DULCE VENENO - Capítulo 214
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Capítulo 214: Juego
Cada segundo de lo que viene… será puro entretenimiento. Para nosotros.
Con un gesto casi imperceptible de Milagros, dos de los hombres fuertes se acercan por detrás de Luzmila. Ella tensa los músculos, lista para luchar, pero sabe que es inútil. La miran con ojos vacíos, esperando la orden.
El “entretenimiento” del que habla Milagros no es un juego. Es la promesa de una venganza lenta, calculada y personal. Luzmila, por primera vez, siente el verdadero peso del abismo en el que ha caído, un abismo que ella misma ayudó a cavar.
(El chirrido de la pesada puerta de metal al abrirse corta la tensión como un cuchillo. Entran dos de los hombres de Lansky. Uno de ellos, con los nudillos raspados y una mancha oscura en la manga, asiente con la cabeza hacia Lansky.)
Guardia: Están fuera. Los dos. (Su voz es plana, profesional). Ya no son un problema.
Milagros no reacciona con horror o sorpresa. Al contrario. Un sonido sale de ella: una risa baja, burbujeante, que crece hasta convertirse en una carcajada de pura y gélida alegría. Es un sonido extraño y aterrador en la vastedad del almacén, que rebota en las paredes de metal.
Milagros: (Aplaude lentamente, con sarcasmo, dirigiéndose a Luzmila, cuyos ojos se han abierto ligeramente al escuchar la noticia sobre Dante y Rocco) ¡Bravo! ¡Qué eficiencia! (Su risa se desvanece, pero la sonrisa permanece, amplia y sádica). ¿Ves, Luzmila? Así de rápido se borran los obstáculos. Así de frágil es todo tu poder, toda tu red… cuando alguien decide cortar los hilos.
(Se pasea frente a ella, como un felino jugando con su presa ya atrapada).
Milagros: Podría terminarlo ahora. Rápido. Un disparo. Una inyección. Sería limpio. (Se detiene y la mira directamente). Pero ¿dónde está la diversión en eso? ¿Dónde está la… justicia poética? Después de todo el teatro que nos hiciste pasar, el escándalo, la humillación pública… mereces un final a la altura. Algo que recuerde.
Luzmila: (Su voz es un hil de desafío, aunque el color ha abandonado su rostro) ¿Qué pretendes hacer, Milagros? ¿Torturarme? ¿Jugar a ser una villana de cómic? No tienes el estómago para eso.
Milagros: (Se inclina hacia ella, su voz un susurro cargado de promesa retorcida) Ah, pero ahí te equivocas. No soy la villana. Soy la alumna aplicada. Y he aprendido que el dolor físico… es aburrido. Se olvida. (Se endereza, su mirada brilla con una idea perversa). Lo que yo quiero es algo… emocionante. Algo que juegue con tu mente. Con tu mayor orgullo: tu control, tu imagen, tu inteligencia superior. Quiero un juego. Y tú… vas a ser la pieza principal.
Su declaración no anuncia una muerte simple. Anuncia un ritual, una humillación diseñada con meticulosidad psicópata. Luzmila, siempre la directora, ahora se enfrenta a la perspectiva de ser la actriz principal en el horrendo guion de otra persona, sin posibilidad de reescribir el final.
(El chasquido de los dedos de Milagros resuena como un disparo en el silencio. Desde las sombras más profundas del almacén, dos hombres más emergen. No traen armas convencionales. Traen un carrito metálico. Sobre él, bajo la tenue luz, se ven herramientas: una barra de hierro, un bate de béisbol con clavos oxidados sobresaliendo, una maza de goma, un látigo corto y grueso. Y en el centro del carrito, un objeto que parece grotescamente fuera de lugar: una ruleta de casino de tamaño mediano, pero en lugar de números, su círculo está dividido en segmentos pintados con palabras claras y espantosas: BRAZO DERECHO, BRAZO IZQUIERDO, PIERNA DERECHA, PIERNA IZQUIERDA, COSTILLAS, ESPALDA, ROSTRO.
Los hombres colocan la ruleta frente a Luzmila. El brillo de la madera lacada y el metal choca con la crudeza del entorno y la brutalidad del significado.)
