DULCE VENENO - Capítulo 216
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Capítulo 216: Veneno
Lógica de una tarea repugnante pero necesaria. Le hace una seña al guardia que sostenía el mazo, el mismo que manejó la sierra.)
Lansky: (Su voz es plana, cansada) Acábala. De una vez. Que sea rápido.
No espera a verlo hacerlo. Sigue los pasos de Milagros, alejándose de la escena de carnicería. El guardia asiente. Deja el mazo a un lado y saca una pistola con silenciador de un arnés bajo su brazo. Se acerca a Luzmila, que parece percibir el cambio en la energía, un último destello de terror en sus ojos vidriosos.
El guardia no dice una palabra. Coloca el cañón del silenciador contra su sien. Luzmila cierra los ojos, un último suspiro tembloroso escapando de sus labios.
¡Pfft!
Un sonido sordo, apenas un chasquido. Un espasmo final recorre el cuerpo de Luzmila, y luego, la quietud. El guardia revisa el pulso, asegura el trabajo, y luego se une a los otros para comenzar el proceso de limpieza.
Afuera, en la fría noche del puerto, Milagros y Lansky suben a un vehículo oscuro que los espera. Las puertas se cierran, aislando el mundo exterior.
Milagros: (Mirando por la ventana mientras el auto se aleja) Bueno… eso fue… satisfactorio, supongo. (Su tono es distante, como si comentara el clima).
Lansky no responde. Mira fijamente al frente. La venganza está consumada. Pero el sabor que queda no es de triunfo, sino de cenizas y el penetrante olor a sangre que parece haberse impregnado en su piel para siempre. El viaje de regreso a lo que queda de sus vidas es silencioso, cargado con el peso de lo que han hecho y de lo que han perdido en el proceso.
(La escena es un contraste brutal y deliberado con la oscuridad del almacén del puerto. Bajo un cielo despejado de Grecia, bañados por un sol cálido que brilla sobre las aguas turquesas, Cristhian y Stefanny están sentados en la terraza de una cafetería con vista al mar. La brisa salada acaricia la piel, mezclándose con el aroma a café griego y sal marina.)
Stefanny parece una estudiante de arte en un viaje de verano. Su conjunto de mezclilla y suéter beige es desenfadado, cálido, una armadura de normalidad. El detalle off-shoulder y las cadenas doradas son los únicos guiños a su vida anterior de lujo extremo. Observa a la gente pasar, tratando de absorber la simpleza del momento, de anclarse en algo real después del huracán de traición y violencia.
A su lado, Cristhian es una silueta de oscuridad elegante en medio del paisaje mediterráneo. El polo negro, los pantalones ajustados, los zapatos de charol con suela roja y las gafas de sol opacas lo convierten en una figura anacrónica y poderosa. No observa el paisaje; parece mirar a través de él, su mente a millones de kilómetros de distancia, o quizás atrapada en el eco de un disparo silenciado en un almacén. El frasco de perfume negro sobre la mesa es un objeto extraño, un recordatorio de su mundo de lujos controlados, fuera de lugar aquí.
El silencio entre ellos es denso, pero no incómodo. Es el silencio de dos personas que han sobrevivido a un naufragio común y ahora flotan en la misma balsa, sin necesidad de palabras para entender la magnitud de lo perdido y la fragilidad de lo que queda.
Stefanny gira lentamente su taza de café. Finalmente habla, sin mirarlo directamente.
Stefanny: Nunca pensé que el silencio pudiera ser tan… ruidoso.
Cristhian no responde de inmediato. Su cabeza gira ligeramente hacia ella, pero las gafas ocultan sus ojos.
Cristhian: (Su voz es más suave de lo habitual, pero aún con ese filo subyacente) El ruido es un lujo. Significa que hay algo que ocultar, algo que decir. Esto… (hace un gesto leve con la mano, abarcando el mar, la calma) es más honesto. Es el sonido del vacío después de la explosión.
