DULCE VENENO - Capítulo 191
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Capítulo 191: Falso
Milagros: (Arquea una ceja) Porque no son relevantes. No eran “encargos” en el sentido serio. Eramos amigas que ayudaban a amigas. No pensé que mis pequeñas donaciones filantrópicas o los gestos de mi marido fueran de interés para una investigación criminal. Parecía… frívolo mencionarlo.
Policía (hombre): (Avanza un poco) Hemos visto la grabación del restaurante. Se ve una despedida cordial. Pero minutos después, Isaura sube a un coche desconocido. ¿Sabe quién conducía ese coche? ¿O a dónde se suponía que iba?
Milagros: (Niega con suavidad) No tengo idea. Yo salí del restaurante y tomé mi propio coche. Lo último que supe de sus planes fue que “tenía cosas que resolver”. Asumí que llamaría un taxi o tendría un amigo que la recogiera. Lamentablemente, no soy su agenda personal.
Policía (mujera): (Presiona, mirándola fijamente) ¿Y no le pareció extraño que, siendo una amiga tan querida, no le pidiera a usted o a su conductor que la llevaran? Dado el… estilo de vida que ambas llevan.
Milagros: (Suelta una risa breve, sin humor) Agente, Isaura siempre fue muy independiente. Orgullosa. Incluso cuando éramos niñas. Habría rechazado esa oferta como si fuera caridad. Respeté su espacio. Parece que fue un error de mi parte, dado lo que pasó después. (Su tono se oscurece con falsa culpa).
Policía (hombre): Para terminar por hoy, Sra. Valdez. Esta mañana, en el hospital, mencionó que estaba allí por unos análisis. ¿Podría autorizarnos a ver el comprobante de esa cita médica? Solo para completar nuestro informe.
Es una trampa. Una petición razonable para verificar una coartada.
Milagros: (No parpadea. Sonríe, casi con lástima) Por supuesto. Le pediré a mi asistente que les envíe una copia de la orden del doctor y del comprobante de la clínica privada donde me atiendo. (Mira a Cristhian). Cariño, ¿recuerdas el nombre del médico de la clínica ‘Le Jardin de Santé’? El Dr. Laurent, ¿verdad?
Cristhian, que ha estado en un silencio volcánico, asiente una vez, con la mandíbula apretada. “Sí. El Dr. Laurent.” Su voz es un gruñido. Es la confirmación que ella necesita para hacer creíble la mentira.
Milagros: (Vuelve a los policías) Allí lo tienen. Mi asistente se pondrá en contacto con ustedes mañana a primera hora. ¿Algo más? Como dije, hace calor y tenemos planes familiares.
Sus respuestas han sido fluidas, consistentes y casi insolentes en su perfección. No ha titubeado, no ha contradicho su historia anterior, y ha proporcionado una salida para la única petición verificable. Los policías se quedan con la frustración de saber que están siendo engañados, pero sin una grieta visible en la armadura de Milagros. Ella los ha desafiado con elegancia, usando su estatus, su marido y una mentira preparada como escudos. El interrogatorio ha terminado, y Milagros ha salido, una vez más, victoriosa en su propio terreno.
(El aire en el salón, ya denso por el calor y la tensión, se congela de repente. Milagros se levanta del sofá con una fluidez sobrenatural. Su elegancia mundana se desvanece, reemplazada por una presencia glacial y letal. Su postura ya no es la de una dama molesta; es la de un depredador que deja caer la máscara.)
Sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora parecen cambiar. Es como si un velo se corriera. Se vuelven de un rojo intenso, no de ira, sino de una advertencia sobrenatural, una promesa de violencia ancestral. La mirada que clava en los policías es asesina, absoluta, cargada con el peso de siglos de poder intocable.
Cuando habla, su voz ya no es la de Milagros Valdez, la esposa filántropa. Es más profunda, más resonante, como si hablara desde un lugar de autoridad inmutable.
Milagros: (Cada palabra cae como un martillazo de hielo) Antes de que se vayan con sus… suposiciones. Permítanme aclarar un pequeño error. Mi apellido… (hace una pausa dramática, asegurándose de que cada sílaba se grave en la habitación) es Luchesse.