Milagros: (Se acerca a la ruleta, desliza un dedo por el borde con falso cariño) Mira qué bonita. Hecha a medida. (Levanta la vista hacia Luzmila, su sonrisa es una máscara de locura lúcida). Así funcionará: yo giraré la ruleta. Donde la flecha se detenga… ese será el lugar. (Señala el carrito de herramientas). Y entonces, mi querido hermano Lansky… (mira hacia él) elegirá una herramienta de esa encantadora colección. La que le parezca más… apropiada para la ocasión. Y serás golpeada con ella.
Lansky permanece inmóvil, su rostro es una máscara. No muestra entusiasmo, pero tampoco objeciones. Es parte del pacto, parte de la venganza. Su silencio es más aterrador que cualquier gesto de sadismo.
Milagros: (Su tono se vuelve teatral, burlón) ¿No es divertido? Es como un juego de azar, pero con consecuencias… muy tangibles. Tienes suerte, claro. Podría salir “espalda” y que Lansky elija el látigo. O podría salir “rostro”… (hace una pausa, dejando que la imagen se forme) y que elija la barra de hierro. ¡La emoción está en la incertidumbre! Justo como cuando nos dejaste a merced del escándalo, sin saber cuál sería el próximo golpe.
Camina lentamente hacia la ruleta y coloca su mano en el disco, lista para girar. Sus ojos, brillantes con una mezcla de odio y una excitación retorcida, se clavan en Luzmila.
Milagros: ¿Algún comentario final antes de que la suerte… o la falta de ella, decida por ti? Después de todo, siempre te gustó ser la que dictaba el ritmo. Ahora, el ritmo lo marca esta ruleta. ¿No es emocionante?
El almacén se ha convertido en un circulo macabro. La elegancia asesina de Luzmila se enfrenta a la venganza brutal y teatral de Milagros. El juego, cruel y arbitrario, está a punto de comenzar, y cada segmento de la ruleta promete un mundo de dolor.
(El sonido del disco de la ruleta girando es un zumbido siniestro en el silencio absoluto del almacén. Todos los ojos están clavados en la manecilla que danza, salta, se desacelera… y finalmente se detiene con un clic definitivo sobre el segmento que dice: PIERNA IZQUIERDA.)
Milagros: (Suena una risa ahogada, un sonido de pura satisfacción malsana) ¡La pierna izquierda! ¡Qué interesante! (Clava su mirada en Lansky). Hermano… la elección es tuya.
Lansky no vacila. Sus ojos, fríos y llenos de una rabia contenida que va más allá de la traición personal, recorren el carrito de herramientas. Salta la barra de hierro, el bate con clavos. Su mano se cierra alrededor del mango de una sierra para huesos. Es una herramienta grande, dentada, diseñada para un trabajo macabromente específico. La levanta, y el metal brilla débilmente.
Sin decir una palabra, Lansky gira y le entrega la sierra a uno de los guardias más grandes, un hombre de expresión impasible. Un simple asentimiento es la única orden.
Lansky: (Su voz es un susurro áspero) Procede.
La comprensión de lo que va a pasar golpea a Luzmila como una descarga eléctrica. Ya no es una golpiza. Es una mutilación. Un grito visceral, primitivo, de puro terror y negación, desgarra su garganta.
Luzmila: ¡NO! ¡NO LO HAGAN! ¡DETÉNGANSE! ¡MILAGROS, POR LO QUE MÁS QUIERAS!
Intenta escapar, forcejeando con una fuerza desesperada, pero es inútil. Dos guardias masivos la agarran de los brazos con manos de hierro, inmovilizándola por completo. Un tercero se acerca por detrás, sujetándola por los hombros. La arrastran hacia el centro del círculo de luz y la fuerzan a arrodillarse. Otro guardia sujeta su pierna izquierda, estirándola y fijándola contra el sucio suelo de cemento con una presión brutal.
Milagros observa la escena con los ojos muy abiertos, respirando aceleradamente, no por miedo, sino por una excitación oscura y profunda. Es la directora viendo cómo su obra maestra de venganza cobra vida.
El guardia con la sierra se arrodilla junto a la pierna inmovilizada de Luzmila. Ella grita, llora, maldice, su elegancia y su arrogancia reducidas a este animal acorralado. El guardia apoya los dientes de la sierra justo por encima de su rodilla, buscando el ángulo.
El sonido del metal frío contra la tela fina de su pantalón es el preludio del horror. Luzmila cierra los ojos con fuerza, un último alarido desesperado llenando el almacén, mientras
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