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DULCE VENENO - Capítulo 196

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Capítulo 196: Tono

Apartar la vista. No es curiosidad; es repulsión disimulada.

Luego, un niño pequeño, agarrado de la mano de su madre, la señala. “¡Mira, mamá! ¿Qué le pasó a esa señora?” La madre, sin mirar a Isaura, apresura el paso y susurra algo, tirando de la mano del niño. Pero otro niño, un poco más lejos, la ve claramente y emite un pequeño grito de susto, escondiéndose detrás de las piernas de su padre. El padre la mira brevemente, con una expresión de lástima y algo de disgusto, y se aleja.

Isaura lo siente como golpes físicos. Cada mirada desviada, cada expresión de horror, cada grito infantil, es un recordatorio de su nueva realidad. Ya no es una persona; es una atracción de feria, un espectáculo de terror, un monstruo.

Se detiene en medio de la acera, sintiendo que el mundo gira a su alrededor. Su mano, temblorosa, se lleva a la cara, tocando las cicatrices ásperas. Luego, con un movimiento brusco y desesperado, agarra los extremos de la bufanda negra y se la sube rápidamente, envolviendo la mitad inferior de su rostro, cubriendo la “sonrisa” y parte de sus mejillas. Solo sus ojos, ahora llenos de un dolor y un miedo abismales, quedan visibles.

Respira con dificultad a través de la tela. El mundo, desde detrás de la bufanda, no es menos hostil, pero al menos ahora las personas ya no retroceden al verla. Se ha convertido en una figura anónima y enmascarada, una sombra que se arrastra por las calles de una ciudad que ya no la reconoce como humana. El primer paseo de Isaura en el mundo como una “sobreviviente” ha terminado casi antes de comenzar, ahogado en el peso insoportable de las miradas ajenas. Su viaje a casa, o a donde quiera que vaya ahora, será un viaje de ocultamiento, de vergüenza, y de la certeza de que Milagros no solo le robó su rostro, sino su lugar en el mundo.

Suite Presidencial, Hotel de Lujo, París. La habitación está sumida en una penumbra deliberada, solo rota por la tenue luz de una lámpara de pie que ilumina un rincón, y el brillo lejano de la ciudad a través de las cortinas entreabiertas.

La atmósfera es densa, silenciosa, cargada de poder y secreto.

En el centro, ocupando casi por completo un gran sillón de terciopelo rojo sangre, está Ella.

Su presencia es magnética, imponente incluso en reposo. Su cabello es una obra maestra natural: una cascada de rizos café oscuro, casi negros, voluminosos y definidos, que enmarcan su rostro con una fuerza salvaje y elegante a la vez. Parece una corona de ébano viviente.

Viste con una elegancia severa y poderosa: un traje de chaqueta y pantalones negros, impecablemente cortado, que emana autoridad. Bajo la chaqueta abierta, una blusa de seda roja escotada brilla como una herida o un rubí, el único punto de color en la oscuridad, contrastando violentamente con el negro y su tez.

Está sentada con una relajación absoluta que es en sí misma una demostración de control. Las piernas cruzadas, una línea larga y poderosa. En una mano, largos dedos adornados con anillos de metal grueso, sostiene un cigarrillo delgado. Una lenta voluta de humo se eleva hacia el techo, dibujando fantasmas en el aire quieto. La otra mano reposa sobre el brazo del sillón, cerca de un reloj de pulsera ancho y complejo que destella débilmente.

Su expresión es lo más impresionante. No es cruel, ni siquiera particularmente fría. Es seria, penetrante, absolutamente consciente. Sus ojos, que reflejan la mínima luz de la habitación, observan algo que solo ella puede ver—o tal vez nada en absoluto, simplemente ejercitando su dominio sobre el espacio y el silencio. Transmite una confianza inquebrantable y una autoridad que no necesita ser vocalizada; se respira.

El fondo oscuro de la suite lujosa pero austera la aísla, la convierte en un cuadro vivo. Todo—el color, la postura, la mirada—está calculado para intimidar, para imponer respeto, y para dejar claro que quien esté frente a ella está en territorio de alguien que está varios pasos por delante en cualquier juego que se esté jugando. No es Milagros con su elegancia fría, ni Lansky con su obsesión posesiva. Esta es una fuerza de otro orden: una soberana en la sombra, esperando, evaluando, con un cigarrillo como cetro y el peso de su propio pelo como manto.

