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DULCE VENENO - Capítulo 215

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Capítulo 215: Adiós

Mientras el guardia, con un movimiento profesional y desapasionado, comienza el primer movimiento de vaivén de la sierra.

(El mundo de Luzmila se reduce a un universo de sonido y sensación. El primer tirón de la sierra es un crujido húmedo, espantoso, que vibra a través de sus huesos antes de que el verdadero dolor, una explosión blanca y cegadora, alcance su cerebro. Un grito que ya no es humano, un sonido desgarrado de agonía absoluta, retumba contra las paredes de metal del almacén.)

La sierra, manejada con una fuerza eficiente y despiadada, encuentra su ritmo. Crich-crach, crich-crach. Cada vaivén es una eternidad de tormento. Los dientes afilados muerden la carne, los tendones, luego encuentran la resistencia del hueso de la tibia. Un sonido diferente, más agudo, más espantoso, se une a la cacofonía: el chirrido del metal contra el hueso.

La sangre, caliente y abundante, brota con cada movimiento, salpicando en arcos rojos y brillantes. Cubre las manos enguantadas del guardia, mancha su ropa oscura, salpica el suelo de cemento, creando un charco que se expande rápidamente alrededor de la pierna mutilada. Gotas alcanzan la cara impasible del guardia, que no parpadea, continuando su tarea con la meticulosidad de un carnicero.

Luzmila ya no maldice. Sus palabras se han convertido en un torrente incoherente de súplicas, jadeos, llantos que se ahogan en su propia saliva y sangre. Su cuerpo, sujetado con fuerza, se convulsiona con espasmos involuntarios de dolor. La visión se le nubla, el olor a hierro dulzón de su propia sangre llena sus fosas nasales.

Milagros observa, inmóvil. La excitación malsana en sus ojos se ha solidificado en una fascinación hipnótica y fría. Absorbe cada detalle: el sonido, los espasmos, el charco que crece. Es la consumación de su venganza, materializándose en un torrente de carmesí.

Lansky no mira directamente. Su mirada está fija en algún punto del vacío, su mandíbula apretada. El sonido, sin embargo, lo invade todo. Es el precio que aceptó pagar.

El guardia trabaja hasta que, con un último tirón y un crujido final siniestro, la sierra atraviesa completamente la extremidad. La pierna izquierda de Luzmila, desde justo por encima de la rodilla, se separa. El guardia la sujeta por un momento antes de dejarla caer al suelo con un ruido sordo y húmedo, junto a la herramienta ensangrentada.

Luzmila emite un gemido largo y quebrado, su cuerpo se desploma hacia adelante, sostenido solo por los guardias. El shock y la pérdida masiva de sangre comienzan a nublar su conciencia. El dolor es ahora una presencia vasta y oscura que lo devora todo. El juego de Milagros ha cobrado su primera y terrible cuota.

(El gemido de Luzmila se desvanece en un jadeo irregular. Su cabeza cuelga, el shock y el dolor insondable amenazan con arrastrarla a la inconsciencia. Milagros se acerca rápidamente y, con un movimiento brusco, le agarra la cara, obligándola a levantar la cabeza. Luego, le da una cachetada fuerte y seca, no para lastimar más, sino para sacudirla, para mantenerla presente.)

Milagros: (Su voz es un silbido en el oído de Luzmila, cargado de una amenaza fría) ¡Ey! ¡No te duermas! ¡Aún no! Si te desmayas, te despertaré con algo que hará que esto parezca un masaje. ¿Entendido? ¡Mantén los ojos abiertos! ¡Disfruta del espectáculo!

Luzmila parpadea, su visión borrosa se aclara un poco por la fuerza del golpe y el terror a una amenaza peor. Un sonido gutural, un intento de respuesta, le sale de la garganta.

Satisfecha de que aún está consciente, Milagros se endereza y regresa a la ruleta. La mancha de sangre en el suelo está a sus pies. Con un gesto casi alegre, da un giro fuerte al disco.

Nuevamente, el zumbido llena el aire. La flecha baila, salta, se desacelera… y se detiene con un clic siniestro sobre el segmento que dice: BRAZO DERECHO.

