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DULCE VENENO - Capítulo 187

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Capítulo 187: Preámbulo

Justicia futura o de protección policial.

Policía (mujer): (Susurra a su compañero, mirando la figura encogida y temblorosa en la cama) Es inútil. La han quebrado. No vamos a sacar nada más de ella hoy. No mientras se sienta observada.

Policía (hombre): (Resopla, pasándose una mano por el rostro) Y si esos tipos estaban aquí, significa que sabían que vendríamos. Que tienen ojos en todas partes. Esto es más grande de lo que pensábamos.

Se quedan un momento más, observando la espalda vendada e inmóvil de Isaura, sabiendo que la clave para desentrañar el caso está allí, aterrorizada y silenciada ante ellos. Finalmente, apagan la grabadora y salen de la habitación, la sensación de impotencia y la certeza de una conspiración bien aceitada pesando sobre ellos más que nunca. El silencio de Isaura, comprado con amenazas y sangre, es ahora el obstáculo más grande en su investigación.

Exterior del hospital. El sedán negro, discreto y lujoso, está estacionado en una zona reservada. Milagros está en el asiento trasero, revisando su teléfono con una calma absoluta. El motor está al ralentí.

El primer guardia sube al asiento del copiloto, cerrando la puerta con un sonido sordo. El segundo guardia, el que mostró el cuchillo, se acerca a la ventana trasera del lado de Milagros.

Ella, sin apartar la vista de su teléfono, presiona un botón y la ventana tintada se desliza hacia abajo sin hacer ruido. El aire frío de la tarde entra en el coche.

Guardia: (Se inclina ligeramente, manteniendo su voz baja y profesional, pero hay un destello de satisfacción en sus ojos) Señora.

Milagros: (Sin mirarlo, su atención sigue en la pantalla) Dime.

Guardia: Los policías estaban con ella. Haciéndole preguntas. Con gestos, porque no puede hablar. (Hace una pausa breve, significativa). Estaba… asintiendo. A punto de confirmar cosas.

Milagros: (Por primera vez, su dedo se detiene sobre la pantalla. No levanta la vista, pero su atención está ahora completamente en el guardia) Continúa.

Guardia: Hicimos nuestra aparición. En la ventana de la puerta. (No da detalles explícitos, pero el tono lo dice todo). Ella nos vio. Captó el mensaje. Se… desconectó. Dejó de responder. Se encerró en sí misma. (Un leve, casi imperceptible, movimiento de cabeza). Ya no dirá nada.

Milagros: (Finalmente, alza la vista y lo mira. No hay sonrisa, ni enfado. Solo una evaluación fría, como si estuviera revisando un informe. Asiente, una vez, un gesto pequeño y definitivo). Buen trabajo. La discreción es lo primordial.

Guardia: (Asiente a su vez) Como usted ordena, señora.

Milagros: (Su mirada se desvía hacia la fachada del hospital por un instante, luego vuelve al guardia) Asegúrense de que la rotación de vigilancia sea discreta. Quiero saber si los policías vuelven, o si alguien más se acerca a su habitación. No interfieran a menos que sea absolutamente necesario. Solo… observen.

Guardia: Entendido.

Milagros: (Hace un gesto con la mano, despidiéndolo) Pueden irse.

El guardia se endereza, da un paso atrás y la ventana se cierra suavemente, sellando de nuevo el interior del coche en silencio y lujo.

Milagros deja el teléfono a un lado y se recuesta en el asiento de cuero, un suspiro casi inaudible escapando de sus labios. No es de alivio; es de satisfacción calculada. La jugada ha funcionado. Isaura ha sido doblegada una vez más, no solo por el recuerdo del dolor, sino por la presencia tangible y amenazante del poder de Milagros, incluso dentro de las paredes de un hospital.

Mira por la ventana hacia el edificio que alberga a su víctima silenciada. Una sonrisa pequeña y fría toca sus labios. El silencio de Isaura, aseguraod por el miedo, es ahora más elocuente y útil que cualquier confesión. Es la prueba definitiva del control absoluto de Milagros, un control que se extiende desde los salones más elegantes de París hasta las salas de trauma de sus hospitales. Da una orden suave al conductor, y el coche se desliza hacia el tráfico, abandonando el escenario de su último triunfo.

