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DULCE VENENO - Capítulo 205

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Capítulo 205: verdad

A través de ella, un idioma universal de belleza y tristeza en medio de la opulencia más artificial. Es un respiro breve, glorioso y trágicamente efímero en su jaula de oro.

La serenidad musical se quiebra de la manera más violenta y espectacular.

Las grandes puertas principales del salón, que habían estado cerradas tras la entrada ceremonial, se abren de golpe, no con la suavidad controlada de los sirvientes, sino con un impacto sordo que hace eco en el silencio melódico. Todos los cabezas, incluida la de Stefanny, cuyo dedo se detiene sobre una cuerda produciendo un sonido chirriante, se giran hacia la entrada.

Allí, recortada contra la oscuridad del vestíbulo, está Isaura.

Pero no es la Isaura destrozada y escondida que salió del hospital. Es una aparición fantasmagórica y glamorosa. Lleva un vestido de alta costura que parece robado de un sueño febril: corte sirena que se ciñe a su cuerpo como una segunda piel, cubierto completamente de brillantes plateados y dorados que destellan con una ferocidad cegadora bajo los focos, como si llevara puesta la luz del escenario. El escote corazón y el corsé estructurado moldean una silueta esbelta y poderosa. Un collar integrado de más brillantes rodea su cuello.

Pero lo que realmente descoloca son los elementos de tul azul cielo: voluminosas mangas o aletas que se elevan sobre sus hombros como las alas de un ángel caído, y una larga cola flotante del mismo tejido azul que se arrastra varios metros detrás de ella, creando una estela de nube en contraste con el metal brillante del vestido.

Y en el cabello, una simple flor blanca en su cabello rubio (¿una peluca? ¿teñido?) que añade un toque de pureza macabra al conjunto.

Pero lo que congela la sangre no es el vestido. Es lo que lleva en el rostro. Una mascarilla. No es una mascarilla quirúrgica simple. Es una pieza elegantemente siniestra, probablemente de cuero o látex fino, que cubre la mitad inferior de su cara. Está decorada para hacer juego con el vestido, con motivos plateados y un bordado que simula, grotescamente, unos labios cosidos en una fina sonrisa. Es la caricatura elegante y terrorífica de sus cicatrices.

Avanza hacia el centro del salón, la cola azul arrastrándose como un fantasma. Su presencia es electrizante, aterradora y magnética. No dice nada. Solo camina, directamente hacia el centro de la pista, hacia donde están Milagros, Cristhian, Lansky y Stefanny, que aún sostiene el pipa.

La felicidad y la risa de la familia se han esfumado, reemplazadas por un silencio de incredulidad y horror. Los invitados retroceden instintivamente, creando un pasillo para ella. Los periodistas, al principio paralizados, ahora empiezan a disparar sus cámaras frenéticamente, capturando esta intrusión surrealista y cargada de drama.

Isaura se detiene a unos metros de Milagros. Bajo la mascarilla decorada, sus ojos, los únicos visibles, se clavan en ella. No hay lágrimas, no hay súplica. Hay algo mucho peor: un desafío absoluto, una furia congelada y una determinación vestida de alta costura. Ha convertido su desfiguración en un estandarte, su dolor en un espectáculo, y ha irrumpido en el santuario de sus agresores para devolverles, con intereses, la mirada que todo el mundo le ha dado desde que le robaron su rostro. La guerra silenciosa acaba de volverse tan pública, tan visual y tan desgarradoramente explícita como las cicatrices que su mascarilla intenta y falla en ocultar.

El silencio en el salón es tan denso que se podría cortar con el filo del vestido brillante de Isaura. Todos los ojos están clavados en ella, en la mascarilla de sonrisa cosida, en sus ojos que arden con una verdad largamente reprimida.

Isaura: (Su voz sale distorsionada, metálica, a través de la mascarilla, pero cada palabra es un martillazo claro) ¿Felices? ¿Riéndose? En su perfecta burbuja de mentiras. (Su mirada recorre a Milagros, luego a Lansky, con un desprecio absoluto). Los estuve engañando. A todos. Guardando este secreto, pudriéndome por dentro mientras ustedes jugaban a la familia perfecta. Pero ya no.

Hace una pausa, dejando que el peso de su declaración caiga. Los flashes de las cámaras son ahora un estruendo continuo.

