DULCE VENENO - Capítulo 202
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Capítulo 202: Mirada
El espacio habitual ha sido irreconocible. El techo se ha convertido en una vasta bóveda curva hecha de miles de líneas luminosas y fibras ópticas que palpitan y fluyen con suaves transiciones de color, desde azules profundos hasta lavandas y blancos plateados, imitando una aurora boreal o las corrientes de un mar de luz. De esta bóveda celestial cuelgan enormes candelabros de cristal tallado que atrapan y refractan la luz, lanzando destellos de arcoíris sobre la multitud.
Los laterales del salón están enmarcados por arcos altísimos recubiertos de pan de oro y detalles ornamentales que brillan con una calidez terrenal en contraste con el techo futurista. Pero la pieza más impactante es el suelo. Ha sido cubierto con un espejo pulido a la perfección que refleja no solo a los invitados, sino toda la iluminación del techo, duplicando la magia y creando la ilusión de que los bailarines flotan en un espacio infinito, entre el cielo y su reflejo.
Y bailan. Centenares de personas, la crème de la crème de Europa, vestidas con una elegancia uniforme: mujeres en largos vestidos blancos, plateados y tonos pastel que flotan como nubes, y hombres en impecables esmoquines negros. Se mueven al compás de una orquesta en vivo que toca un vals moderno y etéreo. Es una visión de cuento de hadas, pero de uno escrito en el siglo XXII, una fusión de tradición palaciega y sueño futurista.
El momento culminante de la entrada real. La música del vals baja a un susurro expectante. Todas las miradas, como por arte de magia, se vuelven hacia las grandes puertas de roble tallado del salón.
Estas se abren con una majestuosidad silenciosa, y entra Milagros.
Es una aparición que detiene el aliento y redefine el concepto de “llegada”. Su vestido no es solo un atuendo; es una declaración de poder, sangre y teatro. El rojo intenso y brillante del tejido es el color de una advertencia, de una pasión letal. El corsé ajustado con detalles dorados que parecen una armadura medieval la cincha como una guerrera de alta costura. El escote corazón y los tirantes cruzados añaden una sensualidad calculada. Pero es la falda la obra maestra: la abertura altísima que revela una pierna es un desafío, un guiño de audacia absoluta. El patrón de rejilla dorada que sigue su cuerpo como un segundo esqueleto luminoso, y la larga cola voluminosa y fluida que se arrastra como un río de sangre y terciopelo, creando una estela de poder a cada paso.
A su lado, Cristhian parece la encarnación del poder terrenal que la acompaña. Viste un esmoquín de un negro tan profundo que parece absorber la luz, su porte es el de un emperador. Juntos, no son solo un matrimonio; son una dinastía entrando a reclamar su tributo.
Un aplauso estalla, no espontáneo, sino cortés, reverente y cargado de admiración temerosa. Los invitados, todos ellos importantes, reconocen en esta entrada quiénes son los verdaderos soberanos de la noche, y por extensión, de gran parte del mundo en esa sala.
Y luego están los destellos. Una horda de periodistas y fotógrafos acreditados para el evento se abalanzan (dentro de los límites marcados por discretos guardias). Los flashes estallan como una tormenta de luz blanca, capturando a la pareja desde todos los ángulos: el perfil perfecto de Milagros, la mano de Cristhian en la espalda baja de ella, la mirada serena y dominante que ambos comparten. Cada clic es un titular futuro, una imagen que circulará en revistas de sociedad y economía, consolidando su imagen como el epítome del poder, la belleza y la unión inquebrantable.
Milagros avanza con una lentitud regia, su cola roja barriendo el espejo del suelo, duplicando su imagen. Sonríe, una sonrisa pequeña y perfecta para las cámaras, pero sus ojos, como siempre, escanean la sala, evaluando, midiendo. Esta es su arena tanto como la de Cristhian. Ha llegado, no como una invitada más, sino como la Reina Roja de esta fiesta de cuento de hadas futurista, y todos, incluida la cumpleañera Stefanny, palidecen por un instante ante la magnitud de su presencia. La noche ya no es sólo el cumpleaños de Stefanny; es la coronación pública, una vez más, del poder absoluto de los Tantalean-Luchesse.
