DULCE VENENO - Capítulo 207
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Capítulo 207: Imágenes
Algo se rompe dentro de ella.
Isaura, habiendo descargado su veneno, se queda allí, jadeando, su cuerpo temblando dentro del vestido de brillantes. No ha ganado nada material, pero ha logrado su objetivo: sembrar la duda más devastadora en el corazón de Stefanny y pintar a Cristhian como un tonto engañado frente a toda su corte. Es un acto de venganza pura, cruel y efectiva. El salón, antes un escenario de opulencia, es ahora un campo de batalla emocional destrozado, con las víctimas y los victimarios tan enredados que es imposible distinguir unos de otros.
(El ambiente en el lujoso salón, cargado de murmullos y música de cuerdas, se congela de repente. Un silencio incómodo había descendido sobre un rincón donde Isaura, una socialité conocida por su lengua viperina, acababa de lanzar un comentario especialmente cruel y bajito dirigido a Stefanny, quien palidecía, con los ojos vidriosos por las lágrimas contenidas.)
Antes de que nadie más pueda reaccionar, Milagros se separa del lado de Cristhian. No camina; avanza. Con una serenidad gélida en sus ojos, que contrasta brutalmente con la elegancia de su vestido, se planta frente a Isaura. El ruido del salón se apaga en los oídos de todos, solo hay un zumbido de expectación.
Y entonces, con una fuerza que nadie le suponía, Milagros alza el brazo y descarga una fuerte y sonora cachetada contra la mejilla de Isaura.
¡PAF!
El sonido es seco, violento, y reverbera en el salón. El golpe es tan potente que arranca la mascarilla veneciana que Isaura llevaba, enviándola a volar en un arco elegante para estrellarse contra el suelo de mármol. Isaura se tambalea, una mano volando hacia su mejilla ya enrojecida, la boca abierta en un “o” de absoluto shock e indignación.
Pero el verdadero espectáculo no es la cachetada. Es lo que la cachetada revela: sin la máscara, la sonrisa burlona y fea que Isaura tenía esculpida en su rostro para Stefanny queda expuesta a la vista de todos. Una mueca de genuina malicia que convalida, sin lugar a dudas, la ofensa.
Milagros no mira a Isaura. Mira a la gente del salón que los rodea, su voz no alza, pero proyecta con una claridad cortante que silencia hasta la respiración más leve.
Milagros: (Su tono es de hielo pulido, cada palabra una estocada) Ella… (señala a Stefanny, que la mira con incredulidad y un nuevo tipo de asombro) no es solo mi hijastra. Es mi amiga. Y en esta casa, y en mi vida, nadie le faltará al respierto. Nadie.
Stefanny deja de respirar entre lágrimas. Un nuevo tipo de emoción, cálida y poderosa, reemplaza la humillación. Mira a Milagros como si la viera por primera vez.
En ese momento, Lansky, que había estado observando desde la periferia con los puños apretados, se acerca rápidamente. Sin decir una palabra, envuelve a Stefanny en un abrazo protector y firme, un refugio silencioso en medio del escándalo. Stefanny se hunde en él, escondiendo el rostro en su hombro, pero sus ojos no se despegan de Milagros.
Milagros permanece de pie, erguida, desafiando a cualquiera a decir una palabra más. No es la esposa decorativa. En este momento, es la leona defendiendo a su manada. Y todo el salón, incluido un Cristhian que la observa desde la distancia con una mezcla de sorpresa, orgullo y una intensidad renovada, lo sabe.
(La escena da un giro grotesco. Isaura, en lugar de derrumbarse por la bofetada, suelta una risa extraña y forzada. Con la mejilla marcada y el maquillaje corrido, señala a Milagros con un dedo tembloroso, su voz es un chillón teatro para el salón.)
Isaura: (Fingiendo histeria, con una sonrisa torcida que recuerda al Guasón) ¡Miren! ¡Miren todos a la fuerte señora Tantalean! ¡Ella me hizo esto! ¡Me dejó esta sonrisa! (Se toca su propia mejilla, luego extiende sus manos limpias, sin un rasguño) ¡Y me clavó un cuchillo en las manos! ¡Es una loca!
