DULCE VENENO - Capítulo 209
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Capítulo 209: Disparo
Sonido del hueso contra la piel.
Camina lentamente hacia él, ignorando el caos a su alrededor. Su lado psicópata, siempre latente pero cuidadosamente oculto bajo capas de desempeño, ahora está al descubierto, radiante y peligroso.
Milagros: Tú querías un tesoro. Algo hermoso y único para poseer. (Se detiene justo frente a él, alzándose para mirarlo a los ojos). Pero te equivocaste. No coleccionaste una perla. Coleccionaste un espejo roto. Cada fragmento refleja una parte de ti. La oscuridad, la obsesión, la furia… (Extiende una mano y toca su mejilla, un gesto que antes era tierno y ahora es una reclamación de igualdad). Yo solo estaba… mejorando mi actuación. Hasta hoy.
Revela que toda su personalidad “dócil” ha sido una elaborada farsa, una interpretación diseñada para navegar y, finalmente, dominar el mundo tóxico que él construyó. No es su víctima. Es su alumna más brillante y más retorcida. Y ahora, la lección ha terminado. La verdadera Milagros está aquí, y es una sociópata que ha estado jugando el juego todo el tiempo, desde las sombras.
(El caos escalda a un nivel catastrófico. La confesión psicópata de Milagros aún resuena en el aire cuando Lansky, movido por una mezcla de desesperación, lealtad retorcida y quizás un deseo de poseer también un fragmento de verdad en el naufragio, actúa.)
Se desprende de Stefanny, que está al borde del colapso, y se coloca detrás de Milagros. La rodea con sus brazos en un abrazo que ya no es fraternal, sino íntimo, posesivo. Inclina la cabeza y deposita un beso largo y deliberado en el cuello de Milagros, justo en el lugar donde Cristhian siempre marca su territorio.
Lansky: (Habla contra su piel, su voz es un desafío dirigido a Cristhian, pero también una extraña declaración de complicidad hacia Milagros) Es verdad. Nos besamos. (Alza la vista, mirando directamente a Cristhian, cuyos ojos son dos pozos de oscuridad hirviente). Y hasta tuvimos sexo. (Hace una pausa, como si el aire se le acabara, pero suelta la última estocada). Pero solo fue una vez.
La precisión de la confesión—”solo una vez”—es casi más devastadora que la admisión en sí. Le quita el atenuante de la pasión continua para convertirla en un acto calculado, un experimento, una traición específica y consumada.
Stefanny emite un grito ahogado, un sonido de algo que se rompe por dentro. Sus piernas ceden y se desploma en el suelo, un montón de satén y desesperación, las lágrimas silenciosas inundando su rostro.
Pero la reacción más violenta no viene de ella. Viene del epicentro de la tormenta.
Cristhian no grita. No pronuncia una palabra. Es un estallido de movimiento puro y primitivo. En un instante, cruza la distancia que lo separa de Lansky. Su mano, la misma que hace momentos sostenía con falsa delicadeza la muñeca de Milagros, se cierra en un puño.
Con la fuerza bruta de un hombre cuya razón ha sido aniquilada, descarga un puñetazo directo en la mandíbula de Lansky. El impacto es un crujido sordo y húmedo, el sonido de carne y hueso cediendo bajo una ira absoluta. Lansky se suelta de Milagros y es lanzado hacia atrás, estrellándose contra una mesa auxiliar que se hace añicos bajo su peso, copas y platillos volando en mil pedazos.
Cristhian se queda allí, respirando con la furia de un toro, su puño sangrante, mirando el cuerpo semiinconsciente de quien fue su hombre de confianza. Luego, su mirada, cargada de un odio que podría incendiar el mundo, se desplaza lentamente hacia Milagros. La pregunta ya no es quién es ella. La pregunta, ahora, es cuál será el precio de su traición.
(En medio del caos absoluto—Lansky inconsciente entre los restos de cristal, Stefanny sollozando en el suelo, Cristhian y Milagros en un enfrentamiento silencioso y mortal—, la escena adquiere un nuevo giro de pesadilla.)