Stefanny asiente, como si hubiera esperado esa respuesta. Sabe que su padre no está aquí por las vistas. Está aquí porque es un lugar donde el mundo de Milagros, de Lansky, de Luzmila y de la mansión Tantalean parece un mal sueño lejano. Un lugar donde puede intentar, quizás por primera vez, escuchar ese “vacío” y decidir qué construir dentro de él.
Ella juega con una de las cadenas de su cuello, la que Lansky le regaló en un cumpleaños que ahora parece de otra vida. Cristhian observa el movimiento, pero no comenta. Cada uno lleva sus propias cadenas, visibles e invisibles.
Es una tregua frágil, un exilio autoimpuesto. Pero por ahora, bajo el sol de Grecia, es el único refugio que tienen.
(El mundo se detiene. El murmullo del mar, las risas lejanas de otros turistas, el tintineo de las tazas… todo se desvanece en un instante. Cristhian y Stefanny giran la cabeza al unísono, movidos por un instinto de peligro tan agudo que corta la brisa salada.)
Y allí están. Como fantasmas materializados de la peor pesadilla posible, surgiendo de entre la multitud de turistas vestidos con shorts y camisetas.
Lansky parece un ejecutivo de alto nivel en un viaje de negocios equivocado. Su abrigo oversize marrón claro, el traje beige impecable, la bufanda de cuadros… es una elegancia calculada que grita poder y control, pero de un tipo diferente al de Cristhian. Es más académico, más frío. Sus ojos, sin embargo, ya no tienen la lealtad canina. Ahora son espejos de lago helado, impenetrables.
Y a su lado, Milagros. Es una visión impactante. El vestido de satén burdeos se aferra a su figura como una segunda piel gloriosa, el lazo lateral y las mangas abullonadas añaden un toque de extravagancia teatral que ella siempre amó. El bolso a juego, los tacones, los accesorios dorados… es la imagen misma de la mujer que era en las fiestas de la mansión, pero transformada. Hay una dureza en su postura, una luz desafiante en sus ojos que no existía antes, o que estaba perfectamente oculta. El frasco de Versace en su mano es un guiño burlón, un eco del perfume negro de Cristhian sobre la mesa.
Se detienen a unos metros de distancia. No sonríen. No saludan. Simplemente están allí, rompiendo la frágil burbuja de exilio que Cristhian y Stefanny habían creado.
Stefanny siente que el aire se le escapa de los pulmones. Su mano se aferra al borde de la mesa, los nudillos blancos. Ve a Lansky y un torbellino de emociones la golpea: el recuerdo del beso, la traición, la confusión, el dolor… y ese papel que aún lleva escondido.
Cristhian se levanta con una lentitud deliberada y peligrosa. Sus gafas de sol ocultan sus ojos, pero la tensión en su mandíbula y en sus hombros es palpable. Retira las gafas, dejando al descubierto una mirada que es un abismo de furia controlada, sorpresa y algo más profundo: un reconocimiento de que el juego, lejos de haber terminado, acaba de cambiar de escenario.
El silencio entre los cuatro es más ensordecedor que cualquier grita. El sol de Grecia, antes curativo, ahora parece iluminar un escenario listo para el próximo acto de su tragedia compartida.
(El tenso cuadrilátero se rompe con el movimiento más inesperado. Stefanny, impulsada por un torrente de emociones que superan toda lógica, todo dolor y toda traición, se levanta de un salto. Las lágrimas que había contenido desde la fiesta, desde el descubrimiento del beso, desde la huida, brotan de sus ojos como un río desbordado.)
Sin importarle la presencia de su padre o de Milagros, sin importar nada más en el mundo, Stefanny corre hacia Lansky. Su suéter beige se desliza de su hombro en el movimiento, las cadenas doradas chocan contra su pecho.
Stefanny: (Su voz es un quebrado susurro lloroso) ¡Lansky…!
Choca contra él, y sus brazos se enroscan alrededor de su cuello con una fuerza desesperada. Enterra su rostro en el hueco de su hombro por un segundo, inhalando su olor—a lana fina, a colonia fresca, a él—y luego busca sus labios.
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