DULCE VENENO - Capítulo 193
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Capítulo 193: BIKINI
La esposa débil y leal, o si su instinto le dice que hay algo más poderoso y peligroso detrás de esas lágrimas de cocodrilo.
La expresión de Cristhian no se suaviza con las lágrimas de Milagros. Al contrario, la mezcla de vulnerabilidad y la revelación de un peligro tan cercano (un secuestro y mutilación a una amiga de su esposa) parece avivar su furia de una manera diferente. Ya no es solo celos o una invasión a su territorio; es una amenaza percibida hacia lo que considera suyo.
Su rostro se oscurece. Suelta los brazos de Milagros y da unos pasos hacia atrás, su respiración entrecortada. Luego, gira sobre sus talones y grita hacia la casa, su voz resonando en el patio:
Cristhian: ¡MALDITA SEA! ¡SECRETARIO! ¡VENGA AQUÍ! ¡AHORA!
En cuestión de segundos, un hombre vestido de traje oscuro, ajeno al calor, aparece silenciosamente en la puerta de cristal que da al patio, con un teléfono en la mano.
Cristhian: (Sin preámbulos, su voz es un latigazo de autoridad absoluta) Escuche bien. Desde este momento, mi esposa tendrá escolta permanente. Contrate a los mejores. Quiero guardias con ella las 24 horas del día. En esta casa, en la ciudad, en el maldito baño si es necesario. No se despeguen de ella por ningún motivo. ¿Entendido?
Secretario: (Asiente, tecleando rápidamente en su teléfono) Sí, señor Tantalean. ¿Algún protocolo específico? ¿Armados? ¿Discreción?
Cristhian: (Grita, aún más alto) ¡ARMADOS HASTA LOS DIENTES Y QUE SE NOTE! ¡Quiero que cualquiera que la mire mal sepa con quién se está metiendo! ¡Y que no haya un solo maldito segundo en el que no sepan dónde está! ¡Si ella va a comprar un helado, van tres tipos con chalecos antibalas detrás! ¡¿ESTÁ CLARO?!
Secretario: (Sin inmutarse) Perfectamente claro, señor. Se movilizará de inmediato.
Cristhian se vuelve hacia Milagros, que ha permanecido quieta junto a la piscina, su expresión ahora es una mezcla calculada de sorpresa y una gratitud ligeramente ofendida.
Cristhian: (Señalándola con un dedo acusador, su tono es una orden feroz) Tú. Ya no sales de esta casa sin mi permiso explícito. Y sin tu nuevo… séquito. Este “accidente” de tu amiga termina aquí. No quiero que ese peligro, esa… suciedad, se acerque a ti ni por asomo. Te vas a quedar aquí, a salvo, donde yo puedo controlar lo que te pasa.
Su reacción es la de un tirano protector. No está resolviendo el crimen; está erigiendo una fortaleza alrededor de su posesión más preciada. Ha comprado la historia de Milagros—o ha decidido actuar como si la creyera—y su respuesta es aislarla, envolverla en una burbuja de fuerza bruta. Para Milagros, esto es un arma de doble filo: por un lado, una vigilancia constante que podría complicar sus movimientos y sus secretos (especialmente con Lansky). Por otro, es la validación última de su papel como la damisela en peligro que necesita ser protegida, reforzando su fachada y alejando aún más las sospechas de Cristhian sobre su verdadera naturaleza. La jaula de oro de Milagros acaba de adquirir barrotes de acero y guardias armados.
Milagros juega su papel hasta el final. Con los ojos aún brillantes por las lágrimas fingidas, se acerca a Cristhian y le pone una mano en el brazo, su voz es un susurro de preocupación “auténtica”.
Milagros: Amor… entiendo que quieres protegerme. Pero… ¿y la policía? Si me ven con guardias por todas partes, van a pensar… no sé, van a sospechar más. Y siguen haciendo preguntas…
Cristhian la mira, y en sus ojos arde la certeza de un hombre que está acostumbrado a que los problemas se solucionan con una llamada. No con razonamientos, sino con poder.
Cristhian: (Con un gesto brusco) Calla. Yo me encargo de la policía.
Agarra su teléfono celular, un dispositivo discreto pero de tecnología punta, y marca un número que no necesita buscar. Lo pone en altavoz, dejando que el sonido crujiente del tono de llamada llene el aire entre ellos.