Milagros: (Con una sonrisa de depredadora satisfecha) ¡El brazo derecho! ¡Perfecto! La simetría será… interesante. (Gira hacia Lansky, que ha estado observando con una palidez cada vez mayor bajo su máscara de frialdad). Hermano, tu turno otra vez. Elige. (Señala el carrito, donde las herramientas, algunas ya salpicadas de sangre, esperan). Algo para el brazo. Quiero oír ese hueso crujir de una manera diferente.

Lansky traga en seco. Su mirada recorre las opciones. La barra de hierro, el bate con clavos… Su mano se extiende y se cierra alrededor del mazo de goma. Es pesado, contundente, diseñado para destrozar sin cortar. Una herramienta para aplastar.

Lo levanta, sintiendo su peso. Mira a Luzmila, cuyo único ojo que puede enfocar (el otro está cerrado por la hinchazón y las lágrimas de sangre) lo mira con un último destello de terror animal. Luego, asiente hacia el guardia que aún sostiene el brazo derecho de Luzmila, estirado e inmovilizado contra el suelo.

La próxima fase del tormento está a punto de comenzar. Y Milagros, con los ojos brillando, espera el sonido de los huesos del brazo de Luzmila quebrandose bajo el impacto contundente.

(El guardia, con las manos y la parte inferior del rostro aún pegajosas y rojas de la sangre de Luzmila, deja la sierra ensangrentada a un lado con un chasquido metálico. Se limpia la cara con el antebrazo, dejando un grueso smudge carmesí. Luego, sin pausa, toma el pesado mazo de goma que Lansky seleccionó. Lo agarra con ambas manos, probando su peso.)

Se coloca junto al brazo derecho de Luzmila, que está estirado y sujetado con fuerza contra el suelo por otro guardia. El brazo yace allí, pálido y vulnerable sobre el cemento oscuro y manchado.

El guardia alza el mazo por encima de su cabeza. No hay ceremonia, ni tensión dramática. Es pura eficiencia brutal.

Con un gruñido sordo de esfuerzo, descarga el mazo con toda su fuerza sobre el punto medio del brazo de Luzmila.

¡CRAC!

El sonido no es el chirrido de la sierra. Es un estallido seco, profundo y nítido, como la rama más gruesa de un árbol quebrandose bajo una apisonadora. Es el sonido del hueso—el radio y el cúbito—cediendo de golpe, aplastados en una fractura múltiple y espantosa.

El grito de Luzmila atraviesa el aire, aún más desgarrador que antes, porque nace de un nuevo pozo de dolor. Es un sonido agudo, cargado de una sorpresa atroz, como si su cerebro se negara a aceptar que otra parte de su cuerpo pudiera ser destruida de esa manera. Su cuerpo entero se arquea en un espasmo violento contra las manos que la sujetan, pero está demasiado débil, demasiado destrozada para liberarse.

El brazo ahora yace en un ángulo antinatural, claramente fracturado, la piel ya empezando a hincharse y amoratarse alrededor del punto de impacto. El guardia baja el mazo, listo para otro golpe si se le ordena.

Milagros observa, inhalando profundamente, como si el sonido del hueso quebrandose fuera un incienso raro. Su venganza no es solo visual; es una sinfonía de destrucción, y cada nota—cada grito, cada crujido—es música para sus oídos.

Luzmila jadea, sollozando entrecortadamente, su mente luchando por mantenerse a flote en un mar de agonía. La oscuridad la llama, pero el miedo a la amenaza de Milagros—y a lo que podría venir si cae inconsciente—la mantiene en un precario estado de alerta torturada.

(Milagros observa por un momento más a Luzmila, retorciéndose en su propio charco de sangre, con la pierna cercenada y el brazo destrozado. Pero la expresión en su rostro ya no es de fascinación ardiente; es de… aburrimiento. Como un niño que ha perdido interés en un juguete roto.)

Milagros: (Da un suspiro profundo, casi teatral, de decepción) Qué aburrido. Se desmorona demasiado rápido. Ya no es divertido. (Se da la vuelta, sin mirar atrás, y comienza a caminar hacia la puerta del almacén, sus pasos resonando en el silencio ahora solo roto por los jadeos agonizantes de Luzmila).

Lansky la mira irse, luego vuelve su mirada hacia el montón sangriento que fue Luzmila. No hay compasión en sus ojos, solo la conclusión

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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