DULCE VENENO - Capítulo 194
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 194: Froto
Glúteos redondos y carnosos. Inspiró, flexionó las rodillas y saltó: su cuerpo describió un arco limpio antes de partir la superficie con un chapoteo contenido, apenas un murmullo de burbujas que a ella le sonó como un aplauso. El agua fría le azotó los pezones de golpe y le arrancó un jadeo apenas audible; de inmediato notó cómo la tela del bikini se le pegaba, delineando el contorno de su sexo, y eso la excitó más.
Cristhian aguardó apenas dos segundos. Se quitó la camiseta de un tirón, dejando al descubierto el torso delineado, el vello oscuro dibujándose entre los pectorales. Se aproximó al borde, los ojos clavados en ella, y se lanzó; al salir a la superficie ya nadaba directo hacia Milagros, brazadas potentes que encendían el agua. Ella fingió sorprenderse cuando lo vio emerger a un palmo, pero la sonrisita torcida la traicionó: lo esperaba.
Sin preámbulos, Cristhian se colocó tras ella. Una mano le recorrió el estómago hacia arriba; la otra, más audaz, le agarró el culo con fuerza, hundiendo los dedos en la carne mojada. Milagros contuvo el aliento al sentir la yema de sus dedos rozándole el cordón del bikini. «Te estás poniendo dura, nena», murmuró él contra su nuca, y ella respondió arqueando la espalda, ofreciendo el pescozón húmedo a su boca.
El beso fue tormentoso desde el principio: labios que se buscaron, lengua de él que entró sin ceremonia, sabor a cloro y deseo. Cristhian mordisqueó el borde de su boca, saboreando, mientras con la mano libre le bajaba la tira del bikini del culo, dejando aire a la mitad del glúteo. El agua los sostenía, los mecía, y cada vaivén hacía que la tela se les metiera entre las piernas, frotándoles la piel como una segunda boca.
Con un impulso, Cristhian la empujó hasta la esquina de la piscina, donde el azulejo era liso y poco profundo: sus pechos quedaron a flor de agua, los pezones como dos cuentas endurecidas que raspaban contra la superficie. Él apretó más, hasta que ella sintió el borde del escalón marcándole la cadera. Fue entonces cuando le resbaló la mano por dentro del bikini, deslizó la tanga hacia un lado y descubrió la humedad que no provenía del agua: la concha de Milagros estaba caliente, abierta, palpitante. «Putita mojada», la insultó con ternura, y ella soltó un gemido bajo, ahogado contra el muro de azulejo.
Cristhian no esperó. Con la otra mano se bajó el short de baño hasta las rodillas; su pico se alzó tieso, rojo de tanto deseo, la punta brillosa de pre-cum que se mezcló con el agua al instante. Se frotó una vez contra el cachete de ella, marcando territorio, luego agarró la base y guió la cabeza entre sus labios mayores. El primer contacto fue eléctrico: Milagros abrió la boca sin voz, sintió cómo la pared de su vagina se abría lenta, cremosa, recibiéndolo con un calorcito que desmentía la frescura del agua. Cuando estuvo hasta dentro, él se detuvo, respiró hondo y apretó los dientes: «Apriétame, cariño».
Milagros obedeció: cruzó los muslos alrededor de su cintura, los tobillos cerrándose sobre el culo de él, y se agarró a sus hombros mientras el agua le llegaba al pecho. Comenzaron así, pegados, el movimiento primero lento, casi de vaivén de mar, pero pronto acristalado en un ritmo frenético: cada embestida de Cristhian hacía chapalear el agua, que chocaba contra la pared y volvía en olas diminúsculas hasta sus propios pechos. Los azulejos resbalaban, Milagros se apoyó en un codo para no hundirse, y la nueva postura abrió aún más su sexo, permitiendo que el rabo de él la visitara más hondo, rozándole el punto que la hacía temblar.