Una mujer, hasta ahora otra figura anónima entre los invitados atónitos, se separa de la multitud. Es deslumbrante, no solo por su belleza, con una melena de rulos oscuros que caen como un manto, sino por el impresionante vestido que lleva: una creación de Ivan Yong Couture que parece sacada de un cuento de hadas gótico. El vestido interior brillante y ceñido contrasta brutalmente con el voluminoso abrigo de mangas amplias y cola larga en degradé de azul a blanco, dándole un aura etérea y poderosa.
Pero lo que rompe la ilusión de fantasía es lo que sostiene en su mano: una pistola compacta y negra que brilla bajo la luz de los candelabros.
Con una calma aterradora, levanta el arma. Su movimiento es fluido, decidido. Isaura, aún tambaleándose en el suelo por la segunda bofetada y confundida por el nuevo caos, gira la cabeza al percibir el movimiento. Sus ojos se encuentran con los de la mujer.
No hay palabras. No hay drama.
¡PUM!
Un disparo seco y ensordecedor corta el aire. El sonido reverbera en el salón de mármol. Isaura es golpeada en el pecho. El impacto la empuja hacia atrás, su cuerpo se desploma sobre el frío suelo, un charlo rojo y oscuro comenzando a extenderse rápidamente sobre su vestido.
La mujer, Luzmila, baja el arma con la misma serenidad con la que la alzó. No mira a Isaura moribunda. Su mirada, fría como el acero de su arma, se posa en Milagros, luego en Cristhian, y finalmente en el caos general. No parece alarmada ni apurada. Parece… satisfecha. Como si acabara de completar una tarea pendiente.
El salón, que creía haber tocado fondo en el escándalo, ahora desciende a un nuevo nivel de horror: el asesinato a sangre fría en medio de la élite. Los gritos, contenidos hasta ahora, estallan. El pánico se apodera de la gente, que empieza a correr hacia las salidas en desbandada.
En medio del tumulto, la figura de Luzmila en su vestido de ensueño y muerte permanece imperturbable, un contraste surrealista y aterrador. Su intervención ha cambiado todo. Ya no se trata de una traición marital. Se trata de un homicidio. Y su conexión con este drama familiar enredado es un misterio que acaba de volverse mortíferamente urgente.
(El caos reinante—gritos, desbandada, el cuerpo de Isaura sangrando en el suelo—parece no tocar a Luzmila. Con la elegancia de una reina en medio de una revuelta, camina unos pasos hacia el centro del desastre, su abrigo azul-blanco arrastrándose sobre el mármol manchado. Su voz se eleva, clara y fría, cortando el pánico.)
Luzmila: Lamento llegar tan tarde a la… fiesta. (Sus ojos, sin un ápice de remordimiento, pasan por el cuerpo de Isaura). Tenía una deuda pendiente con nuestra querida anfitriona. Una deuda de silencio que ella cobraba con intereses muy altos. Ya está saldada.
Los pocos que no han huido y los que están demasiado paralizados para moverse—como Stefanny, que mira con horror entre sus lágrimas, o Cristhian, cuya furia ahora se mezcla con una alerta peligrosa—la observan. Milagros, por su parte, la mira con una extraña calma, como si su aparición no fuera una sorpresa total.
Luzmila: (Gira lentamente, haciendo contacto visual con los que quedan. Una sonrisa pequeña y sin humor toca sus labios). Y si se preguntan quién soy… (Hace una pausa dramática, disfrutando del momento incluso en la carnicería). Soy Luzmila. Una… amiga. De Milagros. (Su mirada se desliza hacia Lansky, que empieza a recuperar el sentido entre los cristales). Y de Lansky.
La revelación añade otra capa de complicidad al enredo. No es una extraña; está conectada directamente con los protagonistas del drama. Su “amistad” explica su presencia, pero no la ejecución a sangre fría.
Luzmila mira directamente a Cristhian ahora, desafiando su ira con una serenidad inquebrantable.
Luzmila: Ella… (señala con la cabeza a Isaura) tenía fotos. No solo de los besos robados. Tenía cosas más viejas. Más sucias. Cosas que podían dañar a mis amigos de maneras que ni tu dinero podría reparar, señor Tantalean. Así que tomé la decisión ejecutiva. (Encoge sus hombros cubiertos por el lujoso pelaje, un gesto casual y monstruoso). Considerenlo un…
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