favor! ¡Necesitamos que nos ayudes! ¿Quieres que quien te hizo esto salga libre? ¡Puede volver por ti!

La mención de que el agresor pueda “volver por ella” es el detonante final. Isaura abre los ojos de par en par, llenos de un horror absoluto. Emite un sonido ahogado, desesperado, y comienza a negar con la cabeza de manera frenética, incontrolable, como si pudiera borrar la posibilidad con el movimiento. NO, NO, NO. Es la negación del miedo más profundo.

Luego, en un acto de desesperación total, cierra los ojos de nuevo y gira la cabeza hacia la pared, dándoles la espalda en la medida de lo posible. Es el gesto universal de rechazo, de final de la conversación. Ha llegado a su límite. El terror a las consecuencias inmediatas (los guardias, Milagros, más dolor) ha superado cualquier esperanza de justicia f

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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