La audiencia murmulla, confundida. No hay cuchillo, no hay heridas en las manos de Isaura. Es una actuación patética y maliciosa.
Pero entonces, Milagros hace su movimiento. Mientras todas las miradas están en la histriónica Isaura, Milagros lleva discretamente su propia mano a la otra. Su rostro se contrae en una mueca de dolor genuino. Deja escapar un gemido ahogado y se agarra la muñeca derecha con la mano izquierda, apretando con una fuerza intensa y deliberada sobre su propia piel, justo donde habría impactado contra el hueso del pómulo de Isaura.
Milagros: (Con voz quebrada, lo suficientemente fuerte para que los más cercanos la oigan) Ay… me duele… me duele mucho la mano…
Varios invitados ven su expresión de dolor, la forma en que se sostiene la muñeca. Empiezan a dudar de la versión de Isaura. ¿Y si Milagros sí se lastimó al golpearla? ¿Y si Isaura, conocida por su carácter, está mintiendo para exagerar?
Es en ese momento de duda colectiva cuando Cristhian actúa. No había intervenido antes, observando el juego con ojos de halcón. Pero la muestra de “dolor” de Milagros, ese gesto vulnerable y astuto, es la chispa que detona su furia protectora y posesiva.
Se separa de donde estaba y atraviesa el círculo de gente con la elegancia fría de un depredador. Se dirige primero a Milagros. Con una suavidad inusual, toma la mano que ella sostiene. La examina. Y allí, en la delicada piel de su nudillos y muñeca, gracias a la fuerza con la que ella misma se apretó, se ven leves pero visibles marcas rojizas, un inicio de morado. Una “prueba” fabricada en el momento, pero convincente.
Cristhian alza la vista. Su mirada ya no es la del anfitrión. Es la del verdugo. Sin mediar palabra, se vuelve hacia Isaura, quien retrocede un paso al ver la tempestad en sus ojos.
Con un movimiento rápido y preciso, tan repentino que hace que el aire se corte, Cristhian le da una cachetada. No es el golpe sonoro de Milagros, es algo más frío, más despreciativo. Un latigazo de desdén absoluto.
Cristhian: (Su voz no alza el volumen. Es un susurro helado que, sin embargo, llena el salón y congía la sangre) Mira lo que hiciste. (Señala la muñeca de Milagros). Tienes la culpa de que mi esposa se lastime. Por tu boca sucia. Por tu existencia molesta en mi casa.
La acusación es monumental. Ha invertido completamente la narrativa. Isaura ya no es la víctima; es la victimaria que provocó que la frágil (y ahora “herida”) Milagros tuviera que defenderse, lastimándose en el proceso. El salón entero absorbe la nueva verdad impuesta por Cristhian. Isaura está acabada socialmente. Y Milagros, con su muñeca “morada” sostenida con cuidado por su esposo, se consolida no solo como una defensora feroz, sino como la joya intocable y valiosísima de Cristhian, por la que él no dudará en destruir a cualquiera.
(El momento de triunfo de Cristhian y Milagros se desmorona en un instante. La sonrisa de Isaura se vuelve triunfal, viciosa, mientras señala con un dedo dramático hacia la pantalla gigante que mostraba, momentos antes, paisajes serenos para ambientar la fiesta.)
La imagen cambia. De repente, se proyectan fotos. Fotos claras, invasivas. Lansky y Milagros. En un jardín, abrazados de una manera que traspasa lo fraternal. En un balcón, con sus rostros cercanos. Y luego, la más devastadora: un primer plano, quizás tomado con un teleobjetivo, de un beso. No un beso en la mejilla. Es un beso en los labios, cargado de una intimidad que no admite dudas.
El salón entero suelta un gaso colectivo. La música se detiene. El silencio es absoluto, roto solo por la respiración entrecortada de algunos.
Isaura: (Grita, su voz llena de veneno y triunfo) ¡Miren! ¡Miren todos! ¡No solo eran hermanos… también eran amantes! ¡La santa esposa y el guardaespaldas leal! ¡Una farsa!
Stefanny palidece de manera alarmante. Un mareo repentino la embarga, una náusea violenta sube por su garganta. Se lleva una mano a la boca, sus ojos, llenos de traición y
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