Un par de veces abrió los ojos: vio la sombra de una palmera dibujándose sobre la superficie, un nube alejada, y más allá, la tumbona donde alguien podía aparecer en cualquier momento. La idea de ser descubiertos la excitó hasta el límite: sintió la primera contracción, un latigazo de placer que le subió por la espina y le sacó un gemido ronco. Cristhian lo notó, clavó los dedos en sus nalgas y aumentó la cadencia, el agua agitándose como si una lancha pasara a su lado. «Vas a correrte aquí mismo, frente a todo el mundo», le dijo al oído, y ella respondió con un «sí, sí, fóllame» que apenas era un susurro ahogado.
Entonces él la giró, sin sacarla de encima; la postura pasó de frente a espalda contra la pared, y la nueva presión le aplastó el clítoris contra el vello púbico de él. Milagros sintió el orgasmo subir, subir, como un ascensor que iba a estrellarse contra el tejado. Cristhian, por su parte, ya no pensaba: solo embestía, agarrándole el pelo mojado, tirando suave pero con firmeza, dominándola sin dejar de besarle la nuca. Cada jalón era una orden más, cada empuje una afirmación: «Eres mía, ¿entendés?». Ella asentía, jadeando, la boca abierta para recibir aire que no encontraba.
El agua los envolvía, los escondía parcialmente, pero también amplificaba el ruido de sus cuerpos: el choque de pelvis contra cachete, el ruido mojado de la carne entrando y saliendo, el chapoteo cada vez más descontrolado. En un momento, Cristhian deslizó la mano por delante, buscó el capuchón del clítoris y lo frotó con el pulgar en círculos rápidos, imparable. Milagros se encogió, tensó las piernas que lo sujetaban, y la primera ola la atravesó: fue una contracción tan fuerte que obligó a Cristhian a detenerse un segundo, apretado dentro de ella como si una mano invisible lo estrujara.
No se detuvo más. Continuó, despiadado, aprovechando que su concha palpitante lo lubricaba aún más. Sintió su propio clímax acercarse, ese calor que sube por los huevos y se concentra en la punta; aguantó lo que pudo, pero cuando Milagros, entre gemidos, le susurró «venite dentro, dame tu leche», perdió el control. Embistió tres, cuatro veces más, hondo, y se quedó pegado, la punta contra el cuello del útero, largando chorros de semen caliente que ella percibió como pulsos dentro de su vagina. Se quedaron así, soldados por el semen, el agua temblando a su alrededor mientras el placer se les escapaba en espasmos diminutos.
Transcurrieron varios segundos antes de que él se apoyara la frente en su espalda y ella soltara las piernas, exhausta. El agua volvió a calmarse, solo un leve oleaje besando las baldosas. Cristhian se retiró despacio, la verga aún media tiesa, chorreando leche que el agua se llevaba en filamentos turbios. Se arregló el short sin dejar de mirarla; Milagros se acomodó la tanga con dedos temblorosos, sintiendo el cosquilleo de la corrida escapándole por los pliegues. Sin pensar, le pasó la lengua por los labios, saboreando el rastro de sal y cloro, y le guiñó un ojo: «Esto recién empieza», atisbó.
Por sobre la música de fondo que colgaba del chiringuito lejano, unas voces se acercaban. Los dos intercambiaron una mirada rápida, cómplice: el momento público casi había sido descubierto. Cristhian se alegró la camiseta flotando cerca, se la puso dentro del agua para disimular la mancha mojada, y Milagros se hundió hasta el cuello, sonriendo con la picardía de quien guarda un secreto ardiente entre las piernas. El sol seguía alto, el agua los esperaba, y la tarde prometía nuevas superficies donde arrancar gemidos, nuevos escondites donde la piscina sería solo el principio.
Patio de la piscina (vista desde las puertas corredizas de cristal).
Stefanny, aún vestida con su llamativo vestido de flores rojas, sale sigilosamente al patio en busca de un poco de aire fresco o quizás de alguien con quien hablar después de la intensa escena en el salón. Se detiene en el umbral, sus ojos se ajustan a la luz brillante.
Lo que ve la hace paralizarse.
Milagros y Cristhian están de pie junto al borde de la piscina, bajo la sombra del toldo. Cristhian la tiene aún entre sus brazos, pero la tensión feroz ha dado paso a
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com