Cristhian cruzó el umbral de la mansión sin despedirse del mayordomo que le abrió la puerta. El eco de sus pasos resonó por el gran vestíbulo de mármol mientras subía la escalera de dos tramos, impaciente, sintiendo que el pulso se le desbordaba contra las sienes. No necesitó preguntar; sabía exactamente cuál era la habitación. El pasillo alfombrado en rojo sangre lo condujo hasta la tercera puerta a la izquierda; allí detuvo la respiración, agarró el pomo de bronce y empujó.

La penumbra apenas se quebraba por la luz ámbar de una lámpara de pie junto a la cama. Y en ese halo dorado apareció Milagros, erguida, de espaldas a la ventana, como si el mundo hubiese aguardado a que él llegara para empezar a girar. Llevaba un body arnés de encaje negro que ceñía su piel con tientas de sombra: tramas geométricas de tul se abrían en espiral sobre sus senos, convergían en un anillo metálico bajo el ombligo y se bifurcaban en correas elásticas que ceñían sus caderas para perderse entre los pliegros de sus glúteos.

Abajo, ligueros del mismo tono se anclaban a medias de red que estiraban la línea de sus piernas hasta los tacos afilados de los zapatos. Cristhian sintió el golpe de deseo más brutal que le había tocado vivir: se le nubló la vista, se le agolpó la sangre en el vientre y, sin darse cuenta, deslizó la lengua por el filo de los labios, probando el sabor de la anticipación.

Milagros inclinó la cabeza; una trenza oscura le cayó por el hombro y describió una curva perezosa que terminó casi rozando el pezón, apenas cubierto por el aro de encaje. Sus ojos —verdes, húmedos, burlones— lo clavaron. No dijo palabra; solo alargó el cuello con una lentitud felina que pareció decirle “aquí estoy, devórame”.

Cristhian, ebrio ya de esa provocación silente, cerró la puerta de un portazo y empezó a desabotonarse la camisa. Los botones saltaron bajo sus dedos temblorosos; la tela resbaló por su espalda y quedó olvidada en la alfombra. Mientras se descorría el cinturón, Milagros dio un paso, luego otro. El sonido de la hebilla al caer se mezcló con el roce de sus tacos; cuando él se bajó la cremallera, ella estaba ya a un palmo, tan cerca que el perfume balsámico de su piel embriagó sus pulmones.

No hubo preámbulo. Cristhian aferró su cintura con ambas manos y la atrajo. El primer beso fue una colisión: diente contra diente, lengua que buscó la de ella con urgencia salvaje. Sabía a gloss de frambuesa y a deseo contenido. Milagros abrió la boca con un gemido ronco que vibró entre ellos; él respondió mordiéndole el labio inferior, succionándolo, saboreando el temblor que le recorrió el cuerpo.

Sus tetas, apretadas contra su pecho desnudo, pulsaban al compás de la respiración entrecortada; las tiras del arnés marcaban surcos en la piel que Cristhian recorrió con yema de dedos antes de deslizar la mano hacia el cierre del body. Un tictac de gancho y la tela cedió, dejando al descubierto un pezón endurecido que recibió la punta de su lengua. Milagros arqueó la espalda y sus uñas se clavaron en la nuca de él, reclamando más.

Cristhian la alzó en vilo, un brazo bajo sus rodillas, otro entre sus omóplatos. Milagros no era liviana, pero la necesencia le dio una fuerza nueva; la llevó hasta la cama king deshecha de sábanas de sarga beige y la dejó caer de espaldas.

Se apartó un segundo para quitarse el pantalón y los bóxers, liberando una erección tensa que se levantó contra el abdomen, húmeda en la punta. Milagros se incorporó sobre los codos, abrió las piernas y enseñó la abertura que el body dejaba entre sus muslos: un triángulo de encaje rematado en un diminuto lazo, ya empapado. Cristhian se arrodilló, desató ese lazo con dientes y lengua, y rasgó la tela a un costado. El aroma cálido de su sexo lo envolvió; él se hundió entre

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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