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DULCE VENENO - Capítulo 203

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Capítulo 203: Tango

Miradas envidiosas, cada uno encerrado en su propia celda de posesión tóxica y poder compartido. La elegancia es impecable, el amor, una farsa grotesca.

Desde el borde de la pista, Lansky observa la interacción entre Cristhian y Milagros con la atención de un alumno estudiando a su maestro, o de un hermano menor analizando la dinámica de los mayores. Sus ojos captan la rigidez en los hombros de Cristhian, la manera casi violenta en que agarra a Milagros para bailar, la tormenta contenida bajo la máscara del anfitrión perfecto.

Una sonrisa delgada, de comprensión perversa, se dibuja en sus labios. Ahí lo tienes, piensa. El gran Cristhian Tantalean, reducido a un perro guardián que enseña los dientes ante cualquier mirada hacia su hueso más preciado. No le desagrada la vista; la estudia. Es una lección en control disfrazado de descontrol, en cómo la posesión, cuando es absoluta, se vuelve una debilidad visible.

En ese momento, Stefanny se acerca a su lado, su vestido rosa emitiendo suaves reflejos bajo las luces. Sigue la mirada de Lansky y ve a la pareja bailando, la tensión invisible para la mayoría pero palpable para quienes conocen los códigos.

Stefanny: (Con una sonrisa genuina de admiración ingenua, inclinándose hacia él) Mira qué linda pareja hacen, ¿verdad? Tan… poderosos. Y se ven tan unidos.

Sus palabras, inocentes y carentes de toda malicia, resuenan de manera grotesca en el oído de Lansky. “Linda pareja.” “Unidos.” Ella ve la fachada, el espectáculo, el vestido rojo y el esmoquín negro en perfecta sincronía. No ve la celda, la amenaza, la toxicidad.

Lansky: (Vuelve la cabeza hacia ella, y su expresión se transforma instantáneamente. La sonrisa delgada se vuelve cálida, admirativa, encajando perfectamente con la percepción de Stefanny). Sí, cielo. Son… impresionantes. El epítome de lo que una pareja puede lograr juntos. (Pone un brazo alrededor de sus hombros, atrayéndola suavemente). Cristhian la adora, ¿ves? La protege con ferocidad. Es algo hermoso de ver.

No está corrigiendo su visión; la está reforzando y redirigiendo. Toma la toxicidad posesiva de Cristhian y la envuelve en el papel de “protección feroz”, un ideal romántico distorsionado que Stefanny, en su estado actual, puede encontrar atractivo o, al menos, comprensible.

Stefanny: (Asiente, apoyando la cabeza en su hombro por un momento, contemplando la pista) Es verdad. Se nota lo mucho que se preocupa por ella. Debe ser maravilloso sentirse tan… segura, tan valorada.

Lansky: (La aprieta un poco más contra sí, su voz es un suspiro cargado de intención) Es lo único que importa, ¿no? Encontrar a alguien que te valore tanto que haría cualquier cosa por mantenerte a salvo, por mantenerte… suya. (Hace una pausa, dejando que las palabras calen). Como yo contigo.

Stefanny levanta la vista para mirarlo, y en sus ojos hay gratitud y esa dependencia que él ha cultivado con tanto cuidado. Él sonríe, un espejo de la “bella pareja” que acaban de admirar, pero en su interior, Lansky sabe la verdad. No está imitando a Cristhian; está estudiándolo. Aprendiendo de sus errores (la posesión visible) y perfeccionando su propio método: una prisión igual de fuerte, pero con barrotes invisibles, construida con devoción, aislamiento y la certeza implantada de que el mundo exterior es hostil y solo él es su refugio. Stefanny ve un romance épico en la pista; Lansky ve un manual de instrucciones y una advertencia.

Cristhian, observando desde el borde de la pista cómo Lansky y Stefanny acaparan la atención, no con envidia, sino con el desdén de un león que ve a un zorro pavonearse en su territorio. Su ira contenida, la posesión tóxica que bullía bajo la superficie, encuentra una salida perfecta: no una confrontación, sino una reafirmación de dominio aún más espectacular.