El nombre “LUCHESSE” reverbera en el salón lujoso. No es solo un nombre; es un símbolo, una leyenda negra. Es el apellido de una de las familias más antiguas, poderosas y notoriamente herméticas del mundo, con tentáculos en finanzas, política y, según los rumores oscuros, en cosas mucho más siniestras. Un nombre que se susurra en corredores de poder, no se pronuncia en interrogatorios.
Milagros: (Su mirada roja barre la habitación, desafiando a todos) Nadie en esta casa usa el apellado ‘Valdez’. (Pronuncia el nombre con desprecio, como si fuera una prenda barata). El apellido de mi esposo es Tantalean. (Un gesto hacia Cristhian, quien permanece impasible, su furia anterior ahora contenida por algo más grande: el despliegue del verdadero poder de su mujer). No sé quién es esa persona que usa ‘Valdez’ en sus pequeños archivos. Una creación burocrática, quizás. Un fantasma.
Luego, se acerca un paso a los policías, que han palidecido visiblemente. El agente más joven tiene un temblor apenas perceptible en la mano que sostiene su cuaderno. Saben que han cruzado una línea que no sabían que existía.
Milagros: (Su voz baja a un susurro aterradoramente íntimo) Y sí. Tengo un hermano. Todos en la familia Luchesse lo saben. Y todos saben… cómo es. Y saben… dónde está cuando es necesario. (No especifica si es Lansky o alguien más; deja la amenida abierta, más aterradora por su vaguedad). Así que, la próxima vez que vengan a mi casa, a interrumpir mi vida, con preguntas sobre fantasmas y apellidos incorrectos… recuerden con quién están realmente tratando.
Da media vuelta, su vestido iridiscente girando como una nube de tormenta, y se dirige hacia las puertas del jardín sin mirar atrás, dejando atrás un silencio sepulcral. La revelación ha sido un terremoto. Los policías no solo se enfrentan a una sospechosa; se enfrentan a un linaje. Y han sido advertidos, de la manera más fría y amenazante posible, de que las reglas del juego acaban de cambiar por completo. Salen de la mansión no solo con las manos vacías, sino con un miedo nuevo y profundo arraigado en sus huesos. El nombre “Luchesse” ahora pesa sobre su investigación como una losa de mármol.
Interior del coche patrulla, estacionado a una cuadra de la mansión Tantalean. Silencio pesado.
Los dos agentes están sentados, inmóviles por unos segundos, como si el aire dentro del vehículo también se hubiera vuelto más denso y frío tras la revelación en el salón. La puerta de la mansión, enorme e imponente, parece ahora no solo una residencia lujosa, sino la entrada a una fortaleza de un poder del que solo conocían leyendas.
Policía (mujera): (Finalmente rompe el silencio, su voz es un suspiro cargado de frustración y algo más: temor) Luchesse. Maldita sea. Luchesse.
Policía (hombre): (Golpea suavemente el volante con el puño) Todo este tiempo… estuvimos persiguiendo un fantasma. “Milagros Valdez”. Una identidad de paja. Un disfraz.
La agente mujer agarra la carpeta de investigación que tenían en el asiento trasero. La abre con brusquedad. Dentro, hay fotos, informes, la captura de pantalla de la foto con Isaura, la orden de investigación… todo expedientado bajo el nombre “VALDEZ, Milagros.”
La mira, y toda la información de repente parece falsa, irrelevante, una farsa. Los registros financieros, las direcciones, la historia social que habían rastreado… todo pertenecía a la identidad de “Valdez”, una capa superficial, una concha cuidadosamente construida para la mujer que acababan de enfrentar.
Con un movimiento brusco de rabia y desesperación, agarra la carpeta por la mitad y, con todas sus fuerzas, la ROMPE. El sonido del cartón y el papel rasgándose llena el coche. Arroja los pedazos al suelo del asiento trasero.
Policía (mujer): (Su voz tiembla, no de miedo, sino de impotencia furiosa) ¡Es inútil! ¡Todo esto es basura! ¡No tenemos nada sobre ella! ¡Sobre la verdadera ella! “Valdez” no existe. Es humo. Y nosotros… nosotros somos idiotas persiguiendo humo con un expediente de mentiras.
Policía (hombre): (Mira los pedazos rotos de la carpeta, su rostro sombrío) Tienes razón. Pero ahora sabemos qué estamos enfrentando. No es solo una sospechosa rica. Es… una Luchesse.
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