DULCE VENENO - Capítulo 197
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Capítulo 197: Maletín
Déjenla pasar.
Es una orden simple. Los guardias, sin cuestionar, sin cambiar su expresión, se abren al unísono, apartándose de la puerta. Uno de ellos gira el pomo y empuja suavemente la pesada puerta hacia adentro.
Isaura entra tambaleándose, empujada por la desesperación más que por sus propios pies. La habitación oscura y lujosa la envuelve. Y allí, sentada en el gran sillón rojo como una reina en su trono, con un cigarrillo entre los dedos, está Luzmila. Su cabello voluminoso, su traje negro, su blusa roja escotada, todo parece absorber la poca luz de la habitación y reflejar poder.
Isaura se detiene frente a ella, jadeando. Con manos temblorosas, se baja la bufanda, revelando por completo las cicatrices rojas y hundidas que le atraviesan la cara. Sus ojos, llenos de lágrimas de dolor y furia, se clavan en Luzmila.
Isaura: (Su voz es un sollozo roto, pero cada palabra está cargada de veneno) Luzmila… necesito tu ayuda.
Luzmila: (Da una calada lenta a su cigarrillo, exhala el humo hacia un lado sin apartar la mirada de Isaura. Su expresión es inescrutable, apenas un leve arqueo de ceja. Su voz es tan serena como antes) ¿Con qué?
La simpleza de la pregunta, la frialdad, parece desatar algo en Isaura. Ya no es la súplica. Es la acusación.
Isaura: (Avanza un paso, mostrando sus manos, con las cicatrices gruesas en las palmas) ¿Con esto? (Luego señala su rostro con un gesto brusco) ¿O con esto? ¡Mira! ¡MIRA LO QUE ME HIZO!
Su voz sube, transformándose en un grito de furia pura.
Isaura: ¡Fue ella! ¡MILAGROS! ¡Tu “hermana” de juegos! ¡La perfecta, la elegante Milagros! (Un sollozo de rabia la interrumpe). ¡Me llamó al Guy Savoy! ¡Fingió una reconciliación! ¡Y luego… luego sus hombres me llevaron, y ELLA…! (Toca las cicatrices de su rostro con dedos que no pueden cerrarse del todo). ¡Me clavó las manos a una mesa y me CORTÓ la cara! ¡ME DEJÓ ESTO! ¡UNA SONRISA DE PAYASO! ¡PARA QUE NUNCA VUELVA A SONREÍR!
Las lágrimas corren libremente ahora, mezclándose con la saliva y la rabia.
Isaura: ¡Y lo hizo porque me atreví a amenazar a su precioso hermanito, Lansky! ¡Porque sabía su asqueroso secreto! ¡Son hermanos, Luzmila! ¡HERMANOS! Y se protegen como una manada de perros rabiosos. ¡Pero a mí me convirtieron en esto! (Grita, señalándose). ¡En un MONSTRUO que la gente no puede ni mirar!
Se desploma de rodillas frente al sillón, no en sumisión, sino en agotamiento total, su cuerpo sacudido por los sollozos y la furia.
Isaura: (Mirando a Luzmila con ojos suplicantes y llenos de odio) Tú la conoces. Tú la conoces desde siempre. Tú… tú sabes cómo es realmente. Yo necesito… necesito que me ayudes. Necesito justicia. Necesito… que ella pague. Que sienta aunque sea una fracción de este dolor. ¡AYÚDAME!
El silencio que sigue es profundo, solo roto por los jadeos de Isaura. Luzmila ha escuchado el torrente de acusaciones sin alterarse. Ahora baja la mirada hacia la figura rota y llena de odio a sus pies, el humo de su cigarrillo formando un velo entre ellas. La pregunta no es si cree a Isaura; la pregunta es qué valor tiene para ella esta verdad, y qué precio tiene la venganza que Isaura pide a gritos.
(La habitación absorbe las palabras de Isaura. Luzmila no se altera. Baja la mirada hacia ella, y su expresión es de desprecio lúcido, no de compasión.)
Luzmila: (Su voz es un filo de hielo) Tú misma te buscaste este destino, Isaura. Conocías las reglas del juego cuando decidiste chantajear a Lansky. Sabías con quién te estabas metiendo. Pero no fuiste más allá en tu cálculo, no previniste su reacción… o la de ella. Y ahí… (hace un gesto despectivo hacia su rostro) está tu consecuencia. Ahora, aguántala.