Secretaria de la Jefatura: (Voz profesional y distante) “Jefatura de Policía de París, ¿en qué puedo ayudarle?”
Cristhian: (Su voz es un latigazo, sin saludo) Póngame con el Comisario Jefe. Ahora.
Secretaria: “Disculpe, señor. El Comisario Jefe está en una reunión muy importante en este momento. ¿Puedo tomar un mensaje o conectarle con otro departamento?”
Cristhian: (Su paciencia, ya inexistente, se agota. Grita al teléfono) ¡No me interesa su maldita reunión! ¡Soy Cristhian Tantalean! ¡Póngame con él AHORA MISMO o se arrepentirá de no haberlo hecho!
El nombre “Tantalean”, dicho con ese tono, actúa como una llave maestra. Del otro lado, hay un silencio súbito, seguido de un sonido apresurado.
Secretaria: (Voz ahora notablemente más tensa) “Un… un momento, por favor, señor Tantalean.”
Se escucha un clic, y luego una música de espera barata por unos segundos que parecen una eternidad. Luego, otro clic, y una voz masculina, grave y ahora cuidadosamente neutral, llena el altavoz.
Comisario Jefe: “Señor Tantalean. Es un… honor. ¿En qué puedo servirle?”
Cristhian: (No pierde el tiempo con cortesías. Su voz es un rugido de acero frío) Escúcheme bien, y escúcheme una sola vez. Dejen a mi esposa, Milagros Luchesse Tantalean, en paz. Ya ha contestado sus preguntas. Está consternada por lo sucedido a su amiga, como cualquiera lo estaría. Pero si vuelven a molestarla, si se acercan a mi casa, si la miran siquiera de reojo… (hace una pausa dramática, cargando cada palabra) retiraré cada céntimo de mi apoyo económico a su departamento y a cualquier iniciativa municipal que ustedes respalden. Y mis contactos en el Ministerio del Interior y en el Palacio del Elíseo oirán de mi… profunda desilusión con la forma en que se está gestionando este caso, buscando chivos expiatorios entre ciudadanos respetables en lugar de cazar a los verdaderos criminales. ¿Me explico con suficiente claridad?
La amenaza no es velada. Es directa, brutal y extremadamente creíble. El silencio al otro lado de la línea es elocuente. El Comisario Jefe sabe perfectamente lo que significa el apoyo financiero y político de alguien como Tantalean para su presupuesto y su carrera.
Comisario Jefe: (Después de una tos seca) Señor Tantalean, entiendo su… preocupación. Por supuesto, no es nuestra intención hostigar a ciudadanos inocentes. La Sra. Tantalean ha cooperado como testigo. Revisaremos el enfoque de la investigación para asegurarnos de que no haya… inconvenientes.
Cristhian: (Corta la llamada sin despedirse. Baja el teléfono y mira a Milagros, su expresión es de triunfo sombrío) Ya está. Asunto solucionado. No te volverán a molestar.
Milagros lo mira, y por una vez, su admiración no es del todo fingida. La eficiencia brutal de su marido, su capacidad para doblegar instituciones con una llamada, es impresionante. Y, en este caso, le ha hecho el trabajo sucio. Ha usado su poder para sellar aún más el silencio alrededor de ella. Le sonríe, una sonrisa dulce y agradecida, mientras por dentro calcula cómo manejar la nueva vigilancia de sus guardias y qué hacer con la policía, que ahora no solo tendrá miedo de su apellido Luchesse, sino también de la ira financiera de su marido. El muro alrededor de ella es ahora más alto e impenetrable que nunca.
Milagros se detuvo un instante en el filo de la loseta, el sol de mediodía azotándole los hombros ya tostados. Sabía que Cristhian la espiaba desde la sombra del cenador, pero no volvió la mirada: prefirió alargar el suspenso. Se acomodó las tiras del triángulo del bikini, haciendo que el aro transparente quedara centrado justo entre sus pechos, y retocó el cordón lateral del brasileño que apenas cubría el monte de Venus; los aros plateados que lo decoraban le restallaron suavemente contra la piel. Un paso, otro, y la confianza fue brotando de su cadera: cada movimiento era una provocación calculada, el bronceado luciéndole como aceite sobre mármol.
Cuando llegó al borde de la piscina su propio reflejo la sorprendió: los ojos grandes y húmedos, las tetas firmes apretadas por la tela, la cintura estrecha que se abría en unos glúteos redondos
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