Con un movimiento fluido y decidido, toma la mano de Milagros y, sin una palabra, la arrastra suavemente pero con firmeza hacia el centro de la pista, justo al lado de donde bailan Lansky y Stefanny. No es una invasión torpe; es una toma de posesión del espacio.

La música, captando el cambio de energía en la sala, o tal vez siguiendo instrucciones discretas, cambia. El vals etéreo da paso a un ritmo latino profundo y sensual, un tango moderno o una bachata lenta y cargada. El compás es lento, insistente, hipnótico.

Cristhian y Milagros no bailan; luchan y se entrelazan. Él la envuelve con un brazo, su mano plana en la espalda baja de ella, presionándola contra su cuerpo con una intimidad que es casi violenta en su intensidad. La abertura alta de su falda roja se abre, revelando la línea de su pierna en cada movimiento deliberado y lento. Su escote corazón parece aún más profundo desde este ángulo.

Milagros no es pasiva. Se arquea contra él, su espalda formando una curva perfecta, su cabeza ladeada, exponiendo su cuello. Sus movimientos son una respuesta, un desafío, un juego de poder compartido. Sus miradas se clavan: la de él, oscura, posesiva, desafiando a cualquier otro hombre en la sala a mirar; la de ella, intensa, provocativa, pero con un control absoluto, como si cada movimiento fuera parte de un ritual que solo ellos dos comprenden.

Es un baile explícitamente sexual y sensual, pero envuelto en la máxima elegancia. No hay frotamientos vulgares, solo una tensión eléctrica palpable en la cercanía de sus cuerpos, en la manera en que sus caderas se mueven en sincronía, en cómo sus manos se deslizan por lugares que apenas rozan la piel pero prometen mucho más.

Los flashes de los periodistas, que habían estado enfocados en la pareja joven, se desvían masivamente. Ahora es una guerra de focos. La pareja mayor, con su poder crudo y su química peligrosa, roba el espectáculo por completo. Los invitados contienen la respiración. Algunas mujeres susurran, algunos hombres miran con una mezcla de admiración y envidia.

Lansky, bailando aún con Stefanny, siente el cambio. No pierde el ritmo, pero su sonrisa se congela por una fracción de segundo. Sabe que acaba de ser superado en audacia y en mensaje. Cristhian no está compitiendo por la atención de la prensa; está recordándole a todos en la sala, incluido Lansky, quién es el alfa, quién posee a la mujer más deseable y peligrosa, y quién puede transformar una fiesta de cuento de hadas en una exhibición de poder carnal y absoluto con un simple cambio de ritmo. Es una lección magistral: el verdadero control no se demuestra alejando las miradas, sino siendo el centro de la mirada más intensa y salirse con la tuya. Milagros, en sus brazos, es tanto su arma como su trofeo en esta demostración silenciosa y abrumadora.

(La música se transforma por completo. No es solo latina; es un tango argentino crudo, apasionado y visceral. El bandoneón llora, el violín rasga el aire como un suspiro de dolor y deseo. El ritmo es un latido feroz, una invitación a un duelo de pasiones.)

Milagros se suelta del marco rígido del baile anterior. Es como si la música activara un interruptor. Su cuerpo, antes un arma controlada, se vuelve fluido, serpentino, una encarnación pura de la tentación. Sus caderas comienzan a trazar ochos lentos, voluptuosos, hipnóticos, cada movimiento un desafío y una promesa. El tejido rojo de su falda ondea y se ciñe, acentuando cada curva.

Su pelo rojo, antes un marco estático, ahora es parte del baile. Con un giro de cabeza, la cascada de rizos oscuros se mueve como una sombra viva, revelando su perfil, luego ocultándolo, jugando con la luz y la mirada.

Pero son sus ojos los que cautivan. Esa intensidad roja sobrenatural que mostró a los policías ahora brilla con un fuego diferente: coqueto, sensual, desafiante. No mira a Cristhian con sumisión; lo mira con la complicidad de una cómplice en un crimen delicioso, invitándolo a seguirle el paso, desafiándolo a igualar su audacia.

Cristhian, lejos de sentirse amenazado, se alimenta de ello. Con una mirada oscura de pura posesión excitada, avanza. Sus manos, que antes estaban en posiciones “apropiadas”, se

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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