(La música ha subido de nuevo, un vals más animado. Las parejas bailan, pero Cristhian y Milagros están momentáneamente apartados, en un nicho formado por uno de los arcos dorados. Él tiene una copa de champán en la mano, pero no la bebe. Sus ojos, como escáneres de alta gama, recorren la multitud.)
Cristhian: (Su voz es baja, un susurro cargado que solo ella puede oír sobre la música, pero cada palabra tiene el filo de una navaja) ¿Te das cuenta? No pueden apartar los ojos de ti.
Milagros: (Toma un sorbo tranquilo de su copa, siguiendo su mirada hacia donde varios hombres, socios, diplomáticos, magnates, lanzan miradas furtivas o abiertamente admirativas hacia su escote rojo y la línea de su cuerpo ceñida por el corsé-armadura) Es el vestido, Cristhian. Es llamativo. Es lo que se espera en una noche así.
Cristhian: (Aprieta ligeramente la copa, los nudillos se ponen blancos. Su mirada se clava en un empresario mayor que los observa desde la pista de baile) No es el vestido. Es lo que el vestido promete. Es lo que creen que pueden ver… o tocar con la mirada. (Vuelve la cabeza hacia ella, su expresión es una mezcla de posesión feroz y un disgusto profundo). Lo apretado que está… esa abertura… es una invitación que no autoricé.
Milagros: (Arquea una ceja, un gesto de impaciencia apenas disimulado) Autorizar? Cristhian, no soy un protocolo de tu empresa. Este es un diseño de alta costura. Se supone que debe ser impactante. Y funciona. Estamos en todas las cámaras.
Cristhian: (Da un paso más cerca, invadiendo su espacio. El calor de su cuerpo y su ira son casi palpables) Funciona demasiado bien. Mira al hijo del embajador alemán. No ha parado de mirarte desde que entramos. (Su tono se vuelve venenoso). ¿Te gusta? ¿Te gusta sentir esas miradas calientes sobre tu piel? ¿Saber que todos en esta sala desean lo que es mío?
Milagros: (Deja su copa en una bandeja que pasa un camarero. Se gira completamente hacia él, su voz es ahora un suspiro helado) Cariño, estás arruinando la fiesta. Tu fiesta. Nuestra fiesta. Esas miradas son… ruido de fondo. Política social. No significan nada. (Extiende una mano y ajusta levemente su corbata, un gesto íntimo que es también una reafirmación pública de su vínculo). Lo único que debería importarte es que estoy aquí, a tu lado. Como siempre.
Cristhian: (Captura su mano en el aire, apretándola con más fuerza de lo necesario. Su sonrisa es forzada, un gesto para cualquiera que mire, pero sus ojos son gélidos) “Como siempre.” Sí. Pero “siempre” incluye que recuerdes quién puso ese vestido en tu espalda. Quién te permite brillar así. Y quién puede apagar esa luz con un chasquido de dedos si olvidas a quién perteneces.
Es una amenida clara, envuelta en la piel de la posesividad conyugal. No le molesta la atención; le molesta la ilusión de que Milagros, aunque sea por un vestido, pueda parecer accesible o independiente de su voluntad.
Milagros: (Mantiene la sonrisa en sus labios, pero sus ojos reflejan el mismo hielo que los de él. Retira su mano con suavidad pero firmeza) Lo recuerdo perfectamente, Cristhian. (Su tono es dulce, pero las palabras son de acero). Ahora, ¿bailamos? Los fotógrafos están esperando una foto de la pareja perfecta. No deberíamos defraudarlos… ni a nuestros invitados.
Da media vuelta y se adentra un paso en la pista de baile, extendiendo una mano hacia él en un gesto que es a la vez una invitación y un desafío. Él la sigue, envuelve su cintura con un brazo que es más un candado que un abrazo, y la arrastra al vals. Bailan con una perfección aterradora, dos depredadores en un torbellino de seda, luces y
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