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DULCE VENENO - Capítulo 195

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  4. Capítulo 195 - Capítulo 195: Día gris y frío.
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Capítulo 195: Día gris y frío.

Ha dado paso a algo más… posesivo, íntimo. Él le murmura algo al oído, y ella responde con una sonrisa pequeña y privada, su mano acariciando su brazo. La proximidad, la intensidad de su conexión en ese momento, es palpable incluso a distancia. El bikini diminuto de Milagros y la cercanía de sus cuerpos crean una imagen de intimidad conyugal intensa y exclusiva.

Stefanny siente un rubor instantáneo y caliente subir por su cuello y rostro. No es celos, sino una mezcla de vergüenza ajena y una aguda conciencia de haber interrumpido un momento privado entre dos personas cuya dinámica de poder y pasión siempre la ha intimidado. Da un paso atrás rápidamente, sin hacer ruido, y se retira al interior de la sala, su corazón latiendo con fuerza.

Interior del salón, junto a una columna en un rincón semi-oscuro.

Lansky no se había ido. Había permanecido, esperando, observando. Desde su posición, tiene una vista clara de la puerta del patio y del gesto de Stefanny.

Ve cómo ella sale, se queda helada por un instante, y luego retrocede rápidamente, con las mejillas encendidas. Sigue su mirada hacia la piscina y comprende al instante lo que ha visto.

Una sonrisa lenta, cargada de ironía y algo más oscuro—¿satisfacción? ¿Despecho?—se dibuja en sus labios. No es una risa abierta, sino un movimiento silencioso de sus hombros, una exhalación divertida y cínica.

Lansky: (Para sí mismo, en un susurro apenas audible) Pobre pequeña Stefanny… descubriendo que hasta los dioses en su Olimpo tienen sus… rituales privados. (Su mirada se vuelve más intensa, observando la puerta por donde ella salió). Y tú, hermanita… tan buena actuando la esposa feliz para él. Tan diferente de como actúas para mí.

Se endereza y se aleja del rincón, su presencia una vez más pasando desapercibida en la mansión, dejando atrás el eco de su risa silenciosa y el conocimiento de que Stefanny acaba de recibir otro recordatorio más del mundo complejo, adulto y a menudo perturbador en el que está atrapada, un mundo donde Lansky parece ser el único que ve todas las facetas de la verdad, y se deleita con ello.

Habitación del hospital. Luz clínica y fría.

El doctor entra con dos enfermeras. Su expresión es profesional pero grave. Se acercan a la cama de Isaura.

Doctor: (Con voz suave pero firme) Isaura, hoy vamos a retirarle las vendas de las manos y de la cara. Es un paso importante. Va a sentir la piel al aire, y puede haber algo de sensibilidad y… cambios en la apariencia. Estamos aquí con usted.

Las enfermeras se preparan con tijeras estériles y gasas. Con movimientos cuidadosos, comienzan a cortar y desenrollar las gruesas vendas de sus manos. La piel que aparece está pálida, marcada por cicatrices rojas y gruesas en el centro de cada palma, donde el cuchillo penetró. Los dedos están rígidos, la movilidad claramente afectada. Isaura mira sus manos como si no le pertenecieran, un temblor recorriéndolas.

Luego, llega el momento más difícil. Con extrema delicadeza, retiran las vendas faciales. Primero la de los ojos, luego las que cubrían la mitad inferior de su rostro.

Lo que se revela hace que las enfermeras, a pesar de su entrenamiento, se estremezcan visiblemente. Una de ellas da un pequeño paso atrás, llevándose una mano a la boca para sofocar un sonido.

La “sonrisa” no es una sonrisa. Son dos líneas largas, rojas y hundidas, que se extienden desde las comisuras de sus labios hacia las mejillas, como si alguien hubiera dibujado una mueca macabra con un cuchillo sin filo. Los puntos de sutura forman relieves ásperos. Los labios están ligeramente retraídos por la tensión de la cicatriz, dando a su boca una expresión permanentemente tensa y dolorida. Es una desfiguración profunda, deliberada y horrorosa.

Isaura: (Su voz sale ronca, forzada, debido al daño en los músculos faciales. Sus ojos, llenos de un miedo terrible, se clavan en el doctor) Quiero… un espejo.

