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DULCE VENENO - Capítulo 188

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Capítulo 188: Calor

El se hundió entre sus pliegros, succionando el clítoris con un succión lenta y poderosa que la hizo gritar su nombre por primera vez.

La lengua de Cristhian dibujó círculos, subió y bajó los labios menores, se enroscó dentro de ella saboreando la sal de su excitación. Milagros se retorcía, se cernía contra su boca, le tiraba del pelo para acercarlo aún más.

Cuando la sintió temblar al borde, él se apartó y se inclinó sobre su torso, besándole el esternón, mordisqueándole la clavícula, deslizando la barbilla entre el valle de sus senos. A la altura de su ombligo volvió a detenerse para lanzar lenguetazos alrededor del aro del arnés y, sin avisar, la giró con soltividad. Milagros quedó boca abajo; los glúteos, defendidos solo por un par de tiras cruzadas, se ofrecieron al aire. Cristhian la besó en la nuca, bajó la columna vertebral con besos húmedos y, cuando alcanzó el final, le acarició la entrada con los dedos pulgar e índice, esparciendo la humedad hacia atrás. Ella alzó la cadera, implorando sin palabras.

Él se incorporó, agarró su propia longitud y la guio hasta la hendidura tibia. Penetró lento, disfrutando de la resistencia que se apiñaba a su alrededor, hasta que la embocó por completo y ambos soltaron un gruñido. Empezó a moverse con embestidas largas, cada una sacudiendo la cama contra la pared. Milagros hundió la cara en la almohada para ahogar un grito, pero él tiró de su trenza, obligándola a alzar la cabeza. “No te escondas”, masculló Cristhian contra su oído, “dime que eres mía”. Ella repitió la frase entre jadeos mientras él aumentaba el ritmo.

Se detuvo antes de correrse, respiró hondo y la impulsó a girar nuevamente. Ahora la tenía de lado: uno de sus pechos quedó al descubierto, y él lo cubrió con la boca mientras sus caderas seguían el compás. La estiró del tobillo, abriendo la pierna a 180 grados, y se hundió de nuevo, esta vez más profundo que antes. Milagros gimió y lo miró a los ojos: las pupilas de él estaban dilatadas, la frente perlada de sudor. Ambos brillaban bajo la luz ámbar, como si el propio cuarto se estuviera derritiendo.

Quiso cambiar otra vez. La levantó sin salir de dentro de ella y la posó sobre su regazo; ella, a horcajadas, apoyó las manos en su pecho mientras él sostenía su cintura. El arnés se le había corrido hasta la cadera, y las tiras le marcaban la carne; Cristhian las usó como asidero para bajarla con fuerza, haciéndola rebotar.

Cada caída resonó en un chasquido húmedo; cada ascenso terminó en un ahogado “sí”. Los senos de Milagros se agitaban a centímetros de su cara; él se incorporó para lamerlos, succionándolos alternativamente, mordisqueando los bordes de los aureolos. El sudor los unía: pecho contra pecho, muslo contra muslo, aliento contra aliento.

Cristhian sintió que la presión le estallaba en la base de la columna; necesitaba más aire, más espacio, más de ella. Empujó a Milagros hacia atrás hasta apoyarla contra la pared, de pie. Una mano le sostuvo la nuca, la otra le alzó la pierna derecha hasta dejarla enhiesta sobre la cadera de él, mientras la izquierda apenas rozaba el suelo.

Penetró con un ímpetu que arrancó de Milagros un alarido ronco; la pared crujió tras su espalda. Empezó a marcar un compás frenético, cada embestida un latigazo de placer. El cuello de ella se le echó atrás, los labios separados apenas capaces de balbucear su nombre una y otra vez: “Cris… tian… Cris… tian…”. El sudor les resbalaba por los flancos, empapando la cintura del arnés hasta dejarlo oscuro y pegado a la piel.

Milagros tembló de pies a cabeza; él sintió los espasmos de su interior apretando su eje y supo que estaba en el filo. La bajó suavemente hasta la cama, la acostó boca arriba y colocó sus muslos sobre sus propios hombros. La cubrió de un beso húmedo que sabía a ambos y comenzó los últimos embates: cortos, potentes, certeros.

Milagros se agarró a las tiras del body como si fueran jareta de un barco, arqueó la espalda hasta formar un arco perfecto y, cuando él le rogó “ven conmigo”, estalló. Su voz se quebró en un grito quedo; la boca quedó abierta en un círculo de éxtasis mientras los espasmos la recorrían. Cristhian siguió tres segundos más, sintiendo el fuego que subía desde los talones hasta la nuca, y se liberó con un gruñido enterrado en su cuello. Chorros de semen se derramaron dentro de ella, mezclándose con sus propios jugos, rebosando incluso cuando su sexo aún latía al ritmo de los últimos coletazos.

Colapsaron juntos, un amasijo de miembros entrelazados sobre las sábanas arrugadas. El arnés negro seguía prendido a la cintura de Milagros, aunque ahora parecía una cicatriz brillante que denunciaba la batalla. Cristhian acarició con la barba la clavícula de ella, besó la curva de su hombro, y sin buscar su miraje le susurró: “No me recuperaré nunca de esto”. Milagros, con la respiración aún fragmentada, dejó escapar una risita ronca y le pasó los dedos por el costado, dibujando líneas de sudor que parecían mapas secretos. La luz de la lámpara parpadeó una sola vez, como si también estuviera exhausta, y en la penumbra cálida los dos cuerpos se fundieron, sudorosos, satisfechos, palpitando al unísono mientras el eco de sus nombres se apagaba lentamente en la noche.

El lujoso salón principal de la mansión Tantalean. Una tarde sofocante de verano. La luz del sol se filtra por las altas ventanas, calentando el aire a pesar de los pesados cortinajes.

Milagros desciende por la escalera de mármol como una aparición etérea. Su vestido es una obra de arte en movimiento: el corte superior con tirantes entramados y escote sensual parece hecho de luz y sombra, mientras la falda amplia e iridiscente en tonos lavanda y azul se arrastra suavemente tras ella, brillando con cada paso como un cielo crepuscular. Parece una diosa del fresco, aunque el calor la afecta igual que a todos.

Stefanny está ya en el salón, reclinada en un sofá de seda. Su vestido es un contraste de fuego y elegancia: el corte entallado con efecto pez abraza su figura, y el llamativo estampado de flores rojas sobre negro grita pasión juvenil y algo de rebeldía contenida. El escote halter y el lazo en la espalda le dan un toque de vulnerabilidad chic.

El aire en la sala es pesado, casi visible.

Milagros: (Se detiene al pie de las escaleras, alzando un brazo con languidez, como si el simple movimiento requiriera un esfuerzo monumental en el calor) Dios mío, amor… hace un calor insufrible. (Su voz es un suspiro cargado de sofisticación aburrida). ¿Están dormidos los sirvientes? Prenden el aire acondicionado de inmediato. Y que alguien me traiga un helado. De vainilla Tahitiana, con virutas de oro comestible, por favor. Nada de esas imitaciones vulgares.

Su petición es específica, extravagante y dicha con la certeza absoluta de que será cumplida.

Stefanny: (Desde el sofá, apartando la vista de su teléfono por primera vez. El calor también la tiene agitada, y la petición de Milagros suena como el paraíso). Oh, sí, por favor. (Se incorpora un poco, su voz más animada). Yo también quiero uno. ¿De chocolate belga? Con nueces garrapiñadas. Y… ¿quizás un poco de salsa de caramelo salado?

Hay un breve silencio tras sus palabras. Stefanny ha añadido su pedido casi como una súplica, un eco de la orden de Milagros, pero sin la autoridad inherente.

Una sirvienta, que parecía materializarse de la sombra de una columna, se inclina levemente.

Sirvienta: “Inmediatamente, señora. Y para la señorita Stefanny, chocolate belga con nueces y salsa de caramelo salado.”

Milagros asiente con aprobación, no hacia la sirvienta, sino como si el universo finalmente estuviera alineándose con sus deseos. Se dirige hacia un sillón junto a una ventana alta, la falda de su vestido fluyendo a su alrededor.

Milagros: (A Stefanny, mientras se acomoda) Bue

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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