Isaura deja de sollozar. Un cambio sorprendente se opera en ella. Aprieta los puños con fuerza, y a través de las lágrimas y las cicatrices, esboza una sonrisa. No de alegría, sino maliciosa, retorcida, la sonrisa de quien guarda un as bajo la manga.
Isaura: (Su voz deja de temblar, adquiere una cadencia fría y calculadora) Me debes un favor, Luzmila. ¿O ya olvidaste? Yo te ayudé a quedarte con lo que tienes ahora. ¿O quieres que vaya a la prensa y les cuente la verdadera historia de cómo la heredera Ramos consolidó su posición?
Luzmila no se inmuta. Toma el cigarrillo y lo apaga lentamente en un cenicero de cristal. Luego, se ríe. No es una risa alegre; es un sonido seco, hueco, cargado de incredulidad y desdén.
Luzmila: Jajajaja… ¿De verdad? ¿De verdad crees que te van a escuchar? (Señala su rostro con un movimiento de mentón). Mira cómo estás. Mira tu rostro. ¿Crees que alguien tomará en serio a una… cosa como tú? Una mujer desfigurada, desesperada, sin un céntimo. Y además… (su tono se vuelve letalmente suave) no tienes pruebas.
Isaura: (Su sonrisa se ensancha, una mueca grotesca que estira sus cicatrices) Jajaja… Luzmila, Luzmila… no sabes de lo que soy capaz. (Se endereza con dificultad). Y sí. Sí tengo pruebas. Son… mi seguro de vida. Entonces, la decisión es simple. ¿Me ayudas… o lo digo todo?
Luzmila la observa por un largo momento. Luego, sin apartar la mirada de Isaura, chasquea los dedos una vez, con un sonido seco.
La puerta se abre inmediatamente. Los dos guardias entran y se colocan en silencio detrás de Isaura, sus presencias formidables llenando el espacio a su espalda.
Luzmila: (Inclina la cabeza, su voz es un susurro peligroso) ¿Y qué te hace pensar… que no te mataré aquí mismo? Mis hombres pueden hacer desaparecer tu cuerpo y tu historia antes de que el humo de mi cigarrillo se disipe.
Isaura no se inmuta. No mira hacia atrás. Sostiene la mirada de Luzmila.
Isaura: ¿De verdad creíste que vendría sin un seguro? Hay una persona. Le di instrucciones. Si no regreso, o si no le envío una señal específica en la próxima hora… enviará todo lo que tengo a las redacciones de los periódicos más importantes del mundo. Entonces, ¿qué dices?
Luzmila permanece en silencio. Sus ojos, negros y calculadores, pesan el riesgo. Finalmente, exhala un suspio que no es de derrota, sino de fastidio ante un inconveniente.
Luzmila: De acuerdo. (Su tono es de negocios). Te presto a mis dos hombres. Son de mi completa confianza. Ellos… te ayudarán con lo que necesites. (Hace una pausa). Y toma. (Señala un maletín negro elegante que estaba junto al sillón). Un billón de euros. Nada más. Y será mejor que esas… pruebas… desaparezcan. Para siempre.
Isaura asiente, su sonrisa maliciosa se transforma en una de triunfo amargo. Toma el maletín, que es sorprendentemente pesado. Sin una palabra de agradecimiento, se da la vuelta y sale de la habitación, escoltada ahora no como una intrusa, sino como una incómoda aliada temporal. Los dos guardias la siguen.
En cuanto la puerta se cierra, Luzmila no se relaja. Toma otro cigarrillo, pero no lo enciende. Mira la puerta por donde salieron.
Luzmila: (Susurrando órdenes a la habitación vacía, sabiendo que sus hombres, aún en el otro lado de la puerta delgada, la escuchan) Ayúdenla con lo que necesite… mientras buscan esas pruebas. Y cuando las tengan… (hace una pausa, su voz es glacial) terminen el trabajo. Limpien el desastre.
Afuera, en el corredor, los guardias asienten casi imperceptiblemente, habiendo escuchado a través del intercom o simplemente conociendo el protocolo. Siguen a Isaura, sus rostros impasibles. Para ellos, ya no es una suplicante; es una tarea pendiente con dos fases: ayuda, y luego eliminación. Isaura camina con el maletín, creyendo haber ganado una mano, sin saber que acaba de sellar su sentencia de muerte con el mismo dinero que cree que la salvará.
(El agua de la piscina está quieta ahora, reflejando el cielo estrellado como un espejo roto, apenas perturbada por las ondas concéntricas que lentamente se desvanecen. El aire nocturno es fresco, pero la piel de Cristhian y
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