DULCE VENENO - Capítulo 217
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Capítulo 217: Nota
El beso no es tierno. Es salvaje, caótico, lleno de la sal de sus lágrimas y el sabor amargo de todo lo no dicho. Es un beso de ahogamiento, de dos personas que se agarran la una a la otra en medio de un naufragio que ellos mismos ayudaron a causar.
Lansky, por un instante, se queda rígido, sorprendido por el asalto de emociones. Pero luego, algo se quiebra dentro de él. Sus brazos, que colgaban a los lados, se cierran alrededor de su cintura con una fuerza casi brutal, atrayéndola contra el duro plano de su cuerpo, como si quisiera fundirla con él. Responde al beso con la misma desesperación, la misma locura. Es un beso de posesión, de culpa, de una necesidad que ha sobrevivido a la traición y a la violencia.
Entre besos jadeantes y lágrimas mezcladas, Stefanny habla contra sus labios.
Stefanny: Te odio… te odio por lo que hiciste… pero no puedo… no puedo respirar sin ti. Eres mi veneno… y no quiero el antídoto.
Lansky rompe el beso solo lo suficiente para enterrar su rostro en su cuello, su voz es un rugido ronco y quebrado contra su piel.
Lansky: Yo soy el veneno… y tú eres la única razón por la que no me he consumido por completo. (La aprieta más fuerte, como si el mundo entero intentara arrebatársela). No te dejaré ir. No puedo. Aunque me condene, aunque arda por ello… no te dejaré ir.
Es una confesión catastrófica, pronunciada frente a las dos personas ante las que menos debería decirla. Pero en este momento, bajo el sol de Grecia, no existen Cristhian ni Milagros. Solo existen ellos dos, un nudo enredado de amor, traición y adicción mutua, aferrándose el uno al otro como si fuera lo único real en un universo que se ha vuelto completamente loco.
(La escena es un torbellino de emociones enloquecidas. Mientras Stefanny y Lansky se consumen en su abrazo desesperado, Cristhian tiene ojos solo para una cosa: la mano de Milagros. Y allí, brillando con una obscena normalidad bajo el sol griego, está su anillo de bodas. El símbolo de todo lo que ella destrozó, llevado como si nada hubiera pasado.)
Ese detalle actúa como un detonador dentro de la fría furia de Cristhian. Con un movimiento rápido y posesivo, cierra la distancia entre ellos. Su mano se dispara y agarra la muñeca de Milagros, la que lleva el anillo, con una fuerza que debe doler. La jala hacia sí, rompiendo cualquier distancia que ella pudiera haber querido mantener.
Su otra mano se clava en su cintura, a través del satén burdeos, apretando con una intensidad que promete moretones. Y entonces, sin una palabra de advertencia, captura sus labios en un beso.
Pero no es un beso de reconciliación. Es salvaje, devorador, un acto de canibalismo emocional. Es un beso que sabe a rabia, a traición, a una obsesión que no ha muerto, sino que ha fermentado en algo más oscuro y peligroso. Su lengua invade, reclama, castiga.
Entre jadeos forzados y el forcejeo del beso, su boca se mueve contra la de ella, sus palabras son un susurro áspero y fragmentado que solo ella puede oír, cargado de una locura posesiva.
Cristhian: (Entre beso y beso, su aliento es fuego) Lo llevas… lo llevas puesto… como si aún fueras mía. (Aprieta más su cintura, casi levantándola del suelo). ¿Crees que un pedazo de metal te da derecho? ¿Después de todo? (Su mano en su nuca se tensa, inmovilizándola). Eres mía… milagros. Aunque tengas que el alma podrida y las manos sucias de sangre… eres mía. Este anillo… (muerde su labio inferior, no con cariño, con marca) no es un símbolo. Es un grillete. Y yo… soy tu carcelero. Por siempre.
El beso se intensifica, se vuelve más profundo, más desesperado y más violento a la vez. Es la tormenta perfecta de su oscuro romance: posesión, odio, una atracción tóxica que ni la traición más profunda ha logrado erradicar. Él no la besa porque la perdone. La besa porque, en su mente demente, nunca dejó de pertenecerle.
(Cristhian rompe el beso brutal solo para jadear contra sus labios, sus ojos, oscuros y desquiciados, clavados en los de ella. Su mano en su nuca no se suelta; su agarre es de hierro. Su otro brazo, alrededor de su cintura, es una barra de acero.)
Cristhian: (Su voz es un susurro ronco, rasgado, que brota de lo más profundo de su obsesión) Nunca… ¿escuchas? Nunca te dejaré ir. Puedes huir a la otra punta del mundo, puedes mancharte con la sangre de quien quieras, puedes dormir en la cama de otro… (su voz se quiebra en un gruñido de rabia y dolor) pero seguirás siendo mía. Cada latido de ese corazón traidor late con el ritmo que yo le di. Cada suspiro que robas del aire… es un suspiro que me pertenece.