Vestíbulo privado, frente a las suites de lujo del hotel. Corredor alfombrado, iluminación tenue. Isaura, con la bufanda negra subida hasta justo debajo de los ojos y su ropa juvenil y desgastada, parece completamente fuera de lugar.

Se planta frente a la puerta doble y ornamentada de la suite presidencial. Custodiándola hay dos guardias. No son los matones musculados de Milagros; estos son diferentes: serios, de mirada clara y analítica, vestidos con trajes oscuros impecables que no logran ocultar la firmeza de su constitución ni la desconfianza instantánea en sus ojos. Son profesionales de alto nivel, posiblemente ex-militares o de agencias de seguridad privada de élite.

Isaura: (Su voz sale distorsionada y apagada por la bufanda, pero cargada de una urgencia desesperada) Necesito verla. Quiero hablar con ella. Ahora.

Guardia 1: (Sin moverse un centímetro, su voz es plana, impersonal) No hay visitas sin cita confirmada. No la conocemos. Tiene que irse.

Isaura: (Da un paso adelante, sus ojos, los únicos visibles, brillan con frustración y pánico) ¡Somos amigas! ¡Amigas de la infancia! Dile que es Isaura. ¡Isaura Mendes! ¡Ella me conocerá!

Guardia 2: (Intercambia una mirada breve con su compañero. El nombre no les significa nada, o si les significa, sus instrucciones son aún más estrictas) Las instrucciones son claras. Sin cita, no pasa nadie. Ni con nombres, ni con historias. Por favor, déjenos hacer nuestro trabajo y retírese.

La frialdad profesional, el rechazo sin apelación, es como una puerta de acero cerrándose en su cara. La desesperación de Isaura se convierte en rabia impotente.

Isaura: (Su voz se agrieta, subiendo de tono, los insultos brotando de su dolor y frustración) ¡¿Qué son, sus perros mudos?! ¡¿Solo saben decir “no” y pararse ahí como estatuas?! ¡Déjenme pasar, malditos robots! ¡Necesito verla!

Guardia 1: (Su expresión se endurece ligeramente. Da un paso adelante, no amenazante, pero su presencia se hace más grande, más intimidante. Su voz baja, pero es más firme) Señorita. Esta es su última advertencia. Debe irse. Ahora. No vamos a repetirlo.

No sacan armas, no la tocan. Pero la amenaza en su tono y en su postura colectiva es clara: la sacarán por la fuerza si es necesario. Son una barrera infranqueable, entrenada para ignorar provocaciones y hacer cumplir órdenes.

Isaura tiembla, no solo de miedo, sino de la agonía de estar tan cerca (cree ella) de alguien que podría entender, que podría ayudarla, o al menos escuchar su verdad, y ser bloqueada por estos centinelas impasibles. Sus insultos se ahogan en su garganta, reemplazados por un jadeo de impotencia. Mira la puerta cerrada, luego a los guardias, y un nuevo tipo de terror, el de la absoluta exclusión, se apodera de ella. Da media vuelta y se aleja por el corredor, los pasos de los guardias no la siguen, pero su fracaso la persigue como un fantasma. La puerta a un posible refugio o venganza acaba de cerrarse, sellada por la eficiencia despiadada de la seguridad de Ella.

La desesperación de Isaura estalla. Ante la negativa fría de los guardias, un grito rasgado, cargado de agonía y rabia, se le escapa desde lo más hondo, distorsionado por la bufanda y sus heridas.

Isaura: (Gritando hacia la puerta cerrada) ¡¡LUZMILA! ¡¡POR FAVOR, NECESITO HABLARTE!! ¡¡SOY ISAURA! ¡¡TE LO SUPLICO!!

El grito, brutal y desgarrador, resuena en el corredor alfombrado. Los guardias se tensan, listos para actuar.

Pero antes de que puedan mover un músculo, desde el interior de la suite, una voz atraviesa la madera maciza. No es alta, ni gritada. Es serena, clara, y cargada de una autoridad que no admite discusión.

Voz desde dentro (Luzmila): Déj

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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