La petición cae como un jarro de agua fría. Las enfermeras se miran entre ellas, angustiadas. El doctor frunce el cejo, su rostro lleno de una compasión profesional pero también de advertencia.

Doctor: (Se inclina) Isaura… los resultados no son estéticos. La prioridad era salvar el tejido y la función. La reconstrucción fue… limitada por el daño. Es mejor si se enfoca en la recuperación de la movilidad, no en…

Isaura: (Lo interrumpe, su voz sube, distorsionada y cargada de un pánico creciente) ¡¡UN ESPEJO!! ¡¡QUIERO VERME!!

Golpea la cama con sus manos recién liberadas, un gesto torpe y doloroso que hace que el equipo médico salte. La rabia y el miedo son absolutos.

El doctor mira a las enfermeras, luego a Isaura. Sabe que negárselo podría ser peor. Con un suspiro resignado, asiente con la cabeza.

Una de las enfermeras, con mano temblorosa, toma un pequeño espejo de mano de la mesita de noche y se lo entrega a Isaura, sosteniéndolo para ella ya que sus manos aún son torpes.

Isaura agarra el espejo con dificultad y lo levanta frente a su rostro.

Por un segundo, hay silencio. Sus ojos escudriñan el reflejo, procesando la imagen que le devuelve el cristal. Recorre las líneas rojas, la boca deformada, la piel pálida y marcada.

Luego, su rostro se contrae. Un sonido, entre un grito ahogado y un gemido animal, se le escapa de la garganta. Sus ojos se abren con horror puro, con un reconocimiento tan devastador que parece que su alma se desgarra.

Isaura: (Su grito estalla, agudo, desgarrador, lleno de una agonía que va más allá del dolor físico) ¡¡NOOOO!! ¡¡NO PUEDE SER!! ¡¡ESA NO SOY YO!!

Lanza el espejo con toda la fuerza que sus manos dañadas le permiten. Vuela por la habitación y se estrella contra la pared, haciéndose añicos con un sonido de cristal roto que parece simbolizar su propia imagen destruida.

Inmediatamente después, rompe a llorar. No son sollozos suaves, sino un llanto convulsivo, desesperado, de alguien que acaba de ver su humanidad robada y reemplazada por una máscara de monstruo. Se cubre el rostro con sus manos cicatrizadas, su cuerpo se sacude con cada gemido.

Las enfermeras se estremecen de nuevo, paralizadas por la crudeza del dolor emocional frente a ellas, incluso más fuerte que el físico que han tratado. El doctor cierra los ojos por un momento, impotente. La herida en el espejo del alma de Isaura acaba de abrirse, y es una que ninguna cirugía puede cerrar. La “sonrisa” de Milagros ha cumplido su objetivo más cruel: ha creado un recordatorio permanente no solo para Isaura, sino para todos los que la vean, de que su identidad y su belleza le fueron arrebatadas con sadismo y precisión.

El doctor firma los últimos papeles y le da un fugaz, compasivo y aliviado apretón de manos a Isaura. “Buena suerte”, murmura, sabiendo que la suerte tiene poco que ver con lo que le espera.

Isaura está lista. Se ha cambiado en el baño de la habitación, poniéndose las prendas que traía en su mochila Tommy Jeans el día del ataque. El suéter crema ajustado, los pantalones baggy desgastados, el cardigán gris de canalé abierto. Se ha puesto el collar fino y los zapatos blancos. La ropa es juvenil, normal, pero ahora cubre un cuerpo que ya no siente propio.

Toma la larga bufanda negra con flecos y se la envuelve mecánicamente alrededor del cuello. No es sólo por el frío.

Da sus primeros pasos fuera del vestíbulo climatizado y hacia la calle. El aire exterior la golpea, pero es menos frío que las miradas.

Caminando por la acera, lo nota de inmediato. Las personas que pasan, al acercarse, levantan la vista hacia ella. Sus ojos se encuentran con el rostro de Isaura, con las dos líneas rojas y hundidas que le cortan la cara. La reacción es instantánea, visceral.

Miradas que se desvían rápidamente, llenas de incomodidad y horror contenido. Algunos fruncen el ceño, otros abren ligeramente la boca antes de apartar l

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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