(Aprieta más fuerte, como si quisiera fundir sus huesos con los de ella.)
Cristhian: Eres el veneno que elegí beber todos los días de mi vida. Y no hay antídoto. No lo hay. Solo hay más veneno. Más de ti. Hasta que nos consuma a los dos. (Su frente se apoya contra la de ella, un gesto de intimidad perversa). ¿Crees que lo que hiciste cambia algo? Solo profundizó la herida. Solo hizo que el cáncer creciera. Ahora, no solo te deseo… te necesito para sobrevivir al dolor que tú misma causaste. Eso es lo que hemos creado, Milagros. Un infierno a dúo. Y tú… no sales de él. No mientras yo respire.
(Su mirada recorre su rostro, hambrienta y llena de odio).
Cristhian: Ese anillo en tu dedo no es una promesa. Es una marca de propiedad. Es mi sello en tu carne. Y si intentas arrancártelo… (su voz desciende a un tono aterradoramente calmado) te arrancaré el dedo. Y me lo guardaré. Para recordarme que hasta en la mutilación… eres mía.
Son las palabras de un hombre que ha perdido por completo los límites entre el amor, la posesión y la locura. Para él, Milagros ya no es una persona; es una extensión de su propia obsesión, una posesión tan vital como el aire, y tan tóxica como el cianuro. Y está decidido a ahogarse en ella, llevándola consigo al fondo.
(Las palabras de Stefanny actúan como un balde de agua helada sobre la escena cargada de pasión tóxica. Cristhian y Milagros se separan un poco, la tensión entre ellos ahora mezclada con una nueva y punzante sospecha. Lansky se pone rígido, sus brazos aún alrededor de Stefanny, pero su mirada se vuelve alerta, vigilante.)
Stefanny: (Su voz tiembla, pero es clara, dirigida a su padre mientras se aferra a Lansky) Papá… la carta. La que Lansky me dio esa noche, en medio de todo el caos. ¿La leíste? ¿La abriste?
Cristhian la mira, sus ojos todavía brillando con la locura posesiva, pero ahora nublados por la confusión. Su mente, siempre calculadora, hace una pausa forzada. Recuerda el papel doblado, el secreto compartido en su despacho, la promesa de no decir nada.
Cristhian: (Su voz es áspera) La leí. Era… información. Peligrosa.
Stefanny: (Niega con la cabeza, las lágrimas siguen fluyendo pero ahora por una razón diferente) No, papá. No toda la información. No la parte más importante. (Hace una pausa, tragando en seco). La carta… tenía dos capas. Un mensaje visible, el que viste… y otro, escrito con tinta invisible, que solo se veía con calor. El mensaje real.
Lansky aprieta los ojos, como si una pieza crucial del rompecabezas finalmente encajara. Él le dio la carta, pero no sabía de la tinta invisible. Alguien más la preparó.
Stefanny: El mensaje real decía… (su voz se vuelve un susurro, como si temiera que el mismo aire escuchara) “Si todo se derrumba, si la verdad sale a la luz y el peligro es inminente… ve a Grecia. A la cafetería ‘Aegean Blue’ en Santorini. Encuéntranos allí. Es el único lugar fuera de su radar. Firmado: Un aliado inesperado.”
Un silencio electrizante cae sobre el grupo. Milagros mira a Lansky, luego a Cristhian. ¿Un aliado inesperado? ¿Quién, además de ellos, estaba jugando este juego y los dirigió a todos, como piezas de ajedrez, hacia este preciso lugar y momento?
Cristhian suelta lentamente a Milagros, su mente ya no en la obsesión, sino en la conspiración. Su mirada se clava en Lansky.
Cristhian: ¿Tú…? ¿Sabías de esto?
Lansky: (Niega con firmeza) No. Solo era el mensajero. La carta me la dieron… anónimamente. Con instrucciones de que solo llegara a Stefanny en el peor momento posible. Para que pareciera una última confesión mía, una despedida. (Su expresión se oscurece). Fuimos manipulados. Todos.
De repente, el encuentro en Grecia ya no parece una coincidencia explosiva ni un rastro de sangre que los llevó el uno al otro. Parece una cita. Una reunión orquestada por una tercera fuerza, alguien que conocía todos sus secretos, todas sus traiciones, y que los ha reunido aquí, en este idílico escenario, para un propósito que aún desconocen. El terreno bajo sus pies, literal y figuradamente, se siente menos sólido.
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