Isaura: ¿Recuerdan nuestra niñez? Los jardines de la vieja finja Luchesse. No éramos dos amigos y un chico que rondaba. Éramos tres. Lansky, Milagros… e Isaura. (Señala a Milagros). Tú, con tu pelo rojo incluso entonces, siempre la líder. Tú, (señala a Lansky), siempre siguiéndola, obsesionado con ella. Y yo, la amiga, la confidente… la que veía lo que nadie más veía.

Stefanny suelta el pipa, que cae al suelo de espejo con un sonido discordante de cuerda quebrada. Su rostro palidece. Mira a Lansky, buscando una negación, una explicación.

Isaura: (Su voz sube, cargada de una amargura venenosa) ¡Pero no éramos solo amigos! ¡Eran HERMANOS! ¡Sangre de la misma sangre! ¡Lansky y Milagros Luchesse! ¡Gemelos, separados al nacer por la basura de su familia, criados aparte, pero siempre encontrándose, siempre esa conexión enfermiza! ¡Y yo lo sabía! ¡Lo guardé para protegerlos, por la amistad que creí que teníamos!

La revelación estalla como una bomba en el salón. Un murmullo de shock recorre a los invitados. Stefanny da un paso atrás, como si la hubieran golpeado. “Hermanos…” La palabra resuena en su mente, haciendo añicos la imagen que tenía de Lansky, de su relación, de todo. Se aleja de él, mecánicamente, tropezando con su propia cola de vestido rosa.

Cristhian se gira lentamente hacia Milagros. Su rostro, antes de furia posesiva, ahora es una máscara de hielo puro y traición. No mira a Isaura; mira a su esposa. Su expresión no pregunta “¿Es verdad?”; ya lo sabe. Pregunta “¿Cómo te atreviste?”

Milagros y Lansky se miran. No hay pánico en sus ojos. Hay una comunicación instantánea, una evaluación del daño. La fachada se ha quebrado, pero no su alianza. La sonrisa de Milagros no se desvanece; se congela en una mueca de desprecio hacia Isaura. Lansky mantiene la calma, pero sus ojos calculan rápidamente, escaneando la sala, a Stefanny retrocediendo, a Cristhian petrificado.

Isaura: (Aprovecha el caos, señalándolos a ambos con un dedo tembloroso) ¡Y todo este tiempo, él (señala a Lansky) te ha estado poseyendo, Stefanny, no por amor, sino porque eres la hija del hombre que está con su hermana! ¡Eres un peón en su juego retorcido de poder y venganza familiar! ¡Y ella (señala a Milagros) lo sabía! ¡Lo permitió! ¡Los dos son monstruos!

El salón es un cuadro de revelación y desmoronamiento. Stefanny, destrozada. Cristhian, traicionado y humillado públicamente. Los invitados, atónitos. Los periodistas, en éxtasis por el escándalo del siglo. Y en el centro, Isaura, con su vestido de brillantes y su mascarilla de dolor, ha logrado lo imposible: derribar con palabras el imperio de mentiras que Milagros y Lansky habían construido con tanto cuidado. La verdad, fea, retorcida y familiar, está ahora al descubierto para que todos la vean.

En el instante en que la verdad cae como un hacha, Milagros ejecuta un giro maestro. No niega. No se enfrenta a Isaura con furia. En lugar de eso, su expresión de desprecio calculador se desmorona, reemplazada por una máscara de dolor abismal y vulnerabilidad absoluta. Sus ojos, esos ojos que minutos antes despedían fuego rojo, se llenan instantáneamente de lágrimas genuinas (o perfectamente fabricadas) que comienzan a rodar por sus mejillas, dejando rastros oscuros en su maquillaje impecable.

Milagros: (Su voz es un grito quebrado, lleno de angustia, dirigido no a Isaura, sino a Cristhian, y por extensión, a toda la sala. Se lleva las manos al pecho, como si el dolor fuera físico) ¡Es verdad! ¡Es verdad, Cristhian! ¡Lansky y yo… somos hermanos!

Hace una pausa, dejando que la admisión, tan cruda, resuene. Luego, su tono se vuelve un suspiro desgarrado, lleno de miedo infantil.

Milagros: Pero nunca te lo dije… nunca se lo dije a nadie… porque tenía miedo. (Tiembla, y el temblor parece real). Nuestra madre… la matriarca Luchesse… ella nos separó al nacer. Dijo que era demasiado peligroso, que nuestra

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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