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DULCE VENENO - Capítulo 189

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  4. Capítulo 189 - Capítulo 189: Gritos
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Capítulo 189: Gritos

Milagros: (A Stefanny, mientras se acomoda) Buen gusto, cariño. El contraste entre lo amargo del chocolate y lo salado del caramelo… es una decisión audaz. Me agrada.

Es un elogio menor, pero en la economía emocional de su relación, es un bien valioso. Stefanny esboza una pequeña sonrisa, sintiéndose, por un momento, no como una intrusa o una pupila, sino como alguien cuyos gustos son validados por la poderosa figura de Milagros. El calor sofocante y el helado pendiente crean un raro momento de complicidad mundana, un respiro en el tenso drama que usualmente las rodea.

El mismo salón principal, unos minutos después. Un leve zumbido del aire acondicionado comenzaba a luchar contra el calor reinante.

De repente, se oyen pasos firmes y rápidos que bajan por la escalera principal. No son los pasos flotantes de Milagros ni los ligeros de Stefanny. Son pesados, decididos, cargados de una energía que no es calor, sino ira contenida.

Cristhian aparece en el descansillo. No lleva chaqueta; la camisa de seda blanca está desabrochada en el cuello, las mangas remangadas. Su rostro, normalmente sereno y calculador, está oscurecido por el enojo. Sus ojos buscan a Milagros con una intensidad que hace que el aire, recién enfriado, parezca espesarse de nuevo.

Cristhian: (Su voz no es un grito, pero es un trueno bajo, resonante, que llena el salón) ¡Milagros!

Stefanny, en el sofá, se encoge instintivamente, reconociendo el tono. Es la voz del hombre que lo controla todo, y en este momento, algo está muy fuera de su control.

Milagros, que estaba contemplando el jardín a través de la ventana, se gira al oírlo. Por un microsegundo, algo cruza su rostro: ¿alerta? ¿Cálculo? Luego, se disipa, reemplazado por una expresión de alivio dulce y necesidad fingida.

Con un movimiento fluido y teatral, corre hacia él. No camina; corre, como una niña asustada que busca refugio. Su vestido iridiscente ondea como un estandarte de fragilidad.

Al llegar a él, se lanza a sus brazos, enterrando su rostro en su pecho, sus brazos rodeándolo con fuerza.

Milagros: (Su voz sale amortiguada contra su camisa, en un tono de quejido delicado y agobiado) Amor… ¡Dios, hace un calor insoportable! ¿Lo sientes? Es como si el infierno hubiera decidido pasar el verano en nuestro salón.

Se aferra a él, todo su cuerpo presionándose contra el suyo, buscando no solo consuelo del calor, sino absorbiendo su ira, tratando de disiparla con su presencia y su queja superficial. Es una maniobra maestra: desviar la atención de lo que sea que lo haya enfurecido hacia una molestia común, mundana, y al mismo tiempo, apelar a su rol de protector.

Cristhian se queda rígido por un instante, sus brazos no responden inmediatamente al abrazo. La ira aún palpita en él. Pero la sensación de ella, su perfume, su queja sobre el calor… es un contrapunto disonante a la tormenta que traía dentro. La tensión en sus hombros no se desvanece, pero el foco de su furia se nubla momentáneamente por la inesperada y dramática bienvenida.

Cristhian permanece rígido unos segundos más, el abrazo de Milagros como un manto de seda sobre una estatua de acero enfurecida. Finalmente, sus brazos la envuelven, pero no con ternura; es un gesto posesivo, casi de contención. Su mirada, por encima de la cabeza de ella, arde con una furia que el quejido sobre el calor no ha logrado apagar.

Cristhian: (Su voz es un rugido contenido, dirigido no a ella, sino al espacio vacío del salón, donde los sirvientes invisibles seguramente escuchan) ¡QUE PREPAREN LA PISCINA! ¡INMEDIATAMENTE! (El volumen hace temblar los cristales de las arañas). ¡Y QUE HAGAN UNA SOMBRA SOBRE ELLA! ¡NO QUIERO QUE EL SOL TOQUE UN MILÍMETRO!

Sus órdenes son explosivas, dictatoriales. No es una petición; es una descarga de su ira convertida en demanda de comodidad absoluta y control sobre el entorno.

Milagros se aparta un poco de su pecho para mirarlo a la cara, sus dedos acariciando su mandíbula tensa con falsa preocupación.

Cristhian: (Sin mirarla a los ojos aún, continúa gritando) ¡Y TRAIGAN REFRESCOS! ¡LOS MÁS HELADOS QUE TENGAN! ¡QUE EL HIELO CRUJA! ¡Y QUE NADIE ME MOLESTE!

El último grito es una advertencia general, un decreto de aislamiento. La mansión entera debe acatar su mal humor y proporcionarle un oasis de frío y silencio.

Milagros: (Su voz es ahora un susurro meloso, una gota de miel en medio del trueno) Cariño, tranquilo… ya te escucharon. Todo se hará como dices. Ven… (Le toma la mano, intentando guiarlo suavemente hacia las puertas que dan al jardín y a la piscina). El calor te ha alterado los nervios. Vamos a refrescarnos. Te daré un masaje en los hombros.

Cristhian: (Por fin la mira, sus ojos inyectados en sangre. La furia no se ha ido, pero ahora tiene un objetivo más claro en su presencia. Aprieta su mano con fuerza, no con cariño, sino como un recordatorio de su poder). El calor no tiene la culpa, Milagros. (Su tono es grave, peligroso). Pero hablaré de eso después. Cuando este maldito infierno se enfríe.

Permite que lo guíe, su figura poderosa y enfurecida siendo conducida por la esbelta elegancia de Milagros hacia el jardín, donde un ejército de sirvientes seguramente ya se afana en cumplir sus órdenes explosivas. La escena es clara: el rey está iracundo, y la reina, con suaves palabras y toques, intenta dirigir esa tormenta hacia aguas menos destructivas, al menos por ahora. Pero la promesa de una conversación pendiente, de la verdadera causa de su furia, cuelga en el aire caliente como la espada de Damocles.

(El momento de tensión entre Cristhian y Milagros se congela. Los ecos de sus gritos aún parecen vibrar en el salón cuando un discreto timbre suena en la entrada principal. Una pausa. Luego, se escuchan voces graves y formales en el vestíbulo, seguidas por los pasos apresurados de una sirvienta.)

La sirvienta que antes anotó el pedido de helados aparece en la puerta del salón, su rostro pálido, balanceándose entre la lealtad a sus amos y la autoridad que acaba de invadir la casa.

Sirvienta: (Con voz temblorosa) Señor… señora… disculpen la intrusión. Son… son agentes de la policía. Dicen que necesitan hablar con la señora Valdez. Con… preguntas.

Cristhian se da la vuelta lentamente, su furia momentáneamente eclipsada por un frío asombro. Sus ojos, antes llenos de rabia, ahora se estrechan, calculadores. “La policía. Aquí.” No es una pregunta; es la constatación de una afrenta, de una invasión a su dominio privado.

Milagros, por su parte, no muestra sorpresa. Su expresión se suaviza en una máscara de curiosidad educada y leve preocupación. Su mano, que aún sostenía la de Cristhian, lo aprieta suavemente, como pidiendo calma.

Antes de que ninguno de los dos pueda responder o dar una orden de negar la entrada, se escuchan pasos firmes en el mármol del vestíbulo. Los mismos dos policías que han estado persiguiendo el caso de Isaura aparecen en el umbral del salón. Visten de civil, pero su actitud es inconfundiblemente oficial. Sus miradas recorren rápidamente la lujosa estancia, a Stefanny (que se ha sentado completamente recta en el sofá, con los ojos como platos), a Cristhian, cuya presencia imponente y aura de furia son imposibles de ignorar, y finalmente se clavan en Milagros.

Policía (mujera): (Mostrando su placa brevemente, su voz es formal pero no agresiva) Buenas tardes. Disculpen la interrupción. Sra. Milagros Valdez, necesitamos hacerle algunas preguntas adicionales en relación con la investigación en curso. Será breve.

El salón, que momentos antes resonaba con los gritos de Cristhian y los susurros de Milagros, queda en un silencio cargado, incómodo y peligroso. La llegada de la ley a este santuario de poder privado ha cambiado el juego por completo. La furia de Cristhian ahora tiene un nuevo foco, y la actuación de Milagros está a punto de enfrentar su prueba más pública y delicada, frente a su marido. Stefanny observa, conteniendo la respiración, presenciando cómo los mundos